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Los arbustos se movieron como consecuencia de un resorte de aire. La luna iluminaba la tenebrosa noche. Las sombras que se movían entre los árboles y arbustos pararon.
- Llegamos…- susurró la voz, misteriosa y sombría- Aquí es. Forks… Forks, tierra de vampiros ocultos y llena de apetitosas victimas de las que alimentarnos queridos discípulos- sonrío mientras avanzaba hasta las otras dos sombras, iluminadas se podía apreciar de que se trataban. Recién convertidos, recién abandonada su vida humana para pasar a la vida eterna, se trataban de nuevos vampiros. Kail estaba orgulloso; fornidos y veloces, guiados por sus instintos y no por los recuerdos borrosos de su vida humana, perfectos asesinos que pondrían de los nervios a la famosa familia Cullen.
Los odiaba. Simplemente no podía tolerar que vivieran sin probar sangre humana, que vivieran cerca de los humanos y que incluso uno de ellos pensara casarse con una de ellas. Era totalmente estupido e innecesario, odiaba a esos vampiros que se creían superiores que él, en definitiva y sin más, odiaba a los Cullen.
Caminó sobre el césped mojado, su media melena negra brillaba al igual que su piel nívea como consecuencia de la luna llena.
- Podéis hacer lo que queráis, pero siempre ocultos por las sombras, actuar de noche y silenciosamente, saciaros de las criaturas y beber de su sangre caliente. Desafiemos a los Cullen y a aquellos a los que adoran! – finalizado su discurso comenzó a reír, una risa que resonaría en todo el parque y en todo Forks, quería que los Cullen estuvieran donde estuvieran supieran que había llegado, Kail estaba allí.
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