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Title: Sanguijuela


Trixibelle Hudson - December 11, 2011 12:35 AM (GMT)
Llamó a Hazel porque en verdad no se le ocurría a nadie que pudiera ser tan discreta como ella en aquel asunto. Era una total estupidez pero había perdido el par de sanguijuelas que necesitaba para su tarea de Pociones del día siguiente y no tenía ni tiempo ni ganas de marchar a Callejón Diagón a gastarse lo poco que tenía ahorrado en ese despiste, mucho menos a sabiendas de que podía encontrar a aquellos asquerosos bichejos en el Lago de Hogwarts por el módico precio de cero galeones y toda una tarde perdida en medio de una tenue neblina y temperaturas dramáticamente heladas.

Nunca se había llevado bien con aquella chica y tampoco la entendía del todo pero como siempre que quería conseguir algo recurrió al chantaje, presentándose en la sala común de Ravenclaw después de comer a la espera de que llegara para abordarla y contarle alguna milonga que comprometiera a la muchacha. Enseguida le dijo que iba a reprobar Pociones y alabó su destreza física para sonsacarle una posible ayuda y finalmente cedió y terminó por pagarle la mitad de lo que las tres sanguijuelas que necesitaba le habrían costado en el Callejón Diagón.

Estuvo a punto de conjurar un Juramento Inquebrantable más porque le daba una curiosidad tremenda ese hechizo y sabía que nunca tendría una oportunidad tan solemne para pronunciarlo que porque en verdad no se fiara de ella, que tampoco, ni porque la situación lo ameritase de verdad. No podía reprobar Pociones pero menos aún quería matar a alguien porque tenía una cabecita loca y seguramente dentro de tres días se encontrara a las sanguijuelas devorando sus horteras pero graciosísimas bailarinas tachonadas de lentejuelas y dibujos apologéticos.

– Hola tonta. – le dijo con tono de niña mimada y la agarró del brazo sin mucha contemplación, comentándole el problema durante todo el trayecto hasta los terrenos, momento en el que se azuzó el pelo y abotonó todos los botones de su parka porque era bien sabido por todos que Trixi Hudson no podía soportar el gélido temporal inglés en aquellas fechas tan señaladas. Dejó de hablar a la mitad del trayecto porque ni ella era una chica locuaz ni Hazel era muy boba que dijéramos.

No pudo evitar recordar que quedaba poco para las vacaciones y también que por orden expresa tendría que abandonar el castillo por primera vez en toda su escolarización: ¿cómo se portaría mamá durante las Navidades? No lo sabía. O no se acordaba. – Bueno, vamos a buscar… recuerda, un reconfortante galeón te espera si encuentras algo. – dijo con su voz aterciopelada y pausadísima mientras agarraba unos guantes que le había quitado a un compañero y los multiplicaba mágicamente con la varita para que Behrman tuviera también ese tipo de soporte.

Después de poner muy mala cara y poner cara de asco metió los pies en una zona donde el agua no se había congelado y aún estaba en su estado natural. Poco le quedaba, desde luego, a juzgar por el rostro hierático de la Gryffindor.

– La madre que me parió, ¡date prisa! – se sonrojó un poco y metió las manos rápidamente, buscando a tientas sin saber exactamente lo que estaba haciendo.

Hazel Behrman - December 11, 2011 01:09 AM (GMT)
Trixi jamás fue buena amiga mía ni lo sería, no la veía lo suficientemente bonita o bien posicionada como para considerarla una igual y no se juntaba con mis amistades, eso me bastaba para vetarla como a una paria en mi círculo más íntimo; podía sentarme a su lado en una clase, pero nunca invitarla a mi fiesta de cumpleaños. Su llamado me sorprendió pero asistí de todos modos, después de todo no tenía nada que hacer y me daba bastante curiosidad ver con qué me salía, con suerte me pedía que la llevase a un buen peluquero o algo.

-Tú ni modales tienes, ¿verdad?-¿quién saludaba así? Me jaló del brazo y no tuve más opción que seguirla con mi uniforme puesto, sudando un poco por todo el movimiento pero soltándome cuando finalmente se calló, que en realidad nada de lo que me explicó después de decirme la razón de su llamado me pareció importante o interesante, era de esas chicas de muchas palabras y poco contenido, ya alguna vez me topé con sus pláticas acerca de un novio que tenía y no recuerdo cosa más insufrible que esa.

Ya en el lago supuse que nos meteríamos y ya, era el uniforme de la escuela y no un vestido caro lo que llevaba encima, así que no me importaba mucho aunque de seguro apenas terminásemos buscaría un hechizo para arreglar mi ropa. Me había sacado ya los zapatos y los calcetines cuando la escuché decir aquello del galeón, en realidad estaba chiflada, que fuese sangre sucia no significaba que no tuviese que saber quién era quién en el mundo mágico, y era más que conocido que mis padres eran gente de bien y de negocios. ¡Por Yahveh! No se podía ser tan ignorante, pero debían ser sus pelambres rubios en la cabeza, así como los ligeros de mente.

-No soy mendiga, chiquilla. Guárdate tu dinero para que te arreglen los dientes.-le dije con un poco de mal humor y metiéndome sin ascos al lago, porque le había prometido ayudarla y eso de reprobar no se lo deseaba a nadie. Me importaba poco que se comportase como una pedante loca, su dinero no era algo que yo fuese a necesitar pero no iba por la vida como ella haciéndome la millonaria por mucho padre con dinero que tuviese. Bien decían que era una chiflada de lo peor, pero nos conocíamos y hasta compartíamos una clase, así que por generar buen karma me tocó ayudarla.-

Le di un empujoncito al pasar a su lado cuando me apresuró, desubicada sangre sucia. Mi expresión estaba tensa, obviamente porque no me agradaba nada y más valía que no saliese con otra estupidez si no quería que la empujase al lago, ya bien me lo diría mi hermano, que a esa gente no hay ni que mirarla. Pero de todos modos seguí allí y me agaché estirando la mano para llegar a la parte más profunda del lago, en donde las sanguijuelas no eran ni carnívoras ni nada, que si no ya le hubiese tirado una a Hudson en la bocota.

-¿Quién te dijo que aquí hay sanguijuelas? Por algo estás reprobando Pociones, no eres lista…

Trixibelle Hudson - December 11, 2011 01:31 AM (GMT)
Tuvo que buscar cualquier tema dentro de su cabeza con el que poder hablar con la judía a fin de mitigar las sensaciones que le producían lo helado del agua en esa época del año. Enseguida encontró una tontería que alguna vez había leído en una romantiquísima novela de época muggle cuyo nombre ni siquiera recordaba.

- ¿Sabes que las geishas tenían una especie de patrocinador que se llamaba danna? Le costeaba todos los adornos, la vestimenta, la comida… vamos, una pasada. – empezó a comentar mientras movía las manos exageradamente como si así pudiera atraer lo que estaba buscando mejor. – Pues yo creo que soy tan guapa como una geisha y podría conseguir un danna. Tú no, porque eres muy negra de piel y eso no gusta. – le dijo de repente, sacando la mano y moviéndola exageradamente para poder salpicar a Hazel.

Le parecía muy sencillo hablar con Hazel en esos términos quizás porque era muy consciente de que no la entendería o porque siempre utilizaba sus comentarios para herirla de un modo u otro, aunque fuera pueril en el intento. Le parecía divertido y más en aquellas circunstancias en las que cualquier nimiedad como esa era necesaria para distraerse. Pero enseguida Behrman retomó la iniciativa y demostró que no era tan callada como quería hacer ver en el Comedor y frente a congregaciones importantes en general.

Apretó mucho los labios pero después de un par de segundos asintió con la cabeza y se tiró hacia atrás un mechón de cabello rubio, momento en el que recordó lo frío que todo estaba y las ganas que tenía de regresar al castillo por una taza de humeante chocolate y una de esas galletas que cambiaban de sabor a cada segundo. La sola imagen hizo que se sonriese pero enseguida le contestó a Hazel su afrenta porque no quería, ni por un momento, dejar de conversar con ella. Su empujoncito la instó a hablar.

– Sí, quizás si sea tonta. Me acuerdo de muchos detalles de esa novela pero no del título ni del autor. De eso se llama memoria selectiva. Bueno, es igual. - se esmeró en mover las manos y sonrió triunfal al amarrar algo de dureza relativa. Enseguida tiró con fuerza pero al ver que no eran más que raíces prácticamente marchitas asoladas por tierra y a saber qué más sustancias lo soltó y chasqueó la lengua con fuerza.

- ¡Esto es absurdo! – dijo en un arranque de furia y frunció el ceño mirándola, revisando si acaso ella había encontrado alg porque en el poco tiempo que llevaba se había dado cuenta primero de que odiaba las tareas manuales y segundo de que ya no le parecía tan necesario tener una nota más que decente en Pociones.

Eso empezó a asustarla pero, en vez de claudicar o intentar molestar de nuevo a la Ravenclaw, siguió moviendo las manos y profundizó un poco notando de nuevo como el vello de su brazo la avisaba de que aquella no era una sensación agradable.

Hazel Behrman - December 11, 2011 01:48 AM (GMT)
Y seguía sin callarse, sin dejar de hablarme para inundar mis pobres oídos con sus tristes historias de geishas y demás; sabía lo que eran por cultura general, pero no eran un tema que se tratase a menudo porque pues simplemente eran japonesas sin magia cuya mayor gracia era hacerle ojos coquetos a un hombre, no se tenían ni respeto, eran prostitutas de alto vuelo. Cuando se dijo bonita o algo así la miré de arriba abajo, de bonita tenía poco porque era puro hueso y pellejo, ni siquiera gracia al andar como para que fuese una criatura amorfa con algo para resaltar, pero tampoco le diría que eso pensaba porque supuso que a nadie le gustaba ser llamada de ese modo.

-Y porque no soy una prostituta, me da la dignidad más que para las migajas de un hombre-era una mujer estúpida, con razón se hacía llamar Trixi, nombre que no denotaba el mínimo respeto que se le debe dar a una persona. Su madre debía odiarla para haberle puesto semejante nombrecito.-

Nuevamente me hablaba de un libro y no sabía qué más, es que en realidad no soy una mala persona pero mi paciencia no conocía de bondades y menos con ella cuando se ponía a hablar de sus múltiples conocimientos y esas cosas, nada me gusta de la gente así y aunque a veces nos hubiésemos reído juntas no era algo que fuese soportando del mejor modo. Poco me faltó para sacar mi varita y silenciarla a la vieja usanza, que por lo menos podría inspirarla a ser más bruja que muggle engreída.

-¿Qué necesidad tienes de ir diciendo esas cosas? No sé, habla de magia por Yahvé, que nada más parloteas como loro sin usar bien el cerebro.-puse los ojos en blanco porque de verdad me cansaba un poco. Decidí hacer algo de provecho entonces y me agaché para ver si esta vez contaba con más suerte, mojando entonces mi manga del uniforme y casi toda mi corbata removí la tierra que estaba bajo una roca que acababan de sentir mis pies, logrando encontrar una pequeña sanguijuela a la que con ambas manos le hice una especie de recipiente, pero cuando el agua comenzó a drenar se la tiré a Trixi.-

Esas cosas no me gustaban nada, me daban ganas de temblar por el asco y ni siquiera dónde quería ella que las pusiese, ya ella se encargaría de eso, pero debería apresurarse que el bicho aquel estaba en su brazo y no eran algo que una quisiese tener cerca.

-¡Muévete niña! ¡Ya sácatela y ponla en algún lugar!-le dijo en tono autoritario, dando algunas palmadas para instarla a que se apresure, que no era un carnerito lo que llevaba encima.-

Trixibelle Hudson - December 11, 2011 02:38 AM (GMT)
Soltó una risotada en cuanto ella asoció el término geisha con el de prostituta porque esa era una intrínseca reafirmación de la ignorancia de Hazel, cosa que la satisfacía más que ninguna otra cosa. Trixi veía las cosas de un modo extraño y su actitud relajada e individualista le impedían ser una persona comprensiva y empática.

Obvió la miradita que le dedicó porque mientras que para ella decir las verdades de uno mismo, tanto buenas como malas, era ser realista para el mundo general decir lo primero era ser prepotente y lo segundo pusilánime. En vez de eso le tiró un beso como habría hecho una cabaretera del Moulin Rouge frente a Toulouse-Lautrec, prosiguiendo con la bizarrísima conversación poco después.

- ¡Ahí te equivocas! – le dijo de repente después de haberla estado mirando con la misma actitud tensa que mostraban los políticos en los simposios municipales. – Las geishas son artistas, no meretrices, tonta. – le dijo convencidísima, como si ese detalle en específico perteneciera a la cultura general. Enseguida volvió a su tarea y se concentró por ser implacable con las raíces y bichillos que iba encontrando a su paso, ahogando grititos cuando notaba unos roces improvistos en los codos y sombras de un color extrañísimo se paseaban entre sus manos dejando una estela de agua incluso más sucia.

Hizo caso omiso del olor que expelía la zona donde tenía metida las manos porque escuchó la voz de Hazel preguntándole por qué siempre tenía que hablar de ese tipo de cosas. Eso era algo que ella muchas veces había ponderado dentro de su almibarada y compleja cabecita y siempre encontraba respuestas de lo más variadas. No le iba a decir nada a Hazel bien porque le interesaba tenerla ahí, ayudándola, bien porque en verdad no le habría sabido dar una explicación del todo detallada y cuando sus comentarios distaban de ser algo recargados se sentía la persona más mediocre del mundo.

Ella era así, control freak hasta la muerte. – Es bueno saber de todo en esa vida. ¿Cómo pretendes ir por el mundo sin saber discernir entre una escoba mágica y un taxi? – dijo pensando que aquello era una gran verdad. Pero la relativa tranquilidad que se había instalado entre ambas se rompió cuando Hazel le lanzó una sanguijuela encima. Su primera reacción fue taparse la cara y por eso le calló en el codo.

Rápidamente alzó la mano y la agarró nerviosísima como estaba aunque, ciertamente, casi se le podría haber escurrido y tuvo que hacer un esfuerzo titánico por no gritar a viva voz ante esa horripilante visión. - ¡Qué asco por favor, qué asco! – hizo un poco de teatro y empezó a moverse con aspavientos muy amplios dando saltitos de niña y salpicando mucha agua a su paso, hasta que con la mano libre le dio una bofetada a Hazel que no pasó ni de lejos por inintencionada.

Con la sanguijuela todavía en la mano izquierda empezó a reírse y se retiró un poco, viéndolo todo como un juego mientras su risilla resonaba entre ambas.

Hazel Behrman - December 11, 2011 03:02 AM (GMT)
Meretriz o artista, el punto es que se acostaban con los hombres por favores y eso era una prostituta aquí y en el fin del mundo, pero que ella no lo quisiese ver por el sentido romántico en el que le gustaba manejar su vida ya era un problema que yo no me pondría sobre la espalda porque era imposible razonar con alguien de mente tan cerrada por haberse quedado deslumbrada ante el propio brillo de sus dientes chuecos. Seguí en lo mío, sintiendo como me caminaban pequeños insectos por entre los dedos de los pies haciéndome cosquillas, por lo que terminé lanzando una risa para mi misma, ni siquiera la miré para que creyese que la compartía con ella.

-¿Cómo pretendes ir por el mundo creyéndote la gran cosa cuando no lo eres? Ya crece caramba, que así sólo te van a pisotear.-me arrepentí de haber mostrado cierta preocupación por ella y de haberle dado un consejo a medias pero era cierto eso, de seguir siendo tan ilusa en su mundo de estupideces sería de las primeras que caería cuando los puristas quisiesen encontrar un conejillo de Indias, era la leyb del más fuerte, y en todas las culturas era igual.

La bofetada fue algo en lo que se extralimitó; loca, chiflada, estúpida. Además de que tenía suficiente sangre en la cara como para sobrevalorar sus aparatejos muggle cuando ni siquiera podía pasar un curso tan básico como Pociones, es que ni prioridades tenía ya.

-¿CUÁL ES TU PROBLEMA? ¡No me toques mujercita! ¡Ya ponla en algún lado por los magos!-le dije sobándome la mejilla y mirándola con el ceño fruncido, con ganas de dejarla ahí sola para que siga haciendo sus deberes. Pero me contuve y seguí parada frente a la rubia sin cerebro, que por supuesto era Gryffindor, esos no llevaban ni medio gramo de seso, sólo con ganas de hacerse los muy valientes porque así decía la leyenda y ni a eso llegaban. Me alejé un par de pasos para que no me tirase esa cosa a mi como venganza, desde una distancia prudente esperaría a que ella la pusiese en una cubeta o algo.-

Y con los brazos cruzados esperé a que se callara, que su risa de rata era sumamente odiosa, como un chillido combinado con un graznido, algo que a duras penas podía llamarse una risa porque ni siquiera provocaba seguirla por miedo a que fuese un embrujo para incautos. Tuve que juntar fuerzas de algún lado para que mis oídos no explotasen al acercarme a ella para quitarle la sanguijuela del codo y ponerla en la cubeta, con su actitud de puberta jamás terminaríamos y tampoco quería pasarme la vida a su lado.

Siendo creyente de la ley de retribución, la tomé en mis manos. Cuando volvía de dejar la dichosa sanguijuela en el recipiente de insípido naranja que ella había llevado la empujé, haciendo que se cayese de bruces al lago. Nada de golpes, sólo un poco de agua.

Trixibelle Hudson - December 11, 2011 03:54 AM (GMT)
Definitivamente la gente no la comprendía y ella no podía hacer porque nadie hiciera su arriesgadísima filosofía de vida. - Me conozco: sé cuales son mis virtudes y cuales son mis defectos. A eso se le llama ser realista. - se reafirmó. - ¿Por qué cuando uno sabe lo primero y lo demuestra se le suele considerar un creído? - le preguntó levantando el dedo y arrugando la frente en un obvio mohín interrogante magnificado por mil gracias a sus facciones afectadas y cargadas de un componente etéreo que la hacían ver frágil constantemente.

- Cuando sepas responder a eso, me hablas. - le dijo con un tono de voz que simulaba muy bien un hipotético enfado aunque enseguida se giró para enmendar ese pequeño error y sonreírle de soslayo porque a ella, a diferencia de a muchos, no le costaba en lo absoluto hacer las niñerías que siempre había hecho.

No entendía qué era exactamente lo que se esperaba de ella, estaba atrapada en medio de una extraña vorágine en la que el sexo resultaba demasiado pero los besitos a escondidas sabían a muy poco. No se sentía una niña pero tampoco una mujer. Y, bueno, que era inmadura era un hecho, y no le importaba demostrarlo, mucho menos que Hazel lo supiera.

Giró la cabeza de nuevo hacia la sanguijuela y volvió a poner cara de asco, observando a la chica con recelo en lo que ésta agarraba al bicharraco ese y lo metía en una especie de caldero que hacía las veces de tinaja y de bolso para cuando todos los libros e ingredientes no le terminaban de caber. La siguió con la mirada y cuando creyó que no le iba a devolver el golpe fue cuando bajó la guardia y miró para otro lado, facilitándole mucho el trabajo a una Hazel que no tardó en girarse y empujarla.

- ¡Ahh! - gritó inútilmente advirtiendo un fuerte jalón que hizo que su vista se nublase por un momento debido a lo instantáneo de la acción y lo muy despistada que estaba después de haber confiado ciegamente en que quizás ella no se lo quisiera devolver.

Lo primero que notó fue una roca dándole un golpe en la zona de los riñones y un frío abrasador calándole los huesos, estaba sumergida hasta la zona del pecho y el cabello atado en una terrible coleta se le había desparramado hasta tal punto que parecía que le hubieran acabado de dar la paliza de su vida.

- ¡Te odio, judía del demonio! - pronunció con la boca exageradamente abierta mostrando sus dientes frontales antes de levantarse de un respingo en tanto que en su carita de chihuahua se dibujaba un mohín de niña caprichosa, de princesa herida. Sin esperar a que se le escapara y brava como ningún otro día, no tardó en levantar los brazos aún cubiertos por los extraños guantes y darle un empujón con tal de hacerla caer del mismo modo que Hazel había hecho con ella.

Hazel Behrman - December 11, 2011 04:46 AM (GMT)
Esperaba una venganza y supuse una similar, después de todo era lo menos creativo que se podía hacer en un lago y estaba claro que ambas carecíamos de muchos dotes creativos en el momento. Ni siquiera me había molestado en responder a su perorata de hacía un rato porque no me daba la gana, yo era lista pero no iba diciéndolo como si de no hacerlo fuese a significar que dejaba de serlo, eran méritos para uno mismo y no para ir exhibiendo como en un vulgar circo muggle. Debía ser por eso que se comportaba así, por ser muggle y vulgar.

-No llames al demonio, mensa.-le dije tras una enorme carcajada que me dejó sin aliento por un rato, tenía un horrendo sabor en la boca por el agua que se me había metido hacía un rato y no pude hacer más que sacar la lengua por buen rato como esperando que el viento se llevase esa maldad de mis papilas gustativas. Era tonta, pero no del modo intelectual que sus datos irrelevantes se sabía y todo, si no del modo más global porque era una pequeña que ni sabía manejarse bien por la vida.-

Me levanté finalmente y saqué mi blusa de dentro de mi falda, así la exprimiría un poco y e paso se vería más holgada, que me debía ver como una reverenda regalada con todo eso pegado al cuerpo. La falda la sentía también más pesada y sin levantarla mucho por si alguien nos veía la fui exprimiendo también, el cabello fue al final y tras estar ligeramente menos empapada le tiré una mirada reprobatoria antes de darme media vuelta para sumergirme, que si ya estaba mojada así terminaríamos antes con ese cuento.

Sabía que el lago no tenía cosas tóxicas, así que consideré seguro abrir los ojos y si bien al principio sentí un poco de picor, luego de eso mi vista se vio solo fastidiada por el color verdoso que hacía que mi percepción de lo que por ahí rondaba no fuese tan buena. Con ambas manos removí algunas piedras y allí vi otras sanguijuelas, que al verse descubiertas salieron despavoridas, pero logré atrapar tres o cuatro que retuve entre mis manos, formando una especie de cascarón con mis dedos a su alrededor para que no se atreviesen a salir. Con menos gracia de la que quise tener, fui hasta el caldero y las tiré allí, para mirar a Trixi de nuevo.

-Trabaja de una vez, atrápalas con la boca aunque sea, que eres bien bocona cuando quieres, presumida.-le dije con seriedad al pasar por su lado, nada de jueguitos ya, que si alguien me veía haciendo ese ridículo la mataba. Quería terminar ya y secar mi uniforme, que detestaba andar con las prendas pegadas como si fuesen de látex o algo.-No entiendo por qué te ayudo cada que me lo pides con estas cosas, estoy acumulando una barbaridad de bendiciones soportándote…

De verdad que eso seguía siendo un misterio para mi, yo ayudando a semejante loca en vez de ir haciendo algo de real provecho.

Trixibelle Hudson - December 11, 2011 05:37 AM (GMT)
Enseguida pensó que Hazel podría sentirse de verdad ofendida porque era una chica muy creyente y tal. Elaborar esa conclusión no fue demasiado difícil aunque en verdad no terminaba de comprender cómo religión y magia podían llegar a casar, sobre todo porque muchísimas religiones a lo largo del mundo consideraban la magia como un fundamento no solamente inviable e irreal si no que también demoníaco.

Le parecía del todo controvertido y disociable pero sabía bien que atentar directamente contra su religión, incluso ante ese ambiente entre festivo y afectado que habían construido entre las dos, sería hacerle daño directamente y eso era algo que jamás se le habría ocurrido hacer.

Además de porque le profesaba cierto cariño también sentía que juzgar y criticar no era ni había sido nunca su papel en sociedad. Trixi no tardó en levantarse y repetir, más o menos, las acciones de Hazel pero ella se concentró más en su cabello que estaba muy mojado y en sus medias, que no tardó en quitarse porque la temperatura que habían adquirido después de mojadas era ya demencial.

Tosió levemente, turbada ante el imperante frío que estaba sufriendo y caminó a tientas entre las piernas hasta llegar a un claro de bosque donde había dejado su bolsito. Metió la temblorosa y blanquísima mano y extrajo la varita. - Incendio. - dijo, provocando un fuego controlado en un par de ramitas algo alejadas de la nieve. Cuando vio como las leguas carcomían el material soltó la varita sin ningún tipo de pudor y acercó las manos para guarecerse en su calor.

En cuanto advirtió el candor de las llamas acariciando sus manos exhaló un suspiro de alivio, cerró los ojos y sonrió como si hubiera acabado de drogarse, cosa que desde luego alguien como ella no conocía de momento. Pero Hazel no desistía y poco o nada tardó en volver a ponerse a trabajar cuando la principal interesada, Trixie, había claudicado unos segundos atrás en pos de descansar un rato y procurar evitar un resfriado. Pensar en ponerse enferma hizo que metiera de nuevo las manos en el frío bolso y buscara de nuevo un botecito con un espeso líquido desinfectante.

Lo abrió y dejó caer tres o cuatro gotas en su mano izquierda. Se esparció el mejunge por las manos, el cuello y por debajo de los ojos sin darse cuenta de que así no se aplicaba pero solamente preocupada por aplacar las posibles infecciones que podría coger después de haber estado sumergida en ese agua tan asquerosa.

Por supuesto las palabras de Behrman se difuminaron durante todo ese proceso en el cual la rubia Gryffindor estaba demasiado concentrada. Después de haber esparcido bien la solución la miró y se puso ambas manos a lado y lado de la boca para que la oyera con más nitidez. - Me he puesto enferma, ¡¡vete a freír espárragos!! - acto seguido la saludó con una sonrisa y le hizo un sonoro corte de mangas.

Hazel Behrman - December 11, 2011 08:50 PM (GMT)
Silencio, dulce silencio que se formaba cuando ella comenzaba a pensar en vez de ir hablándome de cosas que ni al caso, porque en realidad poco o nada me importaban sus datos extraños y esas cosas. Es decir, era de aquellas que acumulan buen karma y todo, pero tenía la boca diez veces más grande que el cerebro y eso no podía conllevar nada bueno. Pero lamentablemente me agradaba algo y eso que era muggle la muy mal nacida, es que la veía poco, de ser diario mi contacto con ella de seguro ya la habría tirado a la chimenea; aunque de ser Gryffindor yo misma me tiraría a fuego, qué desgracia.

-Eres una engreída, me vas a avergonzar con ese fueguito loco…-hacía frío pero no tanto como para exagerar de ese modo, poco le faltaba para desmayarse y pedirme que la cargue al castillo, antes de hacerlo la dejaba morir allí congelada que su exageración era tan gorda que la calentaría a ella y a su teatro. Otra zambullida y conseguí un par más, no sabía cuántas eran necesarias pero si ella no trabajaba yo tampoco haría nada, que a mi en mis clases me iba sumamente bien y no tenía que ir por allí haciendo trabajos a última hora como saliesen.-

Lo peor es que se creía con todo el derecho del mundo como para mandarme a freír no sé qué porque ahora se decía enferma, y claro que lo estaba, era estúpida y llevaba un retardo mental y emocional de los graves, pero no estaba resfriada ni nada, que ni yo que mentía muchas veces de forma poco creíble me tragaba semejante cuento. Seguro le dio uno de sus ataques de temor a los gérmenes o algo, que ya tenía su líquido para las manos entre los finísimos dedos deformes, se frotaba una y otra vez de forma compulsiva y me sacó una risa porque parecía mi abuela.

-No soy tu empleada. Hazme espacio al lado de tu fuego, que me quiero secar la ropa.-ya me había cansado, no iba a hacer su tarea y si reprobaba que reprobase, que ella era la irresponsable que de seguro ni a clases había ido y ahora quería enmendar todo cuando ya era demasiado tarde. Sólo los ineptos dejan las cosas para último momento mientras esperan un milagro, con trabajo se consiguen las cosas y no con malabares. Me senté a su lado y crucé las piernas al estilo indio antes de taparlas con mi falda y crear yomisma otro de esos fuegos para calentarme a la vez que secaba mi ropa, aunque mejor sería colgarla por ahí o extenderla en la grama, pero no había forma en la que yo quedase media desnuda en pleno patio.-

-¿Por qué no llamaste a tus amigas de corbata roja? ¿No se supone que son valientes y compañeros y todo eso?-los de esa casa no me agradaban, me parecía que carecían de personalidad y de alguna cosa que fuese atrayente para mi. Los había guapos, claro, pero eran pocos y los que lo eran no me parecía que valiesen la pena lo suficiente como para soportar su plática aburrida.-

Trixibelle Hudson - December 11, 2011 11:56 PM (GMT)
- Odio que me llamen engreída. Lo detesto. - sentenció con solemnidad simulando casi a la perfección un tonito de enfadada que siempre le había salido bien, ignorando por completo el fuerte olor que expelían sus manos que le indicaba que quizás se hubiera excedido un poquito.

Una vez sintió que estaba un poco mejor de lo que creía había sido un bajón de tensión o algo parecido, cosa que le asustaba, se incorporó levemente e irguió la cabeza para comprobar si habían suficientes sanguijuelas en la tinaja porque a lo tonto ya habían conseguido llevar a cabo la tarea y Trixibelle no sacaría un aceptable en Pociones si no las volvía a perder y las utilizaba con un mínimo de habilidad para sus deberes.

Pensar en eso le arrancó un suspiro lastimero y por eso, enseguida, decidió volver la mirada al frente y cerciorarse de que el fuego no se le descontrolaba y le quemaba la enjuta pierna palidísima, peligrosamente cerca de esa pequeña e improvisada hoguera. Entretanto que Hazel hacía malabarismos con su ropa Trixie se entretuvo mirando las leguas de fuego danzar nerviosas cerca de sus pies, como si quisieran decirle algo; era de las personas que siempre había creído que había algo detrás de las casualidades y las coincidencias, quizás señales divinas o del mismísimo y reverenciado Merlín, cosa que la puso de un instantáneo buen humor.

Acercó las manos y sonrió para si misma, pensando mientras la judía se acercaba que de repente le había apetecido hornear un cupcake. No era muy experta en cocina pero eso sí lo sabía hacer y recordaba una vez que había hecho sonreír a su madre regalándole uno por su cumpleaños con una rosa de azúcar moreno imposible y caprichosísima encima. Mientras ella le hablaba y soltaba su perorata, Trixie, embriagada por ese momento de misticismo intrapersonal que se había permitido, asintió con la cabeza pausadamente como si estuviera drogada.

- Muévase Behrman, quiero el informe para el mediodía o está despedida. - le dijo con mucha seriedad y un tonito poco halagüeño en referencia a lo de la empleada, como tantas veces le había oído a su abuelo decir por teléfono a alguno de sus asesores jurídicos como si fuera el rey del Mambo, antes de estallar en una risilla y negar con la cabeza ante sus locuras.

Pero le gustaba ser así, no podía mentir. Ante su pregunta, que le sacó otro suspirito lastimero, no pudo más que torcer la boca antes de decir con un tono mucho más afectado que el que se podría esperar: - He decidido que quiero tener novio y el rollo misterioso y solitario me ayudará. Es lo que se lleva ahora, ser una princesa de cuento es muy 50s. - acercó el paliducho rostro al moreno de ella y le dio un codazo que si le había hecho daño le daba más bien igual.

- ¿A ti te gusta alguien? No me engañes… - le dijo aunque enseguida se dio cuenta que lo último nunca evitaba que tu interlocutor intentara engañarte de todos modos, sobre todo en lo que se refería a esos terrenos tan personales. - A mi no, soy muy exigente. - se encogió de hombros para expresar cierta intranquilidad y sin pensarlo más volvió la mirada a los dos fueguecillos aunque le interesara muchísimo.

Hazel Behrman - December 12, 2011 01:11 AM (GMT)
Tal vez por eso teníamos algo más en común, es que ni las chicas de mi casa o las amigas Slytherin de mi hermano tenían tan poco historial amoroso como yo y cuando nos juntábamos mis historias eran mustias al lado de las de ellas, porque ni siquiera había tenido sexo y en Hogwarts ese parecía ser algo casi pecaminoso, la virginidad que pocas teníamos ya ni siquiera era algo que se respetase, era a veces una burla que unos poco favorecidos de mente usaban para buscar hacernos sentir menos ante su evidente inferioridad.

Yo no sabía bien de la historia amorosa de Trixi pero sabía que era virgen y que su vida amorosa no era tan agitada como la de la mayoría, quizá por eso no le hice una mala cara cuando buscó meterse en mis asuntos y decirme eso de que quería un novio. A mi me gustaría uno también, pero no iba a ir diciéndole quién me gustaba porque de hecho tanto como obsesión no sentía por nadie. No era requisito alguno que tuviesen dinero o fuesen sangre pura aunque me gustase pensar que así sería el muchacho con el que me casaría, pero de hecho eran nada más que estereotipos grabados en mi cabeza que sabía que eran eso, pero era tan superficial que prefería que fuese guapo, de dinero y sangre limpia a otra cosa porque nos veríamos mejor en los anuncios de matrimonio de El Profeta.

Recordaba bien mi infancia, vestida con mis vestidos confeccionados por magos de Israel y en la sala con mi madre, mirando el periódico del lugar y de los que traía papá, viendo a esas novias desfilar una tras otra en las páginas mágicas que llevaban bajo cada imagen los nombres correspondientes, todos rimbombantes y mi madre podía decirme la historia familiar de todos, porque eran magos antiguos y de estirpe. Yo no iba a manchar ese sueño de estar allí, presumiendo a mi buen hombre por un enamoramiento tonto; superficial y todo, tenía dieciséis años por los magos, podía serlo si quería.

-No me gusta alguien en especial. Me gustan los chicos guapos y de familia, ya sabes, esos que si los conocen mis abuelos los querrían adoptar en el acto por aportar buena imagen a la familia.-le dije con total sinceridad, porque de otro modo mencionaría a Damien Holland, Tobías Alechinsky, Aldrich Burroughs, Maximilien Lefebvre, Edwyn Stowe (aunque sea Hufflepuff), Elías Suberland y para mi mala suerte hasta el pela grindylows de Kristján Sveinsson con su atracción animal.-¿Exigente por qué? Ni que tuvieses una reputación que mantener o algo, no sé. ¿Discriminas puristas o algo?-no sabía que los muggles fuesen tan quisquillosos, pero eso era ignorancia pura porque apenas le importaban.-Pero todos los buenos partidos están tomados creo, y lo peor es que muchos de ellos por gente que nada tiene para que una se fije. ¿Quién te gusta? Una no inicia una conversación así porque sí. Además sigo sin creerte eso de que eres exigente, si supe que estuviste con el zarrapastroso de Rayder..-no evité una mueca de asco porque no quería.-

Trixibelle Hudson - December 12, 2011 02:13 AM (GMT)
La verdad es que no le molestaba hablar de esas cosas delante de nadie pero le había preguntado porque creía fervientemente que no le respondería con más que evasivas, pero ahí estaba, contándole algo que había sospechado y ahora podía corroborar firmemente. Frunció rápidamente el ceño y estuvo a punto de decirle que era una arribista pero no lo hizo porque parecía tan convencida y ella se sentía tan abrumada ante la posibilidad de que le hubiera dado un catarro que ya no tenía ganas de batallar.

- Ah, eso está muy bien. - se limitó a decir porque, claro, ¿a quién no le agradaba alguien atractivo que además sabía cómo comportarse? A ella misma, por ejemplo, que era demasiado idealista como para sentirse atraída por según qué chicos incluso aunque fuera una especie de fantasía sucia. De hecho, para ella todo eso de los amoríos eran más una cosa de futuro con sus bodas, sus hijos rubios y su labrador en un bonito departamento del centro de Londres que algo exageradamente apasionado a los cinco años. Ella lo veía así.

Hazel no tardó en preguntarle a ella y Trixie empezó a mostrarse notablemente incómoda, sobre todo cuando mencionó lo de los puristas y se acordó de que estaba en constante desventaja en aquella escuela y aquel momento. Pero ella nunca había claudicado y aunque no era de espíritu tremendamente fuerte el dejar la escuela, la magia, todo lo que formaba parte de ella pesara a quien le pesara, era algo que ni siquiera se replanteaba.

No solamente porque era la opción más fácil y porque ella se crecía ante la adversidad si no que porque tenía una vida allí, el mundo mágico había salvado su cordura en muchas ocasiones y le había devuelto la ilusión cuando era una niña en una realidad sin demasiada magia en la que como mucho tendría que seguir los padres de su abuelo y como mínimo los de su madre. No, definitivamente no iba a dejar aquello.

- Bueno, es que a mi me gustan los caballeros. Osea creo que John Walsh era el amor de mi vida, aunque no lo conociera nada más que de vista, pero pues… - murió, habría añadido, pero no se atrevió a pronunciar esa palabra y menos delante de Hazel, a quien no consideraba compañía del todo probable por obvias razones. De todos modos le gustaba compartir esos momentos con ella, porque no eran amigas y no tenían el compromiso de hablar juntas cuando no les apeteciese. Por eso la buscaba tanto y la despreciaba cuando se sentía de malas, porque no habría perjuicio ni por su parte ni por la de ella. Lo sabía.

-… lo asesinaron. - se sorprendió a si misma diciéndolo y además con una seriedad que no brotaba de la inmadurez de hacer el paripé si no de la seriedad fidedigna y verdadera. La miró a los ojos directamente pero enseguida la niña Trixie, la que no entendía o quería hacer ver que no entendía volvió en forma de una suavísima sonrisa que se perlongó hasta una mucho más ancha que hizo que sus dientes se desdibujasen blancos y gigantescos en su boca.

- ¿A ti no te gustan los maduros? A mi me da mucho morbo eso, soy como una Lolita en versión mágica. - se llevó una mano a la boca y volvió a reírse, esta vez de una forma tan pronunciada que recordó al sonido que hacen las hienas cuando se les ha atorado en el tracto digestivo.

- Seguro algún día me casaré con alguien bastante mayor que yo. ¡Y claro que también tiene que ser guapo! - dijo y retomó su risilla de niña pava. Luego miró el fuego y recogió los pies, jugueteando con las ramitas que se le habían enganchado en los zapatos como si no fuera más que una cría. Y quizás eso era lo que era, pero seguiría elaborando frases sintácticamente complejas y menospreciando el intelecto de cualquiera para ocultarlo. Solo un día más.

Y luego estaba lo de Rayder, a quien le había perdido la pista tiempo atrás y que sin embargo seguía siendo alguien importante al menos en lo que respectaba a su vida amorosa. No solo porque no era muy abundante si no porque era un chico especial, y raro, y como decía Hazel poco parecido a una niña bien como ella. Pero ahí estaba, recordándole lo malos que eran los prejuicios y lo guapo que se veía incluso sin peinar. Mierda. - Es simpático, nos llevamos bien. Aunque ahora está en las grandes ligas, ya sabes con alumnas de séptimo y yo no tengo pecho suficiente para disuadirlo. - sonrió y miró de nuevo el fuego.

Hazel Behrman - December 12, 2011 03:07 AM (GMT)
Hablaba demasiado, no podía captar todo lo que decía porque mientras me hablaba pensaba en cuántas palabras podría decir al minuto con esa bocota. O hablaba rápido, pero de cosas de verdad, no esas charlas de chicas porque le daba un poco de vergüenza verse afectada por esas cosas que sentían normalmente las niñas como Trixi. Recordaba a Walsh, era guapo pero mestizo, sin embargo era de esas excepciones que se podían hacer en la vida por alguien condenadamente guapo y que lograba hasta voltear miradas por su fuerte presencia más que por su cara. No pude evitar una mueca de sorpresa cuando me dijo que era el amor de su vida, es decir, ¿Walsh estuvo con ella? Qué posibilidades había para que eso sucediese…

Ya cuando dijo que sólo lo conocía de vista fue algo más creíble, no era por maldad pero no podía creer que ella alguna vez fuese a conseguir un buen partido, no tenía magnetismo suficiente o eso me parecía a mi, quizá que no fuese lesbiana era lo que evitaba que viese su carisma o lo que sea. Cuando me hizo recordar el triste destino de John bajé la cabeza en señal de respeto hacia él, los fallecidos eran más que una anécdota o un ser sin espacio físico, eran algo que había que respetar fuese l religión que fuese, eso se enseñaba en mi casa y lancé una corta plegaria en su nombre esperando que hubiese sido bien juzgado tras la Justicia del decreto Divino.

Tampoco dije nada cuando mencionó aquello de alguien mayor. Yo había besado a alguien mayor, un hombre de treinta años cuando tuve quince y eso me atormentaba a veces, aunque al ser experimentado me hizo sentir ese abrasivo deseo por la carne que no había sentido antes, esas ganas de ir más allá de los besos y las caricias que él me daba y que yo no respondía. Era mi secreto, mi gran secreto y nadie lo sabría nunca porque me hacía sentir un poco sucia, porque me hacía sentir que valía menos por llevar mis pecados encima y por desear como una mortal cualquiera esas cosas que lo hacían a un débil.

Me mantendría callada porque ese tema me ponía tan mal que sabría que estaba mintiendo, no le diría de mi aventura con ese alguien maduro y que me había gustado, evadiría el tema y dejaría que hable con su bocota, que dijese todas las referencias que quisiera porque eso me daba tiempo para que vaya olvidando lo que decía antes y así cualquier pregunta que formulase yo sería el tema del momento y no habría forma en que sospechase algo. Podía ponerme muy paranoica.

-No he tenido muchos novios, no soy Frances para ir de cama en cama. He tenido sólo dos novios pero me besé con un par de personas más, no sé, no me gusta ir besando a cualquiera que se me cruce porque sí.-y era tan cierto eso como lo superficial que era yo para esas cosas de buscar alguien que me gustase de verdad, porque no me creía un pedazo de carne que cambiaba de mano a cada momento, me consideraba más que eso y quizá por eso toda su parafernalia de los guapos y los puros, porque creía que me lo merecía por no ser maíz genérico como todas esas prostitutas de la escuela.-Lástima que seas hija de muggles, probablemente te maten en algún punto y no eres prostituta, aunque sí muy odiosa.

Trixibelle Hudson - December 12, 2011 03:33 AM (GMT)
Su mente ya había volado a otro lugar donde su hombre ideal, ese término que jamás compartiría con nadie porque la avergonzaba muchísimo, le pedía matrimonio y le regalaba cosas con colores rosados y cosas de corazones. Era romántica y muy agridulce en sus ideales, no lo podía evitar ni aunque quisiera. - No sé, me gustan sus barbas, sus arruguitas, su voz grave, la forma que tienen de tratar a la gente joven y cómo la gente los mira con más respeto por su edad. Soy débil, señor. - una risilla se escapó entre la apretada hilandera de blancos dientes porque todavía no se desinhibía del todo y le daba un tanto de vergüenza estar desvelándole a Hazel ese tipo de cosas tan íntimas que, sin embargo, su propio atrevimiento había desatado.

Viró sus ojos marrones hacia ella sin poder evitar demostrar que estaba esperando una sustanciosa respuesta al respecto, de todo el tema de los hombres maduros y tal, por lo menos algo mínimamente interesante, alguna anécdota semejante a la suya sin entrar en muchos detalles, pero en vez de eso obtuvo un silencio tan denso que hasta se podía palpar en el aire.

Trixie no necesitó mucha más información porque su silencio decía más que mucho de lo que le había comentado anteriormente y enseguida empezó a elucubrar que quizás ella hubiera estado con un hombre mayor en su momento.

Que fuera judía, practicante o no, ya no lo recordaba, no era un impedimento para dejar que su imaginativa cabecita loca vagara por esos páramos cargados de especulación. Su instinto no solía fallarle y por eso confió en él y obtuvo, aunque fuera en forma de bulo creado por ella misma sin ningún tipo de fundamento, la respuesta que quiso. Una envidia poco sana se apoderó de ella un segundo y se preguntó qué tenía que siempre alguien tenía que mirarla y concluyó que era ese aire de misterio que la rodeaba lo que atraía los peces al anzuelo. ¡Tenía que practicar!

De repente sintió que podía hablar con ella de cualquier cosa, quizás que si seguían tratándose bien podían llegar a algo relativamente parecido a una amistad pero, claro, enseguida volvió a abrir la boca y lo estropeó todo con su último y contundente comentario. En verdad no le molestaba tantísimo que le dijeran hija de muggles porque era lo que era, ni más ni menos, sin embargo la última parte de la frase casi la hace llorar no solamente porque Hazel sabía que eso la afectaba si no porque era tan cierta como que ella se llamaba Trixibelle Hudson: en cualquier momento podían matarla, como habían hecho otras tantas veces.

No pudo ser educada, ni tampoco le dio la gana camuflar su consternación y podría haber esgrimido el verbo como defensa, podría haber intentado hacer un esfuerzo y ser venenosa pero en aquel momento en el que sus mejillas se enrojecieron y su boca se torció en un mohín de inútil contención no pudo más que alzar la mano en un ágil movimiento y darle la bofetada más sonora que había propinado en su vida. Hasta se hizo un poco de daño en la mano, que picaba levemente tras el golpe. - Esa te la has ganado. - pero no pudo contenerse y sentía que tenía que descargarse más con ella porque estaba demasiado alterada ya, aunque su propia tranquilidad no dejase que lo demostrara como ella podía haberlo hecho.

La volvió a abofetear y mirándola de frente posteriormente, sin temor a que le devolviera la jugada como le apeteciera. Estaba más brava que nunca. - Pídeme perdón, lo digo en serio. - porque sabía muy bien que incluso cuando se enfadaba de verdad, cuando algo le molestaba y tenía la necesidad de expresarlo de la forma que mejor sabía, parecía que en verdad estaba bromeando porque solía fingir mucho para recaptar cuanta más atención, mejor. Volvían a ser Trixi y Hazel, eso estaba claro.

Hazel Behrman - December 12, 2011 04:08 AM (GMT)
Esta vez la cachetada fue distinta, porque no fue un juego o algo que pareciese salido de la espontaneidad tonta de la rubia, salió de su furia y no fue una, si no dos, dos que recibí al no alejarme ante la primera por quedar pasmada ante semejante costumbre barbárica. Me paré rápidamente y me alejé dos pasos, con la ropa todavía algo húmeda y mi largo cabello goteando.

-¡NO ME TOQUES, SANGRE SUCIA! ¡No me toques!-cogí mi mejilla con rabia, la miré con total enojo, pensando que era una igualada malnacida que ni siquiera merecía estar allí como los magos reales que teníamos magia por derecho propio, porque era una loca de remate que además se comportaba como una machona, tirando golpes en vez de siquiera hablar. Y es que cuando no hablaba como un loro se ponía a dar de cachetadas, que alguien le diese una poción para morir y ya.-

El cabello se me desordenó por la brisa que corría pero no me importó, incluso ya ni me fijaba en el fuego mágico que había convocado y que al verlo querer subir por una de mis medias extinguí en el acto. Varita en mano le apunté con ella, amenazándola de forma evidente para que no intente nada porque le iba a pesar, porque no había otra forma de razonar con ella, porque ni aunque buscase tratarla bien y gracias a mi fuese a aprobar Pociones entendía que debía mostrar un poco de respeto o al menos agradecimiento, ni modales tenía y eso que se jactaba de ser la gran dama de alcurnia de los sangre sucia, se creía su reina o algo así.

-¡No te voy a pedir perdón! Eres insoportable, ¡una niña tonta que lloriquea por todo! ¡Crece de una buena vez!-no cabía en mi tanta incompetencia por parte de ella, se comportaba como si tuviese cinco años y la ineptitud era algo que yo no podía entender, que no soportaba, que me hacía desesperar de forma casi inhumana porque era lo básico que se espera de alguien, que cumple la función que se le ha encomendado. Ella sólo debía comportarse como alguien de su edad, de nuestra edad, no como una niña engreída con la que era imposible razonar, con la que no se podía ni tener una conversación de gente pensante porque ya se quejaba y huía de todo, porque no soportaba nada, ni un raspón. No tuve más remedio que calmar mi ira dándole una fuerte cachetada también, porque no me iba a ir a los golpes con ella.-¿Por qué debería pedirte disculpas, poca cosa? No he dicho nada que no sea cierto, ¡hasta te he halagado diciéndote que no eres prostituta!

Nunca un hombre se enamoraría de ella, era insoportable hasta decir basta, lograba que con quien estuviese sintiera que le hervía la sangre y yo no era la excepción para eso. Nadie la querría, moriría seca por pesada y engreída, nadie jamás le daría amor porque ella lo destruiría, la sal de su vida se disolvería en el mar de sus estupideces y jamás sería feliz, yo estaba segura y en algunos años lo confirmaría, porque quien estuviese con ella debería ser un santo, uno de verdad, porque nadie tenía tanta paciencia.

-¡Nadie te quiere por esto! ¡No soportar nada y en batalla te matarían primero! Nunca serás lo suficientemente fuerte.

Trixibelle Hudson - December 12, 2011 04:59 AM (GMT)
Habría esperado cualquier otra cosa menos una nueva referencia a su herencia muggle y, desde luego, le habría dolido menos una bofetada que esa mirada de rencor y rabia que le dedicó justo después de que ella la abofeteara con unas ganas que no tenían nada de aniñadas. Habría comprendido su reacción de no ser porque consideraba que era ella quien había empezado después de que el ambiente que se había generado fuera el más propicio para una posible relación, como mínimo, más llevadera que la que llevaban teniendo desde que se conocían.

Abrió mucho la boca y ahogó un gritito al mismo tiempo, pareciendo todo como muy cómico aunque dentro de sí se estaba decepcionando como lo había hecho pocas veces en su vida. De hecho, pensaba que todo aquello había sido un error. No debería haberse acercado nunca a Hazel porque sabía que aquello se habría dado en algún momento y se estaba alargando demasiado.

Era su culpa, totalmente, siempre se ilusionaba muchísimo con cualquier relación y se hacía ideas demasiado románticas, demasiado idílicas, y cuando éstas no se correspondían con la realidad entonces se sentía decepcionada y frustrada y se replanteaba si es que estaba haciendo algo mal. Pero no, en aquel caso estaba más que convencida que el problema era de Hazel y no suyo y que esos prejuicios sí que terminarían matándola a ella. Lo que no pudo soportar, aún menos, fue cuando ella le dio una bofetada.

Bajó la cabeza sin mediar más palabra y se llevó una mano a la cara, notando como de repente sus ojos escocían particularmente y dos lagrimillas caían hacia abajo, dibujaban un sinuoso contorno por su nariz afilada y recta y caían al suelo en medio de aquel mar de exabruptos. Estuvo un rato sollozando en silencio, escuchando todo lo que tenía que decirle como si de repente toda la bravura que había mostrado al pegarle en primer lugar se hubiera disipado ante el golpe que Behrman le había dedicado.

No le importaba que le dijera que nadie la querría nunca ni nada de esas cosas porque comprendía que todo aquello estaba saliendo de la pura ira y que esas cosas siempre eran muy relativas y así quería creerlo ella. Se gustaba a si misma, no quería cambiar, aunque fuera la peor persona del mundo. Pesara a quien le pesara, incluso cuando pudiera resultar complicado para ella. Enseguida recobró la compostura y se secó las lágrimas antes de montar en cólera con ella por lo que le había dicho:

- ¡ERES UNA IDIOTA! Yo nunca seré una arribista ni una falsa, eso nunca. Me prefiero a mi ¡A MI! - soltó, aunque aquello no era muy venenoso ni malicioso porque definitivamente no conocía forma de dañar verbalmente a nadie con la misma contundencia que otros de sus compañeros. O quizás sí y ahora sencillamente no le salía con toda la malicia que podría. No había terminado, no del todo, aunque lo siguiente se lo dijo más a si misma que a ella.

Era una estupidez intentar ser cordial con ella, ya no más. Le había tocado la fibra sensible y una retractación era imposible a esas alturas. - He sido una estúpida al confiar en ti. Siempre me pasa igual, siempre me terminan pegando en todas partes. - dijo con un hilillo de voz que expresaba muy bien su penoso estado anímico. Odió sonar victimista pero no era más que la verdad, le había pasado con su madre desde siempre y ahora le pasaba con sus amigos. Estaba jodida.

Se agachó y notó como sus movimientos al intentar recoger la bolsita aún plagada de utensilios inservibles y cremas de precio exorbitado eran poco menos que torpes pues estaba nerviosa y no podía ver el momento en escaparse de aquella situación como pudiera, porque así encaraba ella los problemas y a quien no le gustase no tenía por qué mirarla. O podía tomar la alternativa que había escogido Hazel. Si después de todo se quedaba sola, como tanto le gustaba augurar a Behrman, el dinero siempre sería un frío consuelo.

Hazel Behrman - December 14, 2011 08:09 PM (GMT)
Me hablaba con un tono lastimero que me causaba repulsión, era casi vergüenza la que sentía al verla en ese estado porque estaba conmigo y no sabía cómo contrarrestar tanto drama sin fundamento, porque no le iba a pedir falsas disculpas por algo que no fue la gran cosa –como ella- y que ahora la tenía al borde de convertirse en una banshee llorona y mal arreglada. Hasta tuve el impulso de arreglarle el cabello para que al menos se viese como esas fotografía de muchachas llorando en las que se ven bien y no poco estéticas, pero su mueca era demasiado grotesca como para intentarlo por lo menos.

-Puedo ser muchas cosas pero no soy una traidora. No voy a ir por ahí contando lo que has dicho, ya cálmate, que me avergüenzas.-que nadie me viese con esa loca por favor, que nadie fuese testigo de qué tan incómoda podía tornarse su presencia y que además de eso, yo la soportaba porque en un punto me agradaba por estar ella hecha un desastre y no ser aburrida entre estupidez y estupidez.-

Me sabía poseedora de esas manías que acababa de mencionar y no me avergonzaba de eso, porque también sabia que era lo que veían pero no necesariamente el punto culminante de mi existencia. El compartir con todos anhelos y convicciones no me hacía más o menos que nadie, y yo no hacía esas cosas porque tenía dieciséis años, sólo esa edad, no era tan madura como absolutamente todos –que vaya que habían crecido rápido- como para ir pensando en cada cosa que hacía. Yo estaba en la etapa de mi crecimiento personal en la que me gustaban los muchachos y en la que iba buscando prospecto de marido para un futuro algo lejano, ¿a quién no le gustaba estar rodeado de gente bonita? Por suerte en el castillo eso abundaba y todo.

Era falsa también, porque me daban miedo muchas cosas y porque ellos no entendían cosas de mi cultura que eran importantes; y si para encajar debía serlo que así fuese, ellos tenían sus altos principios y eran consecuentes con sus vidas por milagros de madurez pero a mi esos no me los habían concedido, yo pensaba en qué me iba a poner mañana y en que si mi falda no mostraba demasiada rodilla para no sentirme cohibida cuando soplase un viento traidor, no en defender al mundo de todo y en la bondad para con todos por la grandeza de mi alma. Sí, debía trabajar en ello pero sería a su propio ritmo.

La vi agacharse con lo que me pareció una mueca de dolor y sólo pude poner los ojos en blanco ante tanto daño al histrionismo, parecía una cabaretera que ahora buscaba hacerse fama de actriz, pero que no sabía más técnicas que las que usa por las noches con su marido para que le de regalos. Vulgar, vulgar. No nos entendíamos al final, estaba segura de que ella no era una mala persona y de que yo tampoco lo era, pero cada una actuaba como mejor le funcionaba, en el caso de Behrman era de ese modo que muchos consideraban odioso y hasta arribista, pero era ya crítica de cada uno, podían irse muy al infierno.

-Te pegan porque eres tonta y débil. Además de que tienes la cualidad de hervirle la sangre a cualquiera…no tienes remedio.-no lo tenía y yo no le iba a mentir diciéndole que sí, era hasta absurdo cómo se ponía por un par de cositas que de seguro había escuchado antes. ¿O qué pensaba? ¿Qué le iba a hablar de brillo labial luego de que le crispase los nervios de ese modo? Es que quién la mandaba a llamarme para pedirme favores y encima, comportarse como si fuese lo mejorcito del mundo.-





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