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Title: Neuras varias


Dominique J. Wagner - August 24, 2009 11:07 AM (GMT)
El ruidoso motor de la llamativa moto amarilla se silenció al llegar a la plaza de la catedral. El chico melenudo guardó bajo el asiento su casco y puso el seguro antes de dirigirse al interior del edificio sacro con pasos ágiles. Llevaba varios días nervioso y con varias cosas dándole vueltas por la cabeza, necesitaba un lugar tranquilo donde poner orden a sus pensamientos y la atmósfera de la catedral le resultaba apacible e íntima.
Hacía horas que el servicio religioso había terminado, así que comprobó con agrado que se encontraba prácticamente sólo, o al menos, en el sentido clásico de la palabra. A parte de alguna viuda devota que rezaba sus oraciones de rodillas en solitario, no había nadie que pudiese molestarle. Buscó un banco suficientemente lejos para respetar la intimidad de las fieles y se entretuvo contemplando las imágenes religiosas pintadas en sus paredes y techo, dejando que su mente divagase sobre los protagonistas de estas y su significado.

Se tomaba el cristianismo con el mismo respeto e interés que cualquier tipo de mitología clásica; para Dominique la mayor parte del tiempo, la religión sólo era un relato fantasioso lleno de enseñanzas y tradiciones. El tipo de música que le agradaba, normalmente estaba inspirada en toda esa mitología, siendo la figura de Lucifer la que más atractiva le resultaba.
Empezaba a sentirse más relajado, uno de los temas pendientes que tenía estaba precisamente relacionado con la música y el grupo en el que tocaba; dentro de poco tenían que actuar en un Café del pueblo cercano y estaban algo liados con todos los preparativos. Además había una canción a medio hacer que no lo dejaba en paz, hasta que no encontrara las palabras precisas para la letra no conseguiría dormir.

Con disimulo, se puso los cascos ocultándolos con el pelo y se puso a escuchar lo que habían compuesto hasta el momento; llevaba varias noches de insomnio por esa maldita canción. Ya había llegado a afectarle al humor y casi había discutido con Sam (aunque eso no tenía nada de novedoso), esperaba que allí le llegara algo más de inspiración.
Poco después, vio marchar a las pocas mujeres que quedaban y la sala se quedó completamente vacía, bueno, casi… las imágenes de esas personas quedaron suspendidas en el tiempo a los ojos de Dominique, difuminadas y brillantes como fantasmas que sólo él podía contemplar, seguían rezando en silencio.

El joven soltó un sonoro suspiro mientras los acordes de una guitarra se escuchaban dubitativos en sus oídos, aquellas apariciones eran ya habituales para él y sabía que si se empeñaba o llegaba a dejar fluir su percepción especial, en pocos segundos aquella catedral se llenaría con los recuerdos de sus feligreses. De momento, su mente estaba tan colapsada por otros asuntos que apenas podía prestar atención a los “fantasmas” que automáticamente trataba de captar. Se tumbó en el banco, como si de la cama de su casa se tratara y trató de centrarse en la música una vez más. Una sombra que se movió en el confesionario llamó su atención, pero tras comprobar que se trataba de una de esas ilusiones creadas por la fuerza de las emociones que impregnaban el lugar, dejó de interesarle. No era un voiyer morboso que quisiera conocer los pecados particulares de la gente.

Contemplando asexuales ángeles de dorados rizos y túnicas vaporosas mientras escuchaba el impecable sólo de violín, se fue quedando dormido.

Ted Sullivan - August 31, 2009 08:32 AM (GMT)
-Me agrada que un joven de su edad haya encontrado tal grado de paz y tranquilidad en la casa del señor. –Dijo el pelirrojo párroco sin poder ocultar el deje irónico y elevando un ápice el tono de la voz para despertar al joven- Es indudable que está usted descansado de cuerpo y de alma. Pero debo cerrar la iglesia, si no le importa.

Aquel era un joven nuevo por la catedral. Los rostros, al cabo de unas semanas allí, acaban por volverse familiares, conocidos. Algunos incluso en exceso. Normalmente los feligreses eran los mismos y, rara vez, encontrabas alguno que bajase de unos cuarenta años.

Desde 1926 había podido apreciar la evolución. Cuando él era un crío las iglesias estaban abarrotadas y por feligreses de todas las edades, desde los niños más pequeños hasta ancianos que apenas sí se tenían en pie. Era más común ver mujeres que hombres, aunque la presencia masculina aumentaba considerablemente los domingos.

Poco a poco, cada vez era menos común ver a jóvenes en las iglesias, y menos de forma voluntaria. La mayoría, hasta tomar la primera comunión, llegaban allí casi arrastras incitados por madres y abuelas. Sabías perfectamente que había niños que ni siquiera sabían para qué estaban allí ni el significado de la ceremonia, los veías juguetear con los pies mirando al suelo sentados en el banco o emitir ahogados bostezos…

…Y luego dejaban de venir. La familia, sus madres, no habían sabido inculcarles el verdadero espíritu y perdían el interés. Sentían que la misa y todo lo relativo a la iglesia era un trámite que cumplir cuando eran pequeños, una obligación y, en cuanto podían, dejaban de hacerlo. Había muy pocos que continuaban viniendo luego de forma voluntaria.

Y algo le decía que aquel joven no era de aquellos. No era nadie para juzgar por la imagen. Sabía que había engominados con traje y corbata, decentes, al menos en su imagen, que acudían a misa periódicamente como quien acude a fichar pero que, saliendo por la puerta, una vez compuesto el paripé, eran peor que Satanás.

¿Por qué no iba a aquel muchacho, con aspecto de revolucionario antisistema, ser un devoto católico? ¿Por qué no iba a ser un ferviente creyente? No era su pelo “Demasiado largo para ser bueno”, como diría la señora Franklin, lo que le hacía pensar que aquel muchacho no había llegado con la intención de conectar con Dios. Eran los auriculares que llevaba puestos. Para desgracia del joven, en una de las cabezadas, el pelo los había dejado al descubierto.

-Creo que hay lugares más apropiados para hacer lo que está usted haciendo ¿No le parece?

Dominique J. Wagner - September 1, 2009 10:45 PM (GMT)
Lo que le pareció una repentina voz, lo devolvió al mundo de los vivos, muy a su pesar. Su cuerpo se incorporó sobre el banco de madera mucho antes de que su mente se librara del reconfortante abrazo de Morfeo. Sentado, tuvo que hacer un titánico esfuerzo para recordar donde se encontraba y identificar al que le hablaba con ironía. Fue más sencillo en cualquier caso, discernir entre el sueño y la realidad que entre los espejismos de su mente y el mundo físico. Por un instante tomó al sacerdote por una de sus alucinaciones quijotescas.

Pero no iba a tener esa suerte, el hombre que tenía frente a él era de carne y hueso, a diferencia del resto de fantasmas que hubiesen estado presentes de no estar su don todavía más endormiscado (por no decir comatoso) que él; al mirar detenidamente a un lado y otro de la sala no pudo localizar a ninguno de los que vislumbró con anterioridad.

- Discúlpeme Padre – dijo algo dormido todavía mientras se frotaba un ojo con el canto de la mano -, hacía días que me perseguía el sueño y hoy me ha alcanzado…
No había sonado a una sentida disculpa por el simple hecho de que Dominique no se sentía en absoluto culpable por haber echado una “cabezadita” en una iglesia desierta.

Uno de los auriculares se había desprendido, sonaba con fuerza la guitarra y la batería; el volumen o ruido normalmente no le impedían caer muerto, lo que sí le extrañó era lo bien que le había sentado aquel incómodo catre de madera.

“Va a resultar ser cierto que en otra vida fui un mendigo, porque para dormir sobre un banco de estos…” Era algo que insistían en recordarle sobretodo, sus compañeros de Drak Soul, por lo visto dormía a gusto en los rincones más incómos.

- Perdone que se lo diga, pero estos bancos son mano de santo. -Dijo tratando de relajar el ambiente, con la mejor intención del mundo. Tampoco es que quisiera ofender a un cura después de quedarse dormido en su iglesia; apagó la música. Además, Dominique se consideraba totalmente agnóstico y creía que había que mostrar cierto grado de respeto hacia las creencias de todo el mundo (por muy absurdas que pudiesen parecer), y eso también incluía a sus lugares de culto. Para él, las cuestiones divinas escapaban de su mundana comprensión mortal, y eso lo hacía extensible al reto de la humanidad; consideraba una religión como “mejor” o “peor” que cualquier otro tipo de creencia en el grado en que promulgaba valores útiles para los individuos y la sociedad misma, con independencia de que luego sus supuestos practicantes fueran unos hijos de la gran puta, eso era otro tema.

Cuando el clérigo le llamó la atención sobre su reproductor, ya fue perfectamente capaz de recobrar un mínimo digno de compostura y contemplar a quien le hablaba. Lo que le resultó más curioso fue que fuera pelirrojo; sí, era consciente de que se trataba de una completa estupidez, pero casualidades de la vida, el cura tenía el color del pelo del Diablo.
“Igual en alguna época pasada no sólo no lo hubiesen aceptado en el seminario, sino que incluso lo hubiesen expulsado de la aldea a pedradas” Pensó con bastante seguridad.

- En realidad creo que buscaba algo de inspiración divina. - Comentó con ese aire despreocupado que lo caracterizaba. La cuestión era si la había encontrado al final… Trató de recordar el sueño que había tenido… por una parte, conservaba la imagen de ángeles precipitándose al vacío con sus emplumadas alas en llamas. Le pareció una imagen demasiado sencilla y vulgar para la canción que buscaba; la otra imagen consistía en una vieja viuda de duelo, que se trasformaba en una sensual y joven monja con poca ropa y un ajustado liguero, que se trasformaba en un panda con cofia…
“Hmmmm, mejor me quedo con lo primero”

Se puso de pie, le parecía que ya había molestado suficiente al sacerdote-diablo. Pero antes de irse no podía evitar hacerle una pregunta a tan pintoresco personaje. No necesitaba tratar temas religiosos o morales con aquel hombre, su consciencia y su alma estaban en paz. Pero Dominique tenía por costumbre relacionarse con todo tipo de gente distinta y siempre encontraba algo que descubrir en cada persona; sentía curiosidad.

- ¿Me permite hacerle una pregunta? ¿Cuál es su canción favorita?
Hasta ese extremo había llegado su falta de inspiración que recurría a un cura… si se enteraban sus compañeros, iban a estar tomándole el pelo lo que le quedaba de vida, pero cosas más extrañas se habían visto. Habiendo hoy en día hasta curas rockeros, no se perdía nada por intentarlo.

Ted Sullivan - March 22, 2010 03:26 PM (GMT)
-¿Y la ha encontrado? La inspiración, digo.

Le había caído bien el muchacho. No se había puesto a buscar excusas malas, si no que había asumido su “falta” con desparpajo y cierta arrogancia. Le respondió con una sonrisa canalla. Muchos párrocos, y más un cierto tiempo atrás, le habrían echado una buena bronca, ensalzando su poca, o nula moralidad, hablándole de su falta de educación, de respeto y de decencia.

Ted no. A Ted le daba igual. Si existía Dios, y era algo que no tenía demasiado claro, no iba a condenar a aquel joven a los infiernos por dormirse en su Iglesia. Estaría mucho más ocupado que preocuparse por cosas tan insignificantes y mundanas y, si Dios no le daría importancia, ¿Por qué dársela él?

-¿Me permite hacerle una pregunta? ¿Cuál es su canción favorita?

Ted sonrió y miró al joven. Se llevó la mano derecha a la cara frotándose el mentón con los dedos mientras pensaba. ¿Su canción favorita? No creía que aquel muchacho se escandalizase por la música que Ted escuchaba, pero cierto tiempo atrás se habría jugado la excomunión. Pensó el título adecuado y abrió la boca para contestar.

-Sympathy for the devil, de los Rolling, aunque yo prefiero la de los Guns.

Ted se dio la vuelta para ver a la propietaria de la aterciopelada voz que le había interrumpido y que procedía de su espalda. El sonido de unos tacones resonó con descaro en la desierta y sacra edificación mientras la dueña se aproximaba a los dos hombres que conversaban quitándose un oscuro gorro de lana con las enguantadas manos.

Se trataba de una joven alta y esbelta, con rostro de veinteañera. Los ojos azules y profundos, el cobrizo cabello cayéndole suelto por los hombros, algo despeinado por el viento. Vestía con unas altas botas negras que asomaban bajo el entallado abrigo oscuro . En el cuello llevaba anudado un pañuelo azul oscuro.

Con descaro y sin ningún tipo de tapujo se acercó al peculiar párroco, colgándose de su brazo y besándolo en la mejilla. Después clavó su profunda mirada en el joven melenudo mordiéndose el labio con picardía mientras lo repasaba de arriba abajo. Ted negó con la cabeza, solo lo hacía por provocar.

-¿No vas a presentarnos?

-Pues lo haría, hija mía, pero el joven aún no se ha presentado.

La muchacha sonrió y estiró la mano hacia el joven.

-Jazz. Y no le hagas caso, gruñe mucho, pero no se le da bien dar sermones. Es la primera vez que te veo por aquí.

-El joven venía buscando algo de… inspiración divina. Lo que no me ha dicho aún es si la ha encontrado.

Dominique J. Wagner - April 12, 2010 04:56 PM (GMT)
Debía admitir que hacía mucho tiempo que no conversaba con un sacerdote, de hecho, lo más habitual había sido algún que otro sermón más que un dialogo por levantarle los faldones a las novicias, pero debía admitir que el padre era bastante tratable.

La respuesta a su pregunta no le sorprendió tanto como su origen. Una esbelta y bellísima mujer de larga y rizada melena rojiza. Tuvo que pestañear un par de veces para asegurarse que no era la mismíma Lilith, tomada del jardín del Edén por Dios.

Hasta que la vio saludar con un beso en la mejilla al padre, no asimiló su parentezco.

"Aaaah... entonces es un cura de esos..." Pensó para sus adentros, refiriéndose con "esos" a los párrocos que se les permitía tener una familia y que obviamente, podían prescindir del voto de castidad dentro de su matrimonio.

Aquel pastor acababa de ganar diez puntos en la escala de valores de Dominique que consideraba de lo más recomendable que los ministros de la iglesia tuvieran los pies en la tierra y más que en el cielo.
Igual se equivocaba, pero si más curas siguieran el ejemplo de aquel hombre, resultaría mucho más complicado hacer chistes de curas y niños.

Sonrió un tanto azorado, ¿dónde estaban sus modales? Tan cierto era que no se había presentado, como también lo era que se había tumbado en aquella iglesia como Pedro por su casa.

-Mi nombre es Dominique Wagner, encantado Jazz. - Dijo sonriendo a la vez que estrechaba la mano de la dama y arqueaba una ceja irónico, dando a entender que conocía el significado de su propio nombre. - Supongo que como la mayoría, sólo acudo a Dios cuando necesito algún que otro milagro.
Admitió en respuesta al comentario de la joven, siendo una verdad a medias pues aunque no fuese un creyente, incluso se dedicó a orar (sin importar si a Dios o al Diablo), en las largas horas que pasaba junto al dormido cuerpo de su madre con tal de que saliera del coma.

Se deleitó en contemplar los ojos de Jazz; le gustaba su mirada directa, ese tipo de cosas eran las que lograban que maldijera su monogamia. Una bella mirada, una sonrisa pícara y oportuna, una voz sensual aún sin pretenderlo... casi estuvo por añadir a la lista el resonar de unos tacones en una pulcra iglesia.

Un chispazo brilló en su mente y supo en el acto que ya lo tenía, que esa noche recordaría el olor a incienso y el tacto de la piel de Jazz y podría escribir esta canción:

"Ni una gota de sangre en sus venas era humana,
pero ella era como una suave y dulce mujer.
Lilith estaba en los confines del Paraíso;
tras Ella estaba el infierno y en su seno el Cielo.

A tí acudo cuando lo demás ha pasado;
yo era una serpiente cuando tú eras mi amante.
Por voluntad de Divina, nuevo rostro y forma.

Decías: tómame, ya que vengo de Adán,
(la Alcoba del Edén está en flor)
Una vez más mi amor te subyugará.
Lo pasado es pasado, y yo acudo a tí.

Su aliento sacudía mi alma como a una pluma.
Dulces íntimos anillos del abrazo de serpiente,
al yacer dos corazones que suspiran y anhelan."


Le entraron ganas de reírse de sí mismo, como cualquier beato más, buscó la divinidad entre los muros de un edificio, cuando la verdadera divinidad estaba hecha de carne y hueso.

- Sí, padre, se podría decir que he encontrado algo parecido.

"Sabido es que los artistas necesitamos de musas, ¿no?" Escuchó en su cabeza sin atreverse a pronunciarlo, ni siquiera en tono jocoso.

Carraspeó un poco al darse cuenta que era un desconocido en mitad de una visita familiar y dándose cuenta de que quizás sobraba, aunque se sentía extrañamente a gusto con aquel duo.

- Ejem... bueno, supongo que ambos tienen asuntos que tratar, y yo ya he abusado bastante de la "comodidad" de este templo...

Casi deseó tener una excusa absurda como confesarse para no tener que irse, aunque sabía que mucho tenía que ver la atractiva compañía de Jazz y que a la larga, sólo le provocaría remordimientos de conciencia hacia Sammy a pesar de que no hiciera nada.

Jazael Janssen - May 22, 2010 09:07 AM (GMT)
Jazz estrechó la mano de Dominique. Se detuvo algo más de tiempo del necesario en el contacto y sonrió de un modo indescifrable. Desvió la vista una fracción de segundo para cruzar una mirada con su padre y su sonrisa se hizo más ancha. La de Ted la acompañó.

La atención de Jazz volvió a centrarse en Dominique, al igual que la de Ted. –Vaya, vaya… Que casualidad- comentó el pelirrojo sacerdote, más para si mismo que para sus dos interlocutores y sin quedar muy claro a qué se refería. Tal vez a la oportuna visita de su hija y al encuentro con el descarado muchacho.

-Un bonito acento. –Susurró la joven, como si de repente la sacra edificación le mereciese algo de respeto- ¿Francés? ¿Suizo, tal vez?

Ted no necesitó más que observar al joven para darse cuenta de la influencia que Jazz había ejercido sobre él. El pelirrojo párroco negó con la cabeza.

-Solemos olvidarnos de que siempre está ahí y solo le reclamamos cuando las cosas se tuercen sin recordar que si las cosas van bien también es por su obra y voluntad.

Jazz no pudo evitar soltar una risita ahogada. –No seas descarada, niña- ante el comentario de su padre. Lo había visto tantas veces dar misa, dar sermones, consolar a las beatas, confesar… Pero seguía sorprendiéndola cada vez. Maldito canalla, podría enredar al mismísimo Diablo con sus mentiras. Al escucharlo hablar parecía que realmente se creía lo que decía y, en el fondo, era tan escéptico como el que más.

-Y luego nos extrañamos si no nos escucha… ¿verdad?

De nuevo la mirada penetrante de Jazael parecía querer atravesar a Dominique. Daba la sensación cuando lo miraba que sabía mucho, si no todo, de la vida que rodeaba a aquel joven músico.

La respuesta de Dominique ante la pregunta de Ted sobre la inspiración terminó de dar la razón a las cábalas internas del pelirrojo, más que por el tono con que la formuló, por el hecho de que no apartaba la vista de su hija mientras lo decía. Había visto muchas veces reacciones parecidas y no, no solían acabar bien.

Jazz sonrió y un brillo peligroso surcó su mirada. Su imagen era totalmente incongruente dentro de aquella Iglesia y la comparación de Dominique de la joven con Lilith podía ser la más acertada.

“Mucho cuidado, jovencito, porque no va a dejarte así como así.”

-¡Oh! Tranquilo, que no molestas. De hecho, he sido yo quien os ha interrumpido. Yo solo venía a entregarle esta carta al padre –Dijo mientras sacaba una misiva del bolso y se la entregaba a Ted- Y me marcho ya. No me siento muy cómoda en la Iglesia –bromeó- será por el tiempo que llevo sin confesarme.

Ted sonrió de nuevo, echó un vistazo al remitente de la carta y la guardó en los pantalones, bajo la sotana, antes de prestar de nuevo atención a los dos jóvenes. Las miradas que se dirigían ambos dentro de la Iglesia daban la sensación de atentar contra toda castidad y pureza que guardasen aquellos muros.

-Los jóvenes siempre iguales. Descarados e incrédulos. Menos mal que Dios, en su divina misericordia, asume que es un rasgo más de vuestra personalidad rebelde y desconfiada.

Era prácticamente imposible saber que pasaba por la cabeza de Jazz en ese momento, pero de nuevo su mirada parecía estar mucho más allá del mundo terrenal que pisaban. Una risa totalmente inesperada y aparentemente sin sentido se escapó de sus carnosso labios.

-Será mejor que te acerque a algún sitio, Dominique, va a llover...

Y casi como respuesta a sus palabras, en aquel mismo momento, un relámpago iluminó la estancia en penumbra, acompañadazo de su trueno, cuyo sonido fue amplificado por las frías paredes de piedra, haciendo vibrar las vidrieras de un modo sobrecogedor. Las gruesas gotas de lluvía comenzaron a golpear las vidrieras como si pretendiesen atravesarlas.

-…y no creo que coger la moto en este momento sea lo más prudente. ¿No crees?

A veces Jazz era capaz de estremecer. Ahora, la joven pelirroja había arrojado el sedal, sutilmente camuflado el anzuelo, y Dominique solo necesitaba decir una palabra, un solo gesto, para enredarse en él. Y era muy difícil escapar.

Dominique J. Wagner - June 22, 2010 09:29 PM (GMT)
Era evidente que algo se le escapaba, en el lenguaje secreto que se traían padre e hija sabía que hablaban de él pero poco le importaba. Su atención estaba fija tan sólo en la mujer de la sala.

- Oui, madame, ma mère est française. Le respondió correspondiendo su mirada y sonrisa.

Le emocionaba y turbaba a la vez, como si estuviese en plena adolescencia, saber que sólo mujeres como ella eran capaces de prometer y embriagar tanto, con tan sólo una sonrisa, una mirada… muchos hombres perderían la cabeza por su sutil roce de sus carnosos labios sobre la nuca.

Y Dominique no era ni mucho menos, de piedra. Más bien justo al contrario, la faceta salvaje y peligrosa de Jazz lo atraía como la luz de una vela a una mariposa.

“C’est une femme fatale… ”

Por algún motivo las podía oler a la legua y aún a sabiendas de que podían ser su perdición, se resistía a alejarse de ellas. Sin duda, el juego de miradas resultaba del todo evidente a ojos del pastor; lo que se preguntaba Dominique era si el resto de reacciones que la pelirroja le provocaba también saltaban tanto a la vista (pulso acelerado, pupilas dilatadas, sudoración fría por la espalda…); y mucho más interesante, si también él las provocaba en Jazz.

El tiempo en que duró la conversación paterno filial trató sin mucho éxito, de alejar ciertas fantasías sobre altares y mujeres tal y como Dios las había traído al mundo…

“¡Capullo! Tienes a Samy esperándote en casa y tú babeando por unas faldas.”

Se libraba una cruda batalla en su interior y no tenía muy claro cual era la parte que prefería que ganara.
La alusión al tiempo que hacía que no se confesaba provocó que se sonriera sin importar la presencia del cura, más que acostumbrado por otra parte, a las salidas de su hija. De las “mejores” chicas que había conocido (y no sólo en el sentido bíblico), habían ido en algún momento de su vida a un colegio de monjas. Tenía su propia teoría de por qué motivo, esas eran las más… apasionadas.
Sólo necesitaba una excusa, un pretexto. Tan sólo eso era suficiente para poner en peligro toda una relación.

-Será mejor que te acerque a algún sitio, Dominique, va a llover... y creo que coger la moto en este momento sea lo más prudente. ¿No crees?

Y acababan de dársela.

Ignoró con facilidad la parte de él mismo que le decía a gritos que era una mala idea y atribuyó el escalofrío y la sacudida interior que sintió, al rayo y a la atmósfera bramstorkiana que se estaba creando.

– Te lo agradezco Jazz.
Dijo con una lupina media sonrisa en los lábios.

- Ha sido todo un placer conocerle Padre, gracias por la charla…
Se despidió sin dejar de sonreír, sabedor de que se estaba metiendo en un lio, sin entender cuan profunda era la boca del lobo.


Jazael Janssen - July 15, 2010 09:37 AM (GMT)
-Te lo agradezco Jazz.

Con aquella simple frase Dominique firmaba su perdición. La sonrisa de Jazz se ensanchó, incluso se mordió el labio inferior de forma sugerente. Ted negó imperceptiblemente con la cabeza.

Jazz empezó a colocarse los guantes de nuevo mientras Dominique se despedía de su padre. El párroco le tendió la mano al muchacho, perfectamente consciente del significado de la sonrisa que el medio francés tenía en el rostro.

-Para mí también ha sido un placer, Dominique. Espero que volvamos a vernos.

Jazz se acercó a Ted y simplemente le besó en la mejilla y le dijo un breve “nos vemos”. Los relámpagos iluminaban la estancia de forma periódica, sobrecogiendo con el posterior trueno.

La joven pelirroja se acercó a la puerta de la Iglesia, y Dominique le seguía de cerca. Jazz abrió las enormes puertas y, casi como si de la escena de una película se tratase, su silueta se recortó con fiereza en contraste con la blanca luz del rayo que acababa de caer.

Cuando Dominique se dispuso a atravesar la puerta siguiendo a Jazz, la voz de su padre le detuvo, resonando a su espalda teatralmente amplificada por los gruesos muros.

-Ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

La risa de Jazz le sirvió a su padre como clausura. Contestándole sin volverse siquiera.

-Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. Un poco tarde para sermones. ¿No cree, padre?

Jazz cerró las puertas tras ellos. La lluvia caía de forma casi torrencial y un frío aire le revolvía el cabello y hacía a las gotas golpear con fiereza a los dos muchachos. Jazz rompió a reír y tomó la mano de Dominique, echando a correr en dirección a su coche, arrastrando tras ella al moreno muchacho.

En el tiempo que tardaron en alcanzar el hummer negro, los cabellos de ambos muchachos, así como las ropas, se habían empapado. Mientras sacaba las llaves del coche, Jazz se retiraba los mechones del rojizo cabello que el viento le arrastraba y pegaba contra el rostro.

Una vez dentro, Jazz encendió la calefacción y rompió a reír de nuevo. Su risa, clara y cristalina, reverberaba de forma muy agradable dentro del pequeño cubículo. Le dio media vuelta al mando de la radio y The Haunting de Kamelot, comenzó a sonar a todo volumen.

-Al final te has mojado tanto como si te hubieses ido en la moto…

El suave ronroneo del motor quedó totalmente silenciado por la fuerza de los acordes. La joven comenzó a maniobrar despacio y con prudencia. Dominique ya debería haberse dado cuenta de que ella no le había pedido ninguna dirección a la que debiese acercarlo, por el contrario, conducía como si tuviese perfectamente claro a donde ir.

-One cold winter's night / I may follow her voice to the river / Leave me for now and forever. / Leave while you can...

Jazz torció a la derecha en alguna calle que alejaba aún más a Dominique de su casa, apartándole del único cobijo donde podía pedir asilo. Aunque su mirada parecía fija en la calle, por el rabillo del ojo contemplaba al atractivo joven que se sentaba a su lado.

-Es muy difícil ¿Verdad? No saber si lo que ves es real, si está ahí o estuvo o si lo estás creando tú. Dime, Dominique. –Apartó los ojos de la calle un momento para fijarlos en los del joven, para volver al instante a centrarse en su camino- ¿Qué ves cuando me miras a mi?

El limpiaparabrisas oscilaba de forma frenética y, aun así, resultaba prácticamente imposible distinguir con nitidez cualquier cosa que se encontrase a más de un metro de distancia del morro del coche.

Finalmente se detuvo suavemente frente al portal de un moderno bloque de edificios, modernos y caros. La construcción podía ser de las más altas de Moorside City. Desde el coche, por muy atrás que echases la cabeza, eras incapaz de ver la cúspide.

La muchacha se quedó unos segundos aún en el coche hasta escuchar la respuesta de Dominique, después, abrió la puerta y bajó del hummer, instándole a que hiciese lo mismo.

Ambos corrieron de nuevo hasta el portal, tratando de evitar lo máximo posible la lluvia. El portero de la finca los esperaba con las puertas abiertas. Era un hombre mayor y cano, con los ojos claros y con un aspecto un tanto sobrecogedor, a pesar de las agradables palabras que le dedicó a Jazz.

-Vaya, señorita, es un gusto tenerla por aquí de nuevo. Hacía mucho que no nos visitaba.

-No me atrevía a conducir un trayecto más largo con la que está cayendo. En algún momento temí perder el control del volante.

-Entonces será mejor que pasen aquí la noche hasta que amaine un poco. Es peligroso andar por las calles.

-No se preocupe, eso haremos.

El portero les hizo un gesto cortés llevándose la mano a la visera de la gorra del uniforme y les abrió la puerta del ascensor, un amplio compartimiento forrado en madera y con tres lunas de cuerpo entero en las paredes lisas.

La imagen de Jazz y de Dominique se repetía incansable debido a la colocación paralela de los espejos. El juego de luces que provocaban los halógenos refractados en las pulidas superficies rodeaban el níveo rostro de Jazz de un halo luminoso, como si irónicamente fuese algún tipo de aparición celestial.

El ascensor se detuvo en el piso 24, el piso más alto. Cada planta tenía dos viviendas, pero aquella cima solo constaba de un amplio ático al que le correspondía la impresionante azotea.

A cualquier cinéfilo le hubiese recordado inmediatamente a la casa de Al Pacino en “Pactar con el Diablo”

-Este apartamento me lo alquiló mi padre hace unos años, cuando era estudiante, pero desde que terminé la carrera apenas lo uso, prefiero seguir viviendo con mi “familia” en las afueras, aunque siempre es útil conservarlo para ocasiones como estás. –Jazz dio media vuelta a la llave, abrió la puerta y dio la luz- O cuando quiero algo de intimidad…

El apartamento era amplio, grande y la decoración moderna, aun así no podía negar que era ostentoso. Los muebles del amplio salón parecían costar una cifra. A pesar de la cuidada decoración, no resultaba hogareño. Como ocurre con ciertos apartamentos de vacaciones, se notaba que no estaba habitado con frecuencia y que su misión no era la de hacer vida allí.

-Siéntate y ponte cómodo. –Dijo Jazz señalando el amplio sofá

Jazz se metió en algunas de las habitaciones, dejando al muchacho solo durante unos minutos. Cuando la joven salió de la habitación, Dominique estaba de espaldas a ella, observando la impresionante vista de la ciudad que se observaba desde el amplio ventanal.

–La vista desde la ventana es impresionante.

La muchacha estaba descalza y se había cambiado de ropa. Vestida con un pijama de raso color champagne se secaba el empapado pelo con una toalla azul de baño.

-Estás empapado…

Susurró Jazz casi como si temiese perturbar el sueño de algún niño. Se acercó al muchacho lentamente y comenzó a secarle con delicadeza el largo cabello con la toalla. Alzó la nívea mano y le retiró un mechón del empapado pelo de la frente.

-Deberías quitarte al menos la camiseta. –Dijo mientras sus manos, de forma delicada, casi inocente, cogían el borde de la citada prenda y la separaban del cuerpo de su dueño, dejándola abandonada, junto a la toalla, sobre el sofá- Subiré la calefacción, pero si sigues con esa ropa cogerás una pulmonía. Siento no tener nada aquí para que puedas cambiarte… ¿Quieres algo de beber? Así será más fácil que entres en calor.

Dominique J. Wagner - July 16, 2010 01:06 PM (GMT)
Mientras veía despedirse a la particular pareja no pudo evitar tener una sensación extraña ante aquel contraste. El maduro, arcaico, comedido y sumiso hombre y “padre” junto a la joven, moderna, despampanante y rebelde hija. Resultaban una combinación de lo más curiosa, propia de tener sus más y sus menos, como todas las familias, pero con el añadido de mantener ante todo, cierta apariencia ante el mundo que debía molestar al(a) otro(a).

Dominique escondió la sonrisa que ambos le producían cuando Jazz regresó a su lado y juntos se dirigieron a la puerta. Esta vez, el sonido de los tacones de la muchacha iban acompañados de los pasos firmes del joven. Ya por entonces empezó a hacerse a la idea de lo que podía ocurrir entre ambos aquella noche lluviosa, en parte, le resultó sencillo imaginarlo… ya que lo deseaba…

La figura de la mujer recortada a contraluz por los rayos no hizo más que confirmarle que se trataba de la madre de todos los demonios encarnada. Estaba preciosa.
A diferencia de Alex, en Jazz no apreciaba decadencia ninguna, sino todo lo contrario, una suerte de vanidad y orgullo natural por no negar lo que era evidente. Que era una Diosa y podía coger a cualquier hombre que quisiera con sólo chasquear los dedos.

Casi llegó a sentirse afortunado, más tarde, el “casi” desaparecería y luego…

Las palabras del hombre de Dios, a causa de haberse saltado todas las clases de catecismo, decidió interpretarla del único modo en que un hombre en esa situación podría interpretarlas. Le pareció que unas buenas dosis de cinismo eran el pan de cada día en aquella familia.

“Y yo quiero perderme esta noche Padre… que Dios me perdone.”
Pensó ignorando la advertencia.

Se dejó llevar hasta el coche lamentando no tener resguardada la moto, pero sin tiempo de dedicarle más pensamientos al compartir el cerrado y reducido espacio de los asientos delanteros con la pelirroja.

Se agitó los cabellos, esparciendo centenares de pequeñas gotas de agua con ello y acercó el rostro a la calefacción encendida profiriendo un leve gemido sin darse cuenta al sentir el aire caliente sobre su piel mojada.

- Supongo que era inevitable después de todo, tú también has quedado empapada.
Dijo con la sonrisa propia de un chiquillo despreocupado.

La música acalló hasta los truenos del exterior mientras Jazz conducía por las oscuras calles. Antes de comprender que estaba llevándolo a donde ella deseara, se percató de la destreza de la mujer al conducir a pesar del mal tiempo. No profirió queja alguna aunque los pensamientos sobre Samantha empezaron a aflorar de forma preocupante, empezando a hacerlo sentir culpable.

-One cold winter's night / I may follow her voice to the river / Leave me for now and forever. / Leave while you can...

– Somewere in time / when no vitues are left to defend / you fall in deeep…

Cantó junto a ella, contrastando con su masculina y gruesa voz, alzando una ceja al mirarla con la cabeza ladeada, con la sombra de una sonrisa en la mirada.

Sin entender en qué sentido iba a ser él el que iba a caer…

-Es muy difícil ¿Verdad? No saber si lo que ves es real, si está ahí o estuvo o si lo estás creando tú. Dime, Dominique. –
Aquello lo sorprendió pillándolo desprevenido. ¿Acaba de describir sus capacidades mutantes?

– Perdona, no se a qué te refieres…

Respondió de forma automática sin pensar, como cuando cualquiera insinuaba que fuese un mutante. Que durante un momento apartara la mirada lo delataba.

- ¿Qué ves cuando me miras a mi?

Quizás se lo había imaginado, quizás sólo quería llegar a ese punto, seguir con el juego de coqueteo… o puede que realmente quisiera que la “mirara”. Esto último fue lo que pretendió hacer Dominique, observándola fijamente mientras conducía, apreciando su bello rostro y delicada piel.
Permitió que sus ojos vieran más allá, aunque en ese momento, prefería seguir viéndola a ella. Trató de dar forma a las imágenes que se arremolinaban alrededor de Jazz, haciendo desaparecer el coche… llevándolo a través de su pasado personal… sin conseguirlo, aquella vez.

– Brumas y misterio… es lo que veo.
Dijo sin estar satisfecho aunque tratando de sonar acorde a la situación. Estaba poniéndose nervioso, y eso dificultaba que pudiese definir sus visiones. Normalmente, con tocarla hubiese sido más fácil, pero justo con Jazz el efecto contrario.
Cuando finalmente el coche se detuvo, Dominique pudo contemplar el gran y elegante edificio al que lo había traído. Una vez más, se dejó llevar sin ofrecer oposición ninguna ni quejarse, dejando que las cosas siguiesen fluyendo por su curso.
Prestó atención a la conversación con el anciano portero, comprendiendo que, seguramente, no era la primera vez que se llevaba a su casa.

Empezó a escuchar unos acordes familiares y recordar los ensayos con la banda, Alex susurraba a su mente:

“…estrategias del deseo…”

Ya en el ascensor la situación se estaba volviendo insoportable para él… bajo esas luces la encontraba completamente seductora y verse rodeado por sus múltiples imágenes reflejadas, le resultaba tremendamente morboso.
De haber tomado algunas copas y coqueteado un poco más con anterioridad, no se hubiese resistido a abalanzarse sobre ella con besos, recorriendo su cuerpo con sus manos…

En su lugar, se dedicaron sendas miradas que decían más que las palabras. Al menos por su parte, poco podía hacer para que no se reflejara en su rostro la admiración y el deseo que le despertaba. Se obligó a tensar brazos y manos para no morderse el labio mientras la contemplaba.

Al pasar al “modesto” apartamento, Dominique soltó un largo silbido sin pensar que podía parecer mal educado por su parte. Sonrió divertido al recordar cuantas veces había tenido que recurrir él en el pasado, a la cutre camioneta del grupo para conocer las mieles de sus amores.

Cuando Jazz desapareció de escena, él se quitó las botas y calcetines mojados y recorrió la habitación buscando fotos familiares, sentía curiosidad por otra faceta íntima de Jazz.
Sin embargo, sobrecogido por las vistas de la ciudad mientras caía aquel diluvio y los truenos relampagueaban, reflejándose contra las estructuras metálicas de los edificios más bajos, se quedó absorto ante el ventanal, llegando a sentir el frío de la calle al estar mojado.

–La vista desde la ventana es impresionante.
Se giró para ver a su anfitriona y corroborar sus palabras cuando la vio cambiada. En ese momento no se dio cuenta, pero estaba seguro de haber permanecido un instante con la boca abierta y haberla mirado discretamente de arriba abajo antes de proferir con cierta lascivia.

“…estrategias del deseo…”

– Sí, impresionante.

Cuando Jazz se acercó susurrante para secarle el cabello sintió que todo dentro de él temblaba durante un instante. Dejó de nuevo que ella llevara las riendas, sin poder aguantar mucho más aquel juego y calvario.
Se la quedó mirando a los ojos, de forma seria y tierna a la vez, mientras le dedicaba sus cuidados. Se encontraba un paso más cerca de lo que hubiese sido necesario…

Cuando habló de quitarse la camiseta, de algún modo, las manos de Dominique habían ido a parar suavemente sobre las caderas de Jazz.

Apreció el tacto de las manos de la mujer sobre su cuerpo al desprenderlo de la camiseta, haciendo que se le acelerara el corazón un poco más; Dominique se quedó desnudo de cintura para arriba frente a ella, sin el menor signo de incomodidad, continuando contemplándola sin decir nada.

Había pensado en seguirle el juego, en decirle también que estaba comprometido con otra persona, en librarse de la responsabilidad y que fuera ella la que diera el último paso a l perdición del chaval.
Pero no podía quedarse de brazos cruzados, no podía continuar impávido ante tanta sensualidad.

- Espera… Le dijo, sujetándola por la muñeca antes de que se apartara de su lado en busca del alcohol que ya no necesitaba. eres todo lo que necesito…
Su voz era profunda y queda, llena de deseo y anhelo. La miraba como si no hubiese nada más preciado en este mundo. Sin saberlo, la veneraba.

Sus palabras fueron seguidas de un acercamiento entre sus cuerpos, quedando el duro torso de Dominique pegado a la nívea y suave piel de Jazz mientras la besaba con pasión en los labios y la rodeaba con el otro por la cintura. Saboreó la boca de la joven recorriéndola como si le diese la vida, un largo rato, hasta sentir que necesitaba tomar de nuevo aire para respirar.

Al separarse, todavía la besó en los labios y el cuello sin soltarla. La miró a los ojos una vez más y acariciando su rostro con el dorso de sus dedos le susurró.

Te deseo…

La llevó consigo hasta el sofá, tumbándola sobre este y él yaciendo a su lado, con el cuerpo sobre ella sin que su peso la presionara. Volvió a besarla, con sus piernas entrelazadas, mustiando su nombre con ansia.
Besó su cuello, alternando pequeños mordiscos mientras descendía por su piel entre jadeos. Al llegar a la parte superior del pijama se detuvo, incorporándose un poco para subir sus manos por sus costados hasta la prenda.

Interrogándola con la mirada antes de volver a besarla y desprenderla de ella.

Jazael Janssen - August 8, 2010 09:38 AM (GMT)
Jazz se dio media vuelta dispuesta a alejarse de Dominique. Su mano se cerró de forma firme en torno a su muñeca. Ante el contacto, la mente del muchacho se abrió para ella como un libro abierto. Demasiadas emociones a flor de piel como para obviarlas.

De haber sido otra mujer se abría sonrojado ante lo que veía y no solo eso, se había sentido incomoda solo por el contacto con el muchacho y habría intentado romperlo. Si hubiese sido otra mujer con las nobles y sencillas intenciones que parecía tener ella.

Pero era Jazz.

Así que solo sonrió con triunfo. Había sido consciente en cada momento de la lucha interna del muchacho. Aunque él creyera que no, tenía demasiado presente a Sam y su moralidad como para que no afloraran en cada contacto. Cuando hiciese repaso de aquella noche se daría cuanta de cómo él solito se había metido en la boca del lobo.

Le gustaba jugar con fuego. Y no había juego más excitante que romper con sutiles y delicados golpes aquel muro de integridad, honradez y decencia que Dominique se había forjado y que tanto le costaba sostener. No había un placer mayor que ver como se desmoronaba, hecho añicos, ante sus encantos, a sus pies, para que ella pudiera disponer a su antojo de los pedazos.

Algo se sacudió en su interior cuando el joven la estrechó contra su cuerpo. La mano de Jazz se posó como si fuese una delicada mariposa sobre el pecho desnudo del muchacho, mirándole con deseo. La piel se le erizó de forma patente cuando la rodeó con su firme brazo.

Y llegó el beso.

Dejó que fuese él quien la besara, recibiendo sus labios como una droga. Cerrando los ojos, con delicadeza, mientras dejaba que el joven explorase su boca como pocos sabían hacerlo. A su mente llegaron un fogonazo de imágenes, muchas capaces de ruborizar al más canalla, que la tenían a ella como protagonista. Eso intensificó su deseo.

Quiso detenerse aún más en el beso cuando el joven se separó de ella, robándole aún un poco de calor a esos labios antes de que se deslizasen por su cuello. Un suave suspiró por su parte y un escalofrío que le sacudió la espina dorsal. La rodeaba con sus poderosos brazos y no la dejaba escapar. Sus manos simplemente se cerraban delicadas sobre su cuello.

Dominique la miró a los ojos. Los de ella brillaban de excitación, de pura lujuria. Como si fuese la verdadera Lilith, el deseo y la pasión eran su perdición y su condena. Cerró los ojos al recibir el suave y delicado contacto de los dedos de Dominique acariciando su mejilla, inclinando la cabeza en la dirección de su mano, como si llevase tiempo sin recibir una caricia.

Hizo caso omiso a las imágenes que, como disparos, llegaban a su mente.

-Te deseo…

Ella abrió los ojos y sonrió. Le encantaba el estilo del muchacho, tierno y apasionado. Le encantaba sentirse venerada, deseada. Su ego se henchía, tanto como su deseo, al sentir que estar con ella, para ellos, era un acto de comunión con algún Dios.

Se dejó llevar hasta el sofá. Dominique la llevaba con delicadeza, casi levantada del suelo. Ella caminaba, apenas con las puntas de los descalzos pies, de espaldas. Durante el breve trayecto, que se le hizo eterno, recorrió el mentón del joven con sus labios, combinando la presión de sus labios con delicados mordiscos.

-Te deseo…

Apenas fue consciente de que ya estaba tumbada en el sofá hasta que sintió el cuerpo de Dominique a su lado. Las imágenes reales de la habitación se fundían y mezclaban con las de la mente de su compañero, viviendo cada escena dos veces, a través de sus sentidos y con las fuerza de los de él. Sintiendo ella por los dos.

Entrelazó con él las piernas, como si temiese que pudiera escapar. La suave presión de su cuerpo y el calor que desprendía la hacía sentirse segura. Lo suficientemente a salvo para poder mostrarse frágil, para no tener que seguir aparentando. Se dejó besar, nada le apetecía más que cerrar los ojos y dejarse a cada sensación que el cuerpo de Dominique le pudiese despertar.

Le excitaba sentir sus labios sobre su cuello. Al primer mordisco emitió un gemido ahogado acompañado de una tenue risa. La mano derecha se entrelazó con su cabello húmedo, presionando ligeramente la cabeza de Dominique para intensificar el contacto. La izquierda, a su costado, se crispaba hundiendo las uñas en la fina piel del sofá.

Su nombre, entre jadeos, resonaba en sus oídos y en el interior de su mente. Los labios de Dominique continuaron el descenso por la geografía de su cuerpo, llegando a la sensible zona del pecho. Se separó de ella al incorporarse. Jazz sintió que se ahogaba, pareciéndole un abismo la distancia que la separaba de su boca.

Otro escalofrío.

Las manos de Dominique acariciaban su piel, subiendo desde las piernas hasta su costado, erizándola a su paso. Ella soltó otro pequeño gemido, cerrando los ojos y disfrutando de aquel agradable cosquilleo. Dominique pidió permiso con la mirada para quitar la prenda que ella estaba deseando arrancarse ya, sintiéndola un muro infranqueable entre ella y la dura piel que tanto deseaba.

Sus labios volvieron a unirse y esta vez fue ella la que bebió de ellos con ansia, recorriendo con la lengua sus labios, el interior de su boca, bajo la lengua del muchacho. Entrelazándose ambas compañeras como un preámbulo a como iban a entrelazarse sus cuerpos.

Las manos del joven la liberaron de la asfixia de la delicada y exquisita prenda de raso. Deseaba sentir sus manos anchas recorriendo sin trabas su cuerpo.

Llevó las manos a la espalda del muchacho. Una se detuvo bajo su espalda, con una suave presión en el trasero del francés. La otra comenzó a ascender, recorriendo su eje hasta llegar a la nuca, donde enredó de nuevo los dedos al cabello. Sentía la piel pegarse al sofá, perlada como estaba ya de sudor, y también el resbalar de un cuerpo contra el otro.

Dobló las piernas, alojando entre ellas la cadera de Dominique. La presionó suavemente con las rodillas. Arqueó la espalda, uniendo su torso desnudo al de Dominique y haciendo coincidir sus sexos a través de la ropa, como si no pudiese esperar a haberse desnudado por completo. Con las manos se aferraba a su cuerpo, impidiendo que su espalda diese contra el sofá.

Hundió la cara en su cuello, donde combinó suaves –y no tan suaves- mordiscos con húmedos besos. Acariciaba su piel con la lengua, bebiendo del sudor que la perlaba sin importarle lo más mínimo. Ahora era ella la que musitaba su nombre como si no hubiese nada más en el mundo.

Se detuvo, con la cabeza enterrada en su cuerpo, sin deshacer el abrazo que la aferraba a él y cerró los ojos, con la frente apoyada en su pecho. Dejó que la inundaran los sentimientos y sensaciones de Dominique, regodeándose en ellos y bebiendo de ellos como si fuesen el aire que respiraba. Soltó un breve suspiro y se apoyó delicadamente en el sofá.

Cuando abrió los ojos los tenía inundados en lágrimas y dos lágrimas furtivas resbalaron por sus mejillas. Hacía mucho que no se sentía de ese modo, querida y deseada. Aquella sensación era nueva, aquella que la hacía sentirse mucho más que un objeto, que la hacía sentirse una criatura digna de adoración, y no un exquisito premio que se codiciaba poseer.

Aquello la extasiaba más que la más fuerte de la drogas y le conmovía leer en la mente del joven más de lo que jamás podría admitir. Lamentando que aquella paz fuera a ser algo tan efímero.

Su voz sonó quebrada y se mezcló con una risa entrecortada al susurrar<.

-Estrategias del deseo…

Poco a poco se fue incorporando. Mantuvo la unión con el muchacho a través de sus labios, que no podía dejar de besar. Ambos quedaron sentados, con las piernas entrelazadas y los cuerpos unidos, pretendiendo fusionar las pieles. Con la mano izquierda sobre la parte baja de su espalda, estrechaba el cuerpo de Dominique contra el suyo. La mano derecha la introdujo entre los dos cuerpos, en la zona más cálida entre ellos, descendiendo pegada a su trabajado abdomen.

Soltó sin preámbulo el botón de los vaqueros, mirando a Dominique mientras lo hacía, con el deseo pintado en las pupilas y las lágrimas aún mezclándose con el sudor de su piel. Parecía retarle con la mirada cuando introdujo la mano en el interior de los vaqueros, presionando con delicadeza lo que allí pudo encontrar, haciéndolo suyo sin importarle el calor o la humedad.

Dominique J. Wagner - August 22, 2010 09:38 PM (GMT)
Se podría decir que Dominique se enamoró de su piel antes que ninguna otra parte del cuerpo de Jazz. Suave e inmaculada, apenas manchada por el sol con algunas pecas que estaba dispuesto a encontrar, una a una.

El placer de recorrer su cuerpo con los suaves besos se complementaba con el disfrute de embriagarse con su aroma. Con cada respiración, con cada jadeo a escasos centímetros de su piel, respiraba la aterciopelada y dulzona fragancia de mujer. Sentía a Jazz dándole la vida cada vez que se llenaban sus pulmones.
Un olor tan natural como excitante, ahora, tan necesario para él como él mismo aire. Cada vez que las caricias de sus cuerpos los separaban resultaba un suplicio que tan sólo alimentaba las ansias por fundirse con Jazz, de llenarse con ella y a la vez, de ser su único sustento.

- Te deseo.
Sus palabras en aquel susurro atestiguaron lo que sus acciones y cuerpo ya indicaban a Dominique, quién lo recorría con labios y manos, besos y caricias fascinado. Venerando la sensualidad de Jazz como lo haría con una Diosa. Ofreciendo sus mimos cual dulces plegarias, su cuerpo como postrero sacrificio.

Sus piernas entrelazadas mientras yacían en el sofá mostraban la voluntad de ambos de estar unidos más allá de las carantoñas que se dedicaban. Dominique no deseaba otra cosa que esas piernas lo ataran contra el cuerpo de la pelirroja.
Cada vez, y, a pesar de los remordimientos iniciales, le resultaba más sencillo ignorar a su conciencia y a la mujer que lo esperaba preocupada en casa. Jazz eclipsaba todo lo demás.

- Jazz… Jazz…
La llamaba, como si temiera que de un sueño o ilusión se tratase y en un instante despareciera sin previo aviso de entre sus brazos.
A cada instante, los gustos y sensibilidades de los recién conocidos se iban desvelando a través del lenguaje secreto de quedos gemidos y anhelantes jadeos que sólo conocen los amantes. Tanto por dentro como por fuera el muchacho sonrió al comprobar con agrado como su pareja lo animaba a imprimir más pasión en sus acciones.
Solícito, sonrojó la nívea piel de Jazz con sus mordiscos, no por ello careciendo de ternura pues el abrazo con el que la rodeaba pretendía trasmitirle todo el cariño y cuidado que le profesaba en ese instante.

Él mismo esperaba con avidez que Jazz correspondiera su pasión del mismo modo, pero se trataba a su vez, de una espera grata por la delicia que suponía poder dedicar cuerpo (y para que negarlo, alma) en hacerla gozar.
Un escalofrío, semejante a una corriente eléctrica recorrió el espinazo del chico al sentir la femenina mano bajando por su espalda hasta atrapar con ella su trasero, arrancándole sin apenas atreverse a separar sus labios de Jazz, un gemido de sorpresa y agrado.
Se excitó aún más al notar como los finos dedos se entrelazaban con sus cabellos, disfrutando de aquella sensación.

Fue entonces cuando las barreras de autocontrol que había creado con la experiencia de los años empezaron a desquebrajarse y derruirse, como siempre ocurría con sus poderes al mantener relaciones sexuales. Su mente no podía estar pendiente de mantener aquellas barricadas y de Jazz a la vez.
Mucho menos cuando quedaron sentados frente a frente, con sus cuerpos entre las piernas abiertas del otro, pegando su desnudez y lamentando la ropa de la parte inferior.

Dominique dejó su cuello a merced de la mujer, echando la cabeza hacia atrás mientras lo besaba y mordisqueaba, robándole pequeños gemidos de dolor y placer.
Aquellos juegos lo estaban torturando y ya en su pecho se notaba la respiración agitada contra el de la pelirroja.

Y sin embargo, a pesar de la excitación, cuando abrazados aún, reposó la cabeza contra su torso con los ojos cerrados, logró despertar su ternura, estrechándola contra sí con una mano protectora sobre su cabeza, dedicándole besos casi paternales.
Tuvo la sensación en ese momento, de que Jazz se parecía a alguna de las chicas con las que había estado. No sabía muy bien por qué, si era a causa de su indiferencia y calma hacia lo que lo rodeaba o su sencilla aceptación de la gente, pero, fuese lo que fuese, sabía que él atraía a ciertas mujeres que eran capaces de ver en él, alguien que las aceptaba con sus miedos y debilidades y que nunca pretendería hacerles daño.

Cuando la vio llorar en silencio no pudo evitar pensar que estaba preciosa, aunque incluso a él mismo le pareciera contradictorio. Sosteniendo su rostro con suavidad se acercó para tomar sus lágrimas en dos besos, llevando a sus labios un tercero.

- Mi vida…
Le susurró cariñosamente con los ojos cerrados. Tenía tanto que decirle en ese momento y tan pocas palabras.
Inevitablemente acudió a su mente parte de una canción muy especial.

¿Cuándo vas a venir?
Tengo una prisa por jugar a nada,
por decirte: "mi vida"
y que los truenos nos humillen
y las naranjas palidezcan en tu mano.
Tengo unas ganas locas de mirarte al fondo
y hallar velos
y humo,
que, al fin, parece en llama.


Y mientras seguía protegiéndola de todo mal, a su espalda los velos y el humo volvieron a la visión de Dominique como un fantasma de su pasado. Contempló sin poder evitarlo la escena que las emociones y las lágrimas de Jazz le trasmitían.
Podía verla despedirse de un hombre de ojos azules y aspecto abatido, desgastado por algún tipo de sufrimiento; le pedía que cuidara de alguien como si él nunca más pudiera hacerse cargo. Ella lloraba. La besó en la frente y ella lo besó en los labios.
No era un “Hasta luego”, realmente era un “Adiós”.

Comprendió que, como la mayoría de la gente, Jazz había perdido a alguien muy querido; quizás alguien, que había estado buscando desde entonces en otros hombres y lechos. No la juzgó por ello puesto que le pareció la cosa más natural del mundo. La volvió a besar.

-Estrategias del deseo…

Por segunda vez, fue como si leyera sus pensamientos, como si fuera por delante de sus sentimientos más secretos. Tener por madre a alguien que era capaz de ver el futuro hacía que uno dejase de creer en las casualidades.
Los besos silenciaron las preguntas que tenía sobre Jazz y su mano, bajando por el trabajado abdomen de Dominique las hicieron desaparecer por completo. Deslizó las manos por los costados de la mujer para terminar como ella, tomando su trasero, asiéndola hacia sí, no soportando permanecer separados por más tiempo.

La ágil mano desabrochó el molesto pantalón, introduciéndose en él hasta encontrar la excitación de Dominique a medio despertar. Él se dejó hacer gimiendo ante su contacto, devolviéndole una mirada de lujuria a sabiendas de que no iba a defraudarle su contenido.
No pudo resistirse a comenzar a mover la cadera en un lento vaivén. Sus manos aprovecharon la escasa separación entre sus cuerpos para tomar los pechos de Jazz amasándolos con premura y firmeza sin dejar de contemplar sus preciosos ojos, volviendo a sentir el deseo irrefrenable de besarla.

Jazael Janssen - November 23, 2010 09:57 AM (GMT)
Los besos de Dominique en su mejilla recogiendo las lágrimas que apuñalaban su piel se le antojaron la más cruel de las torturas. Bebió con avidez de sus labios con sabor a sal, reconociendo en sus gestos tiernos, en su abrazo paternal y en sus castos besos el rostro de otro hombre.

El aire se le congeló en el pecho y lo exhaló con un hondo y roto suspiro cuando, en su mente, se formó por culpa del don del francés, nítido y transparente, el rostro marmóreo de Richard despidiéndose de ella. Apretó los ojos con fuerza, deseando que aquella imagen desapareciera, que se borrara de su mente.

Inconscientemente, las uñas de Jazz se clavaron en la espalda de Dominique

Las manos de Dominique se cerraron en torno a sus pechos. Cerró los ojos disfrutando las suaves caricias. Sentía el vaivén de la cadera del francés contra la suya, el calor brotando de lo más hondo de su cuerpo. Su mano, en el interior de los pantalones del joven, le retribuía del mismo modo.

Era tan fácil imaginar que era otro hombre el que la estaba tocando, que eran otras manos las que recorrían su piel…

Acarició con dulzura el rostro moreno de Dominique, sintiendo que, bajo sus dedos, la piel del francés se tornaba pálida. Enredó los dedos en sus cabellos húmedos, imaginado que el cabello que tocaba era rubio como el oro. Creía percibir el exquisito acento inglés pronunciando con ansia su nombre, y los glaciares ojos claros mirándola con deseo.

“Seguro que eres tan idiota que aún le quieres…”

Jazz abrió los ojos de golpe, y detuvo durante unos segundos los besos y las caricias. Miraba a Dominique como si fuera la primera vez que podía verlo con nitidez, como si reconociera por vez primera su rostro. Los ojos de Dominique estaban clavados en los suyos, contemplándola como si fuese lo más hermoso que había visto en su vida.

Hubiese llorado de nuevo pero, en lugar de ello, le cogió el rostro con fuerza, acercó a él sus labios y lo besó con violencia, con rabia, con furia. Un beso corto, directo, intenso. Apenas hubo contacto entre sus lenguas, los labios imprimieron en el gesto la suficiente pasión.

Separó de él su rostro y sonrió de forma indescifrable. Cuando Dominique se inclinó para besarla, una delicada y fina mano detuvo el acercamiento posándose firme sobre su pecho. Empujó el cuerpo del joven hasta hacerlo quedar tumbado sobre el sofá, con ella sobre sus caderas.

La joven se inclinó sobre el cuerpo de Dominique, posando con gracia sus labios en el hueco que hay detrás de su oído. Apartándole el pelo del cuello, se permitió juguetear con el lóbulo de la oreja durante varios segundos, humedeciéndolo con la lengua y presionándolo ligeramente entre sus labios.

La siguiente parada fue el hueco bajo la garganta, entre las clavículas. Continuó su descenso por el pecho, deteniéndose en bordear sus pezones con la punta de la lengua. Más abajo, llegó el turno de un mordisco juguetón junto al ombligo y, de nuevo, su boca siguiendo el camino que trazaba la línea de oscuro vello que se perdía bajo los pantalones desabrochados.

Agarró la cintura del pantalón y, con ayuda del propio Dominique, se los quitó del cuerpo. Sin mucho reparo, los dejó caer al suelo antes de volver a incorporarse sobre Dominique, acercar a él su rostro y volver a fundir con él sus labios, ya hinchados y enrojecidos por los besos.

-Ayúdame a olvidarlo todo. –Le susurró en una súplica ahogada.

Dominique J. Wagner - December 13, 2010 12:23 PM (GMT)
La piel sonrojada por las uñas se Jazz atestiguaban en el cuerpo de Dominique las tribulaciones internas de la pelirroja. Podía sospechar el origen de tal estado mientras saboreaba sus lágrimas saladas.

Más que eso.

Los recuerdos de Jazz se perfilaban en la mente del francés aún con los ojos cerrados y junto a ellos, sus fantasías y anhelos frustrados. Era algo terrible que en ocasiones pasaba cuando la otra persona se entregaba. Conocer el rostro de su verdadero amante, del hombre que él vanamente trataba de sustituir en ese momento. En el peor de los casos, el verdadero amor de su vida.
Era imposible terminar acostumbrándose a eso. Obviar los sentimientos desagradables que esas escenas le producían. Pero si casi había llegado a aceptarlo con Samy… ¿cómo no hacerlo con aquella mujer? La diosa que era capaz de seducirlo y condenarlo con una mirada, una sonrisa, un gesto…

“Todos tenemos nuestro esqueletos en los armarios”. Se repetía en ocasiones. Él quisiera o no, terminaba por descubrirlos y por encima del rechazo o reproche, finalmente había triunfado un fuerte sentimiento de ternura al conocer la vulnerabilidad más íntima de las personas. Donde otros morirían de celos, Dominique había aprendido a contemplar la belleza de la autenticidad de esas mujeres.

Y sabía cómo hacerles olvidar, aunque tan sólo fuese por un instante. Cuando ella lo miró con esa intensidad intuyó lo que quería, y cuando lo besó con fuerza, con tanta pasión como rabia, supo que era lo que le estaba pidiendo a gritos.
”Está bien… esta noche seré tu amante. Los dos necesitamos olvidar y yo lo que más deseo es ser tu refugio.”

Cuando trató de devolverle el beso lo detuvo con su mano y una sonrisa que aparte de lasciva se le antojo… ¿triunfante?
Por el momento, Jazz se dedicó a arrancándole gemidos con las caricias que le dedicaba, con sus besos recorriendo su cuerpo bien definido. Dejo que jugara con su cuerpo, que se apropiara de él y lo marcara si ese fuese su deseo.
Era sumamente excitante sentir su cálida lengua recorriéndolo, sus suaves muslos aprisionando la cadera de él, las manos femeninas desabrochando por fin la prenda de ropa que tanto les estorbaba a ambos.
-Ayúdame a olvidarlo todo. –Le susurró en una súplica ahogada.

Sin ser consciente negó con la cabeza, no podía consentir ni un instante más que padeciera ese ángel de mirada desolada. Tan frágil, tan bello, y por alguna razón que se le escapaba… tan terrible.

La besó con ansia, como si ella fuese un oasis en medio del desierto, quería beber de ella, llenarse y saciarse de mirada y su cuerpo, de sus súplicas y miedos, hacerlos suyos para que no sufriera en ningún otro momento. Esa noche se ofrecía como siervo a Yahvé.

Mientras sus labios recorrían el cuello de Jazz depositando tanto besos como bocados una de sus manos se introdujo entre las piernas de la muchacha, buscando el punto de su mayor sensibilidad. Entre la húmeda calidez, masajeó con la yema de sus dedos primero bordeándolo y luego con lentitud, buscando en la mirada de la mujer algún gesto de agrado.
Aunque la excitación de Dominique se estaba convirtiendo en una dolorosa firmeza, quería realmente esa noche hacerle el amor. Entregarse en cuerpo y alma a esa mujer que a pesar de acabarla de conocer, tenía la certeza de merecerse eso y mucho más. Al menos, durante un breve instante, quería que lo viera como su único y verdadero amante.

Descendió el rostro del chico por su pecho y vientre, como lo hiciera ella con anterioridad. No dejaba en ningún momento de dedicarle caricias con la mano que mantenía en su intimidad, ni de querer cuidarla, pues colocó el otro brazo en su espalda para tumbarla con suavidad.
Sin separarse un solo momento del dulce sabor de su piel llevó sus labios donde antes posara la mano, esta vez, sin solicitar permiso alguno pues no hubiese sabido detenerse aunque se lo pidiera.

“Este es un amor
de nadie;
lo encontramos perdido,
náufrago,
en la calle.
Entre tú y yo lo recogimos para ampararlo.
Por eso, cuando nos mordemos,
de noche,
tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola.
Pero no importa,
bésame,
otra vez y otra vez
para encontrarme.”


Con una mano deslizándose sobre su vientre y la otra aferrada a la cadera de la muchacha se dedicó a colmar de profundos y húmedos besos aquella parte de su cuerpo, ejerciendo presión con sus labios, succionando a ratos…
A pesar de la avasallada dedicación que le prestaba, el corazón y respiración de Dominique aparentaban querer reventar su agitado pecho.

Pero poco importaba, tan sólo existía la felicidad y el placer de Jazz, su Lilith. Y lograr que desaparecieran todos sus fantasmas.

Jazael Janssen - June 23, 2011 09:17 AM (GMT)
Jazz arqueó la espalda emitiendo un quedo gemido de placer cuando Dominique comenzó a acariciarla de aquella forma tan íntima, tan privada. Con cada roce de sus dedos, un intenso escalofrío le recorría la espalda y se extendía por cada centímetro de su cuerpo, haciéndole crispar los dedos.

Sus labios acariciaban su cuello. Jazz llevó una mano a la nuca del joven y enredó sus dedos en sus húmedos cabellos. Presionó con suavidad el rostro de su amante contra su piel mientras, con los ojos cerrados, inclinaba la cara junto a la del francés, haciendo coincidir la piel de sus mejillas.

Dominique se enderezó, y ella le sostuvo la mirada, con ansia, con soberbia, mientras mordía su labio inferior en un intento de contener todas las emociones que se agolpaban en su pecho y que amenazaban con desbordarse de su interior en forma de gemidos.

Ganó él aquel pulso mudo en el momento en que profundizó en sus caricias y le arrancó nuevos gemidos. Ella, como algo automático, cerró los ojos. Con la mano de Dominique a su espalda, se dejó llevar, tumbándose completamente sobre aquel sofá, sintiendo sobre su cuerpo la cálida presión del cuerpo del muchacho.

No abrió los ojos ni aún cuando su rostro comenzó el descenso por su cuerpo. Con una mano se aferraba a la fina tapicería del sofá, la otra, en el cuello de Dominique, se enredaba y desenredaba en sus largos cabellos, o hundía las uñas en sus espalda con cada nuevo espasmo que el placer le provocaba.

Dominique era sus ojos y todos sus sentidos. El contacto entre sus pieles era tal y tan pleno, que la mente de Dominique ya no tenía secretos para ella. Se abría ante la pelirroja con la misma claridad que la suya propia, permitiéndole bucear en sus recovecos, en todos sus recuerdos, en sus anhelos y en sus deseos privados, descubriendo cosas que tal vez ni el mismo se conocía.

La unión entre los jóvenes era total y plena. Mucho más fuerte que el simple pulso entre sus cuerpos, mucho más intensa. Se estaban desnudando el uno al otro de un modo que nadie más podría hacerlo jamás. Estaban compartiendo una intimidad mucho mayor que la de ser amantes.

Aquella noche jamás la olvidarían.

La mano de Dominique cesó en las caricias, apoyándose en su cadera. La ruptura del contacto oprimió el pecho de Jazz, que ansiaba más. Los segundos se hicieron eternos hasta que fueron los labios de Dominique y sus profundos y húmedos besos los que continuaron la obra que el francés había comenzado.

No hubiese sido capaz de detenerle.

Cerró los ojos de nuevo, mientras su cuerpo se sacudía por los espasmos de placer que se extendían como telarañas eléctricas desde aquel punto donde se concentraba todo el calor y la humedad hasta cada apéndice de su cuerpo, por alejado que estuviera.

Sentía que le faltaba el aire, y así lo evidenciaba el subir y bajar frenético de su pecho, sin orden ni compás, entremezclando quedos gemidos y jadeos. Sentía humedad en el ambiente, sin tener muy claro si era efecto de la bochornosa tormenta o producto de ambos cuerpos enredados.

Ajústate…

…a mi cintura.

vuelve…

sé mi animal…

Muéveme…


Pronunció jadeante, con la voz entrecortada, susurrante y ahogada. Quería gritar, porque era el único modo que en ese instante le parecía coherente de expresar lo que estaba sintiendo, no quería que se detuviera por nada del mundo y él parecía no estar dispuesto a hacerlo.

Destilaré…

…la vida que me sobra.


Y quería que la hiciera suya, como mejor le pareciera, sin negarle nada, envolviéndola por completo en una pasión desbordante, imparable y completamente irracional.

Dormiremos como homicidas que se salvan…

…atados por una flor incomparable.


Su cuerpo entero temblaba violentamente, sus labios mezclaban palabras incoherentes en francés, en inglés, en un idioma tal vez desconocido, completando y dando forma a lo que la mente de Dominique, y no la suya, engendraba en aquel instante.

Vuelve…

Vuelve…

Atraviésame a rayos.


Ella no era capaz de pensar en nada mientras su cuerpo entero se estremecía ante aquella boca que era en ese momento tan suya pero que a la vez tan completamente ajena.

Ven con tu nuca de infiel…

…con tu pedrada.


Sus manos acariciaban la piel de la espalda del joven, sus hombros y su nuca, descubriéndola cálida, casi en llamas bajo sus dedos. En aquella noche tendría que recuperar el tiempo perdido de los años sin haberle conocido. Debía conocer cada detalle de su piel, cada señal escondida, cada peca.

Júrame que no estoy muerta.

Los familiares espasmos eléctricos le recorrían las rodillas, el espinazo, los dedos, el cuello. Un intenso hormigueo la hacía contorsionarse bajo el cuerpo de Dominique, que no daba ni un segundo de tregua entre sus pieles. Parecía primeriza, como si en cada gesto descubriera el placer por vez primera no podía sino cerrar los ojos y dejarse hacer…

….disfrutar.

Llegó al límite, se deshizo ahí mismo, sin importarle ninguna otra cosa más que estallar en aquellas olas imparables de placer, clavó sus uñas en la espalda de Dominique, sentía que iba a morir en ese instante. La respiración acelerada, los gemidos cada vez más audibles y sonoros.

Te prometo, amor mío…

La tormenta precediendo la calma.

…la manzana.

Dominique J. Wagner - August 2, 2011 05:20 PM (GMT)
A pesar de la tenue y difuminada luz, el níveo cuerpo de Jazz contra el oscuro sofá resplandecía misterioso y sensual cada vez que un rayo iluminaba la estancia a través de la ventana. Era en esos momentos en los que sin dejar de dedicarle sus amorosos cuidados, levantaba la mirada para contemplar el rostro de la mujer, radiante, invadido por el placer. Era preciosa, perfecta en cada centímetro de su cuerpo que había ido descubriendo y acariciando como si a través de su piel le llegara la vida.

Luego, cerraba los ojos para retenerlo en su memoria cuando por las noches, regresara a la fría compañía de Samantha tras una discusión. Entonces podría rememorar secretamente las sensaciones que la pelirroja despertaba dentro de él, recordaría su olor y gemidos, las uñas clavarse en la espalda y los tirones de pelo cuando daba con algún punto especialmente sensible de su amante. Las reacciones del cuerpo de Jazz mientras él le dedicaba íntimos besos con los ojos cerrados lo espoleaban a seguir sin darle tregua para el descanso, de hacerlo suponía que nunca se lo perdonaría.
En su placer estaba la recompensa de Dominique, las alabanzas del devoto a su Diosa. Había llegado al punto en que no le importaba sacrificarse por y para ella en esta noche de tormenta y deseo. Quería conocer su cuerpo hasta el punto de saber donde y cuando hacerla explotar de placer.

Jazz una vez más demostró que la mente del muchacho era como un libro abierto para ella y finalmente se dejó llevar complació de poder ser él mismo con otra mutante, no quería guardarse nada en su interior. Dejó que la presencia de la mujer lo inundara hasta el último recoveco de su mente, ¿por qué no hacerlo si ella podía? Anhelaba compartir ese aspecto de su vida con alguien que no le temiera a las consecuencias de ser mutante, que no se sintiera paralizada por el odio del resto del mundo. Sin saberlo, había encontrado en Jazz toda la mujer que no era Samantha, o eso pensaría más adelante al ir conociéndola.

De momento, su cuerpo le pedía que rompiera cualquier límite que lo separara de su Lilith, quería fundirse en ella en carne como ya lo hacían en mente. Sumergirse en su la luz de su rostro. Era una separación dolorosa y cruel que no podría soportar por mucho más tiempo.
Gracias a Dios ella se lo pedía entre jadeos entrecortados y sugerentes. Por un momento la odio por ser tan terriblemente sensual y no poder resistírsele. La miró de una forma tan voraz que sentiría completamente el deseo de sus ojos aunque no pudiese leer sus pensamientos. Ascendió por el cuerpo de Jazz buscando desesperado sus labios, dejando que sus cuerpos se rozaran hasta encajar como si estuviese hecho el uno para el otro.
No dejó de acariciar su cuerpo para hacer aumentar sus placeres, dándole finalmente lo que deseaba, cambio la calma y dedicación por una pasión posesiva y salvaje. No iba a dejarla a merced del placer pasado tan pronto, no iba a dejarla sola. Le había prometido hacerle olvidar todo en esa noche y aunque llegó al clímax estaba dispuesto a que no fuera el único. Seguía dispuesto a entregarse aunque no fuese del mismo modo. Lo que para algunos entraba en las desventajas de ser un hombre, para él con Jazz, tan sólo sería alternar la pasión con la dulzura y dedicación.

- Mi Eva… mi Lilith.
Le mustiaba entre gemidos mientras sus movimientos se hacían más profundos y rápidos. En ese momento representaba su Cielo y su Condena, sabía que estaba cayendo en unas redes de las que tal vez no regresara.

Sabía que estaba perdido desde el momento en que el placer empezó a ser mutuo cada vez con mayor intensidad. La calidez de Jazz era una delicia, Dominique se echaba sobre ella con ímpetu haciendo que una de las piernas de la muchacha quedara envolviendo su cintura mientras se movía en un placentero vaivén sin romper su contacto. Quería sentirse atrapado por ella, no sólo que lo recibiera sino que lo hiciera suyo porque en realidad ya le pertenecía.
El movimiento de los cuerpos, rápido y rabioso era lo único que rompía los besos que Dominique depositaba en los labios de la mujer y cada parte de su piel que pudiese alcanzar. El placer que sentía en ocasiones lo hacía retorcerse y marcar con los dientes allí donde su boca se había posado sin llegar a dañar en exceso su suave piel.

Pronto a la humedad de sus cabellos y cuerpo por la lluvia se unió una fina capa de sudor que se deslizaba por su cuerpo. En sus gemidos se entremezclaba el nombre de Jazz, no cesaba en su empeño de llenar el vacío que habían dejado en ella otros hombres. Los hubiese maldecido en silencio sin importarle que la pelirroja leyera su mente, pero en ella sólo existía Jazz en ese momento.
Reprimió la necesidad de dejarse llevar por el placer que se extendía por su cuerpo con tal de alargar el que pudiera sentir ella. Esa noche se redimirían a través de sus cuerpos de todos sus tormentos, y había mucho que redimir.





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