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 Juntos, Pero No Revueltos, [Alberich/Siegfried/Syd/Bud/??ki]
Mizar
  Posted: Feb 18 2006, 11:06 AM


ADMIN - Caballero Mizar Zeta


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Capítulo 1 – Desespero.

– ¡Lo Odio! ¡LO ODIO! – Levantaba las manos, exasperado, Siegfried de Dubhe Alpha, siendo seguido por su mejor amigo Syd de Mizar Zeta.
– Bueno, decídete. ¿Lo odias o lo amas? – Preguntó el otro mientras revisaba sus manos y se sacudía el exceso de nieve que tenía entre sus dedos.
Acababan de regresar de una práctica en los exteriores del Palacio, en la cual todos los dioses guerreros tuvieron que participar. Pero una vez más, Siegfried acabó siendo la comidilla de Alberich con sus ocurrentes comentarios.
– Es que... ¡NO PUEDE SER! Cada vez que de alguna manera intento demostrarle lo que siento, me rebate con algún comentario que me hace enojar. – Se dejó caer en una de las sillas del salón principal del Palacio que por el momento se hallaba solitario. – ¿Cómo demostrarle que me hace sentir vivo cuando está cerca? – Ocultó su rostro entre sus manos y luego deslizó su cara hasta que sus ojos asomaron entre sus dedos.
Para ese momento, Syd ya se había acomodado en la silla de enfrente y lo miraba con paciencia y serenidad.
– Quizás no lo estás haciendo de la manera correcta. – Agregó cuando los ojos de Siegfried se posaron en los suyos. – Puede que necesites ser más agresivo con tus intentos. Ser un poco más... posesivo.
Siegfried abrió más los ojos como si fuera una revelación y luego volvió a dejar caer los hombros tirándose sobre la mesa que los separaba.
– No puedo ser agresivo. Sería... lastimarlo... no sé. – Volvió a apoyarse en la mesa con ambos brazos y Syd se rascó la frente por unos segundos.
– No me refería a que lo golpearas, si no que fueras un poco más... atrevido. – Explicó haciendo ademanes con las manos, abriéndolas y cerrándolas para reforzar sus palabras.
– Si, quizás tengas razón. – Bajó la mirada un momento, viendo los detalles de la mesa de madera tallada, guardando silencio por unos minutos.
– Tú me conoces, Syd. Hemos sido amigos desde que éramos pequeños y has sabido siempre que soy arrojado en las batallas pero que soy un pelele en cuestiones de sentimentalismos. Esto me causa... cierta tortura. ¿Tú nunca has sentido eso? El que te sientas desesperado, porque las cosas con la persona a la que amas, no salen como tú quisieras. Por que sufres al ver como te maltrata sin tentarse el corazón. Sin darse cuenta de que te humilla y te coloca en una situación muy difícil. Te rompe el corazón y no se apiada de ti... – Siegfried hablaba sin mirar a Syd, metiendo su uña en las ranuras de la madera y arrancando astillas con los dedos.
Syd tan sólo lo miró fijamente como si recordara algo y cuando Siegfried enfrentó su mirada, Syd tan sólo sonrió con pocas ganas.
– No, nunca he estado en una situación así – Contestó manteniendo ahora una sonrisa fingida. Sin embargo, Siegfried no le tomó importancia al gesto de Syd, por lo que se levantó, se rascó la cabeza y caminó hasta salir del salón.
Syd suspiró mientras lo veía alejarse. Minutos después, Syd salió del salón, dejando el lugar solitario, una vez más.

Los siguientes días, ocurrieron situaciones iguales. Siegfried intentaba acercarse a Alberich y este lo alejaba con comentarios ofensivos, bien resueltos y disimulados. Los comentarios podrían tomarse como ofensa, pero igual podían ser inofensivos. A eso, Siegfried no tenía defensa, pues Alberich le era demasiado, filoso al respecto. Syd tan sólo miraba desde lo lejos, analizando la situación y notaba el poco avance que Siegfried había logrado.
Pero el día de hoy, sucedió algo que nadie se esperaba.
Alberich se encontraba en la biblioteca del Palacio, sólo, leyendo como siempre. Poco le interesaban las actividades físicas y del Palacio. A él, sólo le interesaba cultivar su intelecto y su arrogancia.
Siegfried había estado siguiéndolo todo el día, buscando la oportunidad de encontrarlo solo, y fue justamente en este lugar dónde decidió actuar al fin.
Caminó seguro, entrando a la biblioteca, notando como Alberich ni siquiera se dignaba a mirarlo. Parecía sumido en su lectura sin notar su presencia.
Pasó entre los enormes libreros antiguos, como buscando un libro que no encontraba, acercándose a cada paso hacia él.
Lo miraba de reojo para saber si de alguna manera, Alberich lo miraba, pero su maldito flequillo no dejaba ver si, efectivamente, lo hacía.
Tanteaba los lomos de los libros con los dedos, buscando, buscando y finalmente, caminó hacia Megrez.
Tomó el libro que Alberich leía y empezó a ojearlo. Había decidido tomar el consejo de Syd y ser más atrevido.
– Es el libro que andaba buscando... Qué casualidad. – Alberich tan solo se quedó inmóvil sin siquiera voltear a verlo. Al darse cuenta de esto, Siegfried tomó asiento junto a él y dejó el libro detrás de su brazo. Si Alberich intentaba agarrar el libro, tendría que pasar sobre él. Ni siquiera lo miró, aún habiéndose sentado a un lado de él. Pero notó como los dedos de Alberich empezaban a chasquearse contra la mesa de madera en la que se había apoyado. Señal de que estaba enojado con su conducta poco educada.
– ¿Qué pasa? ¿Acaso los soldados ya saben leer? – Al fin habló Alberich con la clara intención de desquitarse y ofender.
Siegfried lo miró fijamente durante unos segundos, esperando ver sus ojos, pero de nuevo el fleco no dejaba saber que ocultaba su mirada cuando en realidad, los ojos de Alberich lo veían a través de los mechones pelirrojos.
– ¡OH...! Ya veo. No venías a buscar precisamente un libro, si no a reprenderme. – Finalmente volteó mirándolo retador y con enojo.
Siegfried sintió por un momento el estómago hacérsele un revoltijo. Pero reaccionó y fingió no tomarle importancia a su enojo.
– No, precisamente. – Contestó, Dubhe. – Venía a hacerte algo de compañía. – Alberich lo miró extrañado, levantando una ceja y cruzando los brazos. Más fueron escasos los segundos que transcurrieron cuando se oyó el arrimón de la silla y al caballero divino de Megrez levantarse y dejar a Siegfried sentado.
Siegfried pensó en ese momento: ”¡Reacciona, idiota!” Y pronto se levantó dejando caer la silla de manera ruidosa, caminando a paso rápido hacia Alberich.
– ¡Momento! – Casi gritó sin siquiera conseguir que Alberich volteara. – ¡Espera he dicho! – Lo tomó fuertemente del brazo haciéndolo voltear y encararlo de una vez.
– ¿Qué quiere?... “Capitán” – Dijo en tono sarcástico.
– Quiero que dejes de subestimarme como lo has estado haciendo desde que supiste que te amo. – Dijo sosteniéndolo de ambos brazos y pegándolo contra la pared en un arranque de desespero e ira.
Alberich solamente sonrió de manera despectiva y ladeó la cara.
– Pero no voy a hacer lo que tú quieras. Lo sabes. Sabes que no me rendiré y que no voy a dejarme mangonear por ti como lo as estado queriendo hacer con tus jueguitos sucios. – Apretó sus manos contra sus brazos y Alberich sólo mostró los dientes como protesta a que le lastimaba. No gimió tan siquiera ni demostró que le tenía miedo. Pero por dentro, le había sorprendido de sobremanera el que Siegfried lo trataba. Pudo haber sonreído en ese momento, pues estaba actuando tal como quería que lo hiciera. Más, sin embargo, iba a darle batalla todavía.
– ¿Tan malo he sido? – Preguntó con ironía. – He sido tan malo contigo, perdóname... – Levantó una mano y acarició el rostro de Siegfried suavemente.
Sentir su caricia fue suficiente para que Siegfried lo soltara y cerrara los ojos. Sintiendo como su mano tocaba su mejilla, que iba bajando lentamente hasta que sus dedos tocaron sus labios. Movió sus dedos tentadoramente sobre su boca y Siegfried se inclinó para besarlo. Más una carcajada sonora y sentir esa mano que le empujaba ahora, hizo que abriera los ojos al sentir que perdía el equilibrio y se pasaba a caer, chocando con una mesa llena de libros.
– ¡JA, JA, JA! – Una risa necia explotaba de la garganta de Megrez que se doblaba hacia adelante burlándose de lo noble que era Siegfried. Provocando la ira del Capitán que normalmente huía de la escena al sentirse vencido y pateado.
Más la risa se acabó cuando vio a Siegfried acercarse con una mirada llena de ira y deseo.
– ¿Siegfried?... – Fue lo único que pudo decir antes de que Dubhe lo sujetara del brazo una vez más y lo jalara atrayéndolo a su cuerpo, posando su otra mano en la nuca y besándolo con furia, metiendo su lengua con desespero.
Alberich intentó empujarlo y se quejó tratando de gritar, pero los gritos morían dentro de la boca de Siegfried que lo apretaba dolorosamente contra su cuerpo.
Sintió como su “Capitán” presionaba sus labios fuertemente y su lengua tocaba con la punta cada centímetro de su boca. Cerró los ojos fuertemente. El desespero llegaba a él de una manera extraña, golpeando sus puños contra el pecho de Dubhe.
Sin embargo, esta vez, su inteligencia fue nublada por la fuerza de Siegfried y la pasión de ese beso que reclamaba su ser como suyo.
Tardó en dejarse vencer, pero minutos después. Alberich contestaba ese beso con pasión, aferrándose al cuello de Siegfried, dejando que las manos de su Capitán lo aferraran de la cintura y comenzara a acariciar su cuerpo.
– Siegfried... Sieg... ah... – La voz de Alberich comenzó a llamarlo, completamente embelezado por sus caricias. – Te deseo... quiero ser tuyo... – Decía con voz ronca contra su oído y Siegfried no podía creer lo que sucedía.
Lo tomó entre sus brazos y lo llevó contra una de las mesas arrojando los libros al suelo para recostarlo.
Empezó a besar sus labios nuevamente, un poco más tranquilo, bajando por su cuello, oyendo la respiración agitada de Megrez.
Una sonrisa torva surcó los labios de Dubhe y lo fue soltando lentamente.
Al darse cuenta, Alberich abrió los ojos, nublados por el deseo.
– ¿Qué pasa? – Preguntó extrañado.
Siegfried tan solo sonrió como Alberich lo hacía. Triunfante.
Le hizo una señal con la mano, de despedida y se dio la vuelta, dejándolo ahí recostado.
– ¿Estás de broma? ¡Regresa! – Gritó Alberich y se dio cuenta en ese momento, que Siegfried le había devuelto todas las majaderías que él le había hecho frente a todos.
Se quedó atónito viendo como se iba y una terrible incomodidad le acongojó en ese momento, dejándolo herido de tres maneras.
Principalmente: su orgullo, pues había caído como él lo había estado haciendo con sus juegos.
Su corazón: pues ciertamente se había enamorado de él, pero fue su malicia la que le hizo jugar con su corazón creyendo que Siegfried haría todo por él
Y por último, su sexo: Pues su forma de besarlo tan apasionadamente logró hacer que se excitara y ahora un dolor punzante le invadía la entrepierna.
– Jum... Jajaja... Maldito... – Rió burlándose de sí mismo quedándose quieto y meditando la situación recostado aún sobre la mesa de madera, sobre algunos otros tantos libros.

Continuará


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Mizar
Posted: Feb 18 2006, 11:08 AM


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Capítulo 2 – El hombre que no le tenía miedo a nada.

La tormenta golpeaba con furia contra las rocas y la nieve caía con una velocidad mortal. Las ventiscas siempre traían consigo desgracias que torturaban a los pueblerinos, de no ser por los Caballeros Divinos de Odín que siempre salían a ayudar a los afligidos.
Tholl ayudaba arrastrando las grandes rocas para formar una protección contra los deslaves y las avalanchas. El pueblo al pié de la montaña corría a protegerse a sus hogares y los demás Dioses Guerreros corrían por salvar a los demás que se habían quedado atrás.
No fue hasta que un fuerte trueno sonó en el cielo que todos se apresuraron. Una gran avalancha venía directo hacia el pueblo por lo que todos cruzaron la enorme pared de rocas que habían construido para proteger el pueblo.
– Roguemos a Odín que las rocas resistan. – Dijo Tholl apoyándose contra las rocas. Todos pusieron sus cuerpos contra ellas mientras los lugareños corrían despavoridos a protegerse.
Siegfried y Alberich al fin trabajaban juntos. Uno aplicando su fuerza y el otro la inteligencia. Y no porque Alberich quisiera ser un héroe o salvar vidas. Si no porque el hecho de que Siegfried se apasionara con los sucesos, le hacían desear el compartir aquello con él.
– ¡Siegfried! ¡Una niña en el campo! – Gritó Hagen que aún se encontraba de pie sobre una roca. – ¡No hay tiempo! ¡Morirá! – Prosiguió Hagen que ahora se dejaba caer hacia dentro de la protección.
Nadie era lo suficientemente rápido para evitar la avalancha. Por lo que daban a la niña por muerta.
– Es imposible, nadie podría llegar a tiempo y necesitamos la fuerza de todos para mantener las rocas firmes. – Expresó Alberich con un gesto de enojo al verse a así mismo frustrado por ello.
– Iré yo. – Dijo Siegfried, pero fue Mime quién le detuvo.
– ¡Estás loco! ¡No hay tiempo y te necesitamos! – Y justo cuando decía eso. Una ráfaga de viento vino del otro lado soplando al contrario de la ventisca.
– Entonces, iré yo. No me esperen – Dijo Syd que había trepado sobre la roca y se quitaba la capa para lanzarse contra la ventisca y correr a todo lo que daba para alcanzar a la niña.
– ¡SYD! – Gritó Siegfried. Su mejor amigo se había lanzado a una muerte segura y en estos momentos ya no podía hacer nada al respecto.
Todos los demás caballeros divinos encendieron su cosmos para usar su poder, detener la avalancha y evitar que un pueblo entero muera bajo la nieve.
Tan sólo en ese momento, miraron al cielo viendo las luces de los rayos que atravesaban las nubes y oraron para que la muerte de Syd no fuera en vano.
Y en ese momento, una sombra oscura se atravesó y se pegó contra Phenryl empujándolo, ejerciendo fuerza y encendiendo su cosmos mientras en sus brazos sostenía a una niña de cabellos rubios que cerraba los ojos fuertemente y pronto... la oscuridad los cubrió.
Quizás pasaron 15 minutos, o una hora. Tal vez un día entero. Uno no podía calcular bien el tiempo después de una catástrofe como esta.
Mime fue el primero en sacar la cabeza de la nieve que los cubría. Tholl le siguió, ya que a él le había tocado quedar en la parte más profunda del valle. Luego Phenryl y cuando el salió a la luz, descubrió a Syd que se encontraba hecho un ovillo, abrazando a la pequeña que tiritaba de frío.
Cuando todos lograron salir, miraron al pueblo que yacía a salvo gracias a ellos. Siegfried se adelantó un poco mirando con satisfacción el esfuerzo de todos y luego miró a Alberich sonriéndole con felicidad y después su mirada se desvió a Syd que salía con la niña en brazos, cubriéndola con su capa para evitar que el frío la enferme.
Sonrió ampliamente a su amigo de años y éste le contestó con una sonrisa igual.
Alberich notó aquel gesto y los miró a ambos. Sin embargo, pronto dejó de darle importancia cuando Siegfried se acercó a él para ver si se encontraba bien.
Aún con esa sonrisa irónica, Alberich asintió.
– Me alegra que todo haya salido bien. – Dijo Siegfried tomando a Alberich del brazo y llevándolo en dirección contraria a los demás que rodeaban a Syd preguntándole como le había hecho para salvarla tan rápido.
– Si. Aunque hubiera preferido que en vez de soportar el clima tú y yo estuviéramos en mi casa junto a la chimenea... – Alberich pasó su dedo en el pecho de su capitán que se inclinaba para besarlo apasionadamente. – Sobre la alfombra, teniendo una plática cálida acompañada de tus caricias.
– Suena muy bien para esta noche. – dijo susurrándole al oído mientras presionaba sus manos en su cintura de manera sugestiva.
En un arranque de pasión, Siegfried lo sujetó de ambos brazos para inclinarlo hacia atrás en un juego para besarlo con más ansias, pero de pronto la imagen de Syd apareció sobre las rocas. Siegfried creyó que se acercaría a ellos, pero al parecer no les había visto.
Alberich lo miró extrañado y volteó, alcanzando a ver a Syd que se metía entre los árboles como si hubiera visto a alguien más.
– ¿No se supone que llevaría a la niña con sus padres? – preguntó Alberich haciendo un gesto de molestia.
Siegfried, intrigado, soltó a Alberich y caminó en dirección de Syd metiéndose entre los árboles.
Por un momento creyó oír voces entre el soplido del viento y el ruido de las ramas crujiendo. Luego un silencio profundo.
– ¿Syd? – Llamó Siegfried sin recibir una respuesta pronta. Alberich caminaba detrás de él con pesadumbre maldiciendo entre dientes por la interrupción y la de reciente preocupación de Siegfried por Syd.
En ello estaba cuando el ruido de un aleteo y el grito de ambos caballeros divinos por el susto repentino les hizo caer de espaldas.
– ¿Qué ha sucedido? – Se oyó la voz de Syd que había salido de entre los árboles, mirando a ambos, a Alberich y a Siegfried sobre la nieve después de que una codorniz había chocado con la frente del capitán y le había hecho dar un alarido que contagió a Alberich que igual se asustó.
Siegfried se levantó sacudiéndose la nieve del pantalón y mirando a Syd con ojos centellantes.
– ¿Qué hacías solo entrando entre los árboles? – preguntó Siegfried con severidad a Syd que abría los ojos sorprendido por la pregunta.
Tardó en contestar, pensando en lo que le diría. Incluso miró a Alberich que le miraba con insistencia.
– Yo... creí haber visto algo y vine a cerciorarme de ello. – contestó no muy convincente.
– Buscar ¿qué? – Preguntó Alberich adelantándose a Siegfried.
– No lo sé. Me pareció ver algo en el momento que salí a buscar a la niña y regresé para ver si había algo más. – dijo frunciendo el ceño un poco y alzando la voz dejándose notar la molestia que las preguntas le ocasionaban, dándose la vuelta para caminar al otro lado de la arboleda.
Siegfried y Alberich se miraron el uno al otro con sospecha hacia Syd.

– Se trae algo entre manos. – Decía Alberich caminando de un lado al otro sobre la alfombra de piel de reno.
– Le das demasiada importancia a Syd. – le contestó Siegfried que le miraba caminar ansioso siguiéndolo con la mirada. – Aparte, ¿Qué te interesa? Hoy salvó una vida, démosle el beneficio de la duda. – Prosiguió sacando su daga y limpiándose la uña con el filo.
– No lo sé. Su comportamiento se me hizo muy sospechoso. – Dijo Alberich mientras caminaba hacia la chimenea, deteniéndose y contemplando las llamas.
Siegfried se levantó del sillón dejando la daga en el suelo y caminó hacia él rodeando su cintura con los brazos y atrayéndolo para besarle la nuca.
– Olvídalo un momento, ¿Si?... – Sacó su lengua dejando un trazo húmedo hasta su oreja, extendiendo sus manos por el pecho del pelirrojo y empezando a abrir su camisa, quitándole el cinturón y desvistiéndolo lentamente. Los sirvientes de Alberich abandonaron la habitación y cerraron las puertas dejándolos solos.
Siegfried arrastró a Alberich hasta la alfombra recostándolo sobre el pelaje y empezando a besar con locura su cuello, buscando sus labios.
– Te amo Alberich... ¿hoy si me dejarás tenerte? – Preguntaba con voz entrecortada y ronca mientras Alberich cerraba los ojos y se movía un poco para acomodarse entre sus brazos. – No quiero que me sigas negando tu cuerpo... eres mío, recuérdalo. – Dubhe sostenía la nuca de Alberich con una mano para no dejarlo alejarse.
Alberich por su parte había estado huyendo de sus brazos, pero poco a poco parecía ir cediendo más y más a los encantos de su capitán.
– Si... hoy si... – Dijo con una voz débil y sumisa. Ya no podía resistirse más y deseaba con todas sus ganas ser uno con él.
Siegfried tomó sus labios en un beso desesperado, terminando de despojarlo de sus prendas y acariciando su piel con sus manos y sus besos. Besó su cuello mientras Alberich enredaba sus brazos alrededor del suyo y Siegfried empezaba a quitarse el cinturón.
Alberich lo miraba embelesado, viendo el cuerpo de Siegfried desnudo al fin, con la luz del fuego de la chimenea que bailaba dejando la piel de Siegfried en diferentes tonos.
De nuevo los besos y los largos suspiros. Los gemidos y las risas tenues invadían la habitación mientras las sombras que se movían con ritmo bailaban en las paredes al compás de los movimientos que la luz del fuego reflejaba.
Las manos de Alberich se aferraban ansiosamente al sexo de su capitán mientras este metía sus manos por debajo de su cuerpo bajándolas hasta tocar sus glúteos, metiendo sus dedos hasta tocarlo y empezar a empujar su dedo dentro de él.
A falta de lubricante, Siegfried besó sus labios nuevamente con intensidad llevando sus manos hacia el sexo de Alberich que se encontraba erguido como el suyo, masturbándolo y haciendo que el pelirrojo le soltara mientras tanto.
Bajó su cabeza hasta su entrepierna para lamer el sexo de Alberich que se sentaba sobre la alfombra enredando sus dedos en el cabello de Siegfried. Sus gemidos llenaron de nuevo la habitación y se hicieron más fuertes al eyacular en la boca de Dubhe.
Pronto, Siegfried embarró sus dedos con el semen de Alberich y de nuevo guió su mano hasta posarle entre sus glúteos, embarrándolo y metiendo finalmente su dedo con mayor facilidad.
Alberich gimió una vez más mientras el capitán movía su dedo para dilatarlo.
Una vez, sintiendo que Alberich estaba preparado, lo levantó de la cintura para colocarlo sobre sus piernas y su sexo.
Fue el mismo Alberich quien con su mano guió el pene de Siegfried hasta el esfínter dilatado y dejando que le penetrara al fin, después de algunos meses en los que Siegfried había estado intentando pasar la noche con él.
Los movimientos empezaron suaves y rítmicos, pero después de unos minutos, empezaron a moverse con más fuerza, más rapidez y con más precisión.
– ¡Siegfried! Aaahh...! – Gemía Alberich con fuerza. Era la primera vez que le penetraban así y sentía un dolor punzante y al mismo tiempo un placer inexplicable.
Dubhe por su parte, permanecía callado, tan sólo mirando sus expresiones. Dejando que el placer le envolviera y marcando el cuerpo de Alberich con sus dedos y sus labios.
La noche agitada terminó cuando Siegfried eyaculó dentro de Alberich y este cayó rendido entre sus brazos.
Agitados, se recostaron sobre la alfombra para recuperar el aliento.
– Te amo, Siegfried... – dijo inocentemente Alberich mientras cerraba los ojos. Y Siegfried se quedó mirando el techo de la habitación, viendo las sombras jugar y moverse haciendo formas curiosas.
Había estado deseando este momento por años, esperando la oportunidad y sólo soñaba con esto. Y al fin había hecho suyo lo que más deseaba en este mundo. Meses le tomó conquistarlo y ahora había algo que interrumpía esa felicidad.
Y es que en realidad le preocupaba la situación de Syd que se había enojado porque le habían cuestionado sus actos después de haber rescatado a la niña.
Alberich cayó dormido y Siegfried se levantó, vistiéndose y dejándo al pelirrojo cubierto por una manta que los sirvientes le proporcionaron.
Estaba tan cansado después de lo sucedido en el pueblo que no tardó en rendirse al sueño.
Mientras, Siegfried había mantenido su preocupación oculta y ahora que había abandonado la mansión Megrez, se dirigió a la mansión Mizar.
El caballo trotó sin prisa hasta llegar a la lúgubre mansión. Comparada a la suya y a la de Alberich, las suyas lucían relucientes y alegres comparadas con la de Syd.
Y es que Mizar siempre le había parecido centrado y risueño, incluso dulce aunque los demás le decían que era un pesado y mal encarado y que muchas veces daba miedo y se comportaba agresivo y grosero.
Siegfried jamás lo había visto así. Para Siegfried, Syd siempre tenía una sonrisa comprensible y le había apoyado en todo sin pedir nada a cambio.
Era su mejor amigo y por eso mismo le preocupaba.
Avanzó cruzando los jardines mientras los relámpagos iluminaban la fachada oscura y los murciélagos salían volando hacia el cielo abierto.
– ¿Cómo puede vivir aquí alguien tan amable como Syd? – Se preguntó en voz alta sintiendo que la piel se le erizaba y que incluso le daba la impresión de que alguien lo vigilaba.
Aumentó la velocidad de sus pasos hasta llegar la puerta y tocó casi con desesperación.
Un sirviente anciano le abrió la puerta, justo al momento que un relámpago cruzaba el cielo y un fuerte sonido de trueno golpeó los tímpanos de Siegfried
– ¡AAAHH! – Gritó asustado por los nervios tensos ya que la luz había distorsionado por un segundo el rostro del anciano haciéndole ver cosas que no existían.
– ¿Se quedará ahí gritando, señor? ¿O pasará para que no se moje? – Habló el criado con cara de que ya estaba harto de que cada vez que abriera la puerta alguien le gritara espantado.
El amo era el único que no gritaba cuando él le abría.
Siegfried sintió la gota fría caer por su sien y entró a la casa, dejando al caballo que fuera llevado por los otros sirvientes al establo.
– ¿Siegfried?... – Oyó la voz de Syd y miró hacia las escaleras dónde le vio vestido con una bata negra sosteniendo un libro con el cabello recogido en una cola.
Dubhe había perdido la costumbre de verlo vestido casualmente, pues debido a sus trabajos, todo el día portaban sus armaduras y lo más que había hecho era verlo sin el casco de vez en cuando.
Tenía años que no le miraba sin la armadura y ahora podía darse cuenta de que su cuerpo era más esbelto, delgado, y fino de lo que recordaba.
Bajó las escaleras para caminar con ese porte elegante que siempre tenía.
– ¡Que sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? – Preguntó Syd con una sonrisa amable, dejando el libro de terror que leía y le tendía la mano. – ¿Y porqué estás tan pálido?
– Eh... Es que... – Siegfried de pronto se mostraba nervioso y no sabía como articular palabra.
– Igor te asustó. – Dijo dejando ver una naciente sonrisa que derivaría a una carcajada sonora, pero logró reprimirla antes de que hiciera un escándalo. – No eres el primero que me dice eso, pero la verdad es que no sé que les asusta. Es un viejito tan amable...
– Pues con esa cara de asesino... – Dijo Siegfried sintiéndose un poco más relajado. – Pero vine a hablar contigo de otra cosa Syd.
Syd se detuvo casi en seco al oírlo hablar. Pareciera que sabía lo que le diría y no se movió ni siquiera para mirarlo de frente. Acto que a Siegfried le pareció extraño.
– Hablabas con alguien en el bosque ¿Verdad? – Preguntó caminando lentamente hacia él esperando a que se volteara y le mirara de frente.
– No... – Contestó reaccionando y caminando hacia la vitrina donde habían vasos y vino guardados para servir a las visitas. – A menos que me hayas oído agradecerle a Odín por permitirme salvar a la niña... quizás fue lo que escuchaste. – Resolvió con sagacidad la pregunta de Siegfried quien se detuvo a medio camino.
Syd sirvió dos copas de vino y le ofreció una a Siegfried quién aún lo miraba desconfiado.
– Nunca me habías mirado así, Siegfried. Y me extraña que lo hagas precisamente hoy. – Le dijo con seriedad mientras se apoyaba contra la vitrina.
– Syd, las cosas no me quedan muy claras en estas últimas horas. Aunque tu explicación es muy convincente, hay algo que me hace dudar de ella y... – Syd alzó la voz interrumpiéndole.
– ¿Y así dices que confías en mí? ¿Y así te atreves a llamarme tu amigo? – Un trueno llenó la mansión con un fuerte sonido que hizo retumbar las paredes del lugar ocasionando que Siegfried tensara los hombros, más Syd no se inmutó. Tal parecía que mientras más indagaba Siegfried, Syd se iba haciendo agresivo. – No tengo nada que ocultarte Siegfried. Me conoces bien y yo a ti.
Dubhe se quedó meditando esto durante unos segundos. Syd tenía razón. Nunca le ha dado motivos para pensar mal de él y nunca le había mentido. Sin embargo, Siegfried no podía dejar de pensar que Syd le ocultaba algo. Y algo muy grande.
– Olvidemos el asunto, ¿De acuerdo? – Dijo tomando un trago del vino y sintiendo que el calor regresaba poco a poco a su cuerpo. – Hace mucho que no platicamos de nosotros, de cosas que no fueran asunto del Palacio o de... Alberich... – Iba a tomar un trago y se dio cuenta de que las últimas pláticas que habían tenido eran sobre Megrez.
Syd lo miró nuevamente con esa sonrisa melancólica, que por más que tratara, no podía ocultar la envidia que sentía y la aflicción que le ocasionaba.
Sólo entonces, Dubhe comprendió muchas cosas.
Syd lo amaba... o eso pensaba él en ese momento.
– ¿Y que tal te ha ido con él? – Preguntó Syd volteándose y sirviéndose más vino.
Siegfried sintió el sonrojo subir de golpe a su cabeza sacándolo de sus suposiciones.
– Ahh... pues... – Nuevamente el nerviosismo le ganó.
– Está bien, no hablemos de ello. – Interrumpió una vez más, Syd. Terminó de servirse el vino y caminó hacia Siegfried sentándose en el mueble. – ¿De qué platicamos entonces? – Syd apoyó uno de sus brazos en el respaldo del mueble mirándolo cuidadosamente, viendo su perfil, tratando de recordar como era años atrás cuando ambos eran unos niños.
– Hablamos de ti, Syd. Nunca me has platicado nada tuyo. Tú lo sabes todo de mí, pero yo no sé casi nada de ti. – Por un momento vio los ojos de Syd y la incomodidad que le ocasionaba, pero Syd cerró los ojos al sonreírle de manera mable como siempre lo hacía.
– No hay nada interesante en mi vida que valga la pena saber. Todo lo que has visto es lo único que hay de interesante en mi vida. – Dubhe lo miró con una sonrisa y el gesto de que sabía que había algo más.
– Nunca me has dicho si estás enamorado de alguien o si hay una chica especial en tu vida. – Mencionó Siegfried y en ese momento, Syd cambió su expresión y se levantó de golpe. – Lo hay ¿verdad? Hay alguien a quién tú amas y nunca me lo has querido decir, ¿cierto? – Siegfried lo siguió hasta que Syd se detuvo apoyándose en la pared de la sala para ocultar su expresión.
– Soy yo, ¿Verdad?... Syd... – Avanzó tomándolo de los brazos y haciendo que volteara descubriendo que Syd mantenía los ojos cerrados y los puños engarrotados. – Y nunca me dijiste nada... –
– Siegfried... hay cosas de las que no quiero que te enter... – Y en ese momento, Siegfried lo besó sin dejarle terminar lo que iba a decir.
Syd abrió los ojos al sentir su beso y sintió que el aire le hacía falta. Pudo haberle golpeado y alejado de sí pero en ese momento, pensó que quizás era mejor que no lo hiciera.
Se quedó quieto, cerrando los ojos y manteniéndose suave para que las manos de Siegfried no lo notaran tenso. Profundizó el beso tocando su lengua y Syd se sintió extraño. Nunca creyó que Siegfried fuera a besarle alguna vez. Syd creí que él sólo tenía ojos para Alberich, pero al parecer, ya no más.
Minutos después, Siegfried dejó sus labios quedando cerca de sus labios sin abrir los ojos.
– Odín... ¿Dónde estuviste toda mi vida?... – Susurró Siegfried contra sus labios, mientras sus manos tomaban su nuca y volvía a besarlo intensamente.
Syd tragó saliva y por un momento creyó que iba a ahogarse. Más no tembló y en ningún momento pareció verse asustado. Por lo que Siegfried tomó eso como una aceptación.
Se quedó casi como tres horas, acariciándolo y besándolo en la sala sin forzarlo a nada más. Syd sonreía con melancolía y Siegfried pensaba que quizás lo hacía porque aún pensaba en Alberich.
– Ya veremos como solucionarlo. – Le decía convencido Siegfried que tomaba sus manos besándoselas.
Solo cuando Siegfried cerraba los ojos para besarlo, Syd miraba al rededor, entre las sombras. Cuando los labios de Siegfried tocaban los suyos, Syd los cerraba fuertemente.
Algo no estaba bien.
Esa noche, Siegfried salió de la mansión Mizar convencido de que Syd ya no era más su mejor amigo, si no algo mucho más profundo.
Syd lo despidió en la puerta con un poco más de alivio viendo como se alejaba montado en su caballo. Cerró la puerta detrás de él y caminó atravesando la gran sala dándose calor con sus manos en los brazos.
Sintió un escalofrío que subió hasta su nuca mientras caminaba hacia las escaleras y subía a hasta el pasillo que lo llevaba a su habitación.
Los grandes ventanales, a pesar de estar cerrados levantaban sus cortinas blancas cubriendo el amplio pasillo. Syd evitaba las cortinas con las manos abriéndose paso hasta llegar a la puerta de su habitación. No dejaba de pensar en los besos de Siegfried y algo en su estómago le empezaba a hacer crecer el miedo.
Abrió la puerta de su habitación y lo encontró en penumbras. Se quedó parado, mirando hacia la oscuridad, pensando en si debía entrar o no.
Más cerró los ojos y avanzó hacia el interior de la habitación.
La puerta de cerró de golpe y Syd volteó de inmediato hacia ella abriendo los ojos y dejando ver un miedo indescriptible en ellos.
Las sombras lo miraban con ojos rojos y su blanquecina figura aparecía entre ellas.
– ¡Hermano...! No... te juro que no contesté sus besos... te lo juro – Dijo Syd retrocediendo hasta topar con la cama.
– ¡No me pareció que lo rechazaras tampoco! – Rugió una voz profunda. – ¿Lo disfrutaste?
– No... Te juro que no... Bud... – Dijo sintiendo como sus rodillas se doblaban y de pronto una mano lo tomó del cuello levantándolo y obligándole a mirarlo.
– Más te vale... porque tú eres mío y no voy a dejar que nadie más te toque. – sentenció la voz de Bud, enojada, celosa, posesiva mientras lo empujaba contra la cama y arrancaba su bata con violencia tomando el cuerpo de Syd, su hermano, a la fuerza.
Siegfried siempre pensó que Syd le era fiel en todo, en su amistad, en su sinceridad y creí que era el único hombre que vivía sin miedo a nada.
Pero lo que Siegfried no sabía, es que Syd tenía oculto un secreto sacrílego. Y que lo que él creía de Syd, era completamente opuesto.
Había algo a lo que Syd tenía un miedo absoluto y era a los celos de su hermano.
Esa noche, como muchas otras, Syd terminó gimiendo el nombre de Bud y recibiendo el castigo al que vivía atado. Ser de su hermano solamente y pagar por todo lo que sus padres le habían hecho a Bud.
Pero Syd tampoco era indiferente con respecto a sus sentimientos hacia su hermano, por lo que le permitía hacer lo que quisiera, pues también amaba a Bud, profundamente, y eso estaba por comprobarse.

Continuará...


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Mizar
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Capítulo 3.- Mentiras y Verdades.

Siete de la mañana, en el horario más frío en Asgard. Un hombre corre entre la densa nieve blanca y cae tendido en ella. Su visión se nubla y su cuerpo no tarda en entumirse y a pesar de sus ropas blancas, su cabello rojizo resalta entre tanta blancura.

– Traidor… – Y pierde el conocimiento.

Día y medio pasa, hasta que abre los ojos. El frío al que había estado expuesto, le había afectado temporalmente la visión.
El calor de una chimenea se sentía cercano y eso le llamó la atención. ¿No se supone que debería estar muerto ahora? Después de lo que se enteró, era lo único que quería hacer.

– Despertaste. – Habló una voz ronca y poderosa. Alberich miró a ver, pero sus ojos no le ayudaron mucho. No podía enfocar la vista y casi no distinguía los colores a su alrededor. Sólo veía una luz al fondo que supuso, era la chimenea.

Sintió un paño seco posarse en su frente y secarle el sudor frío que brotaba de su cuerpo. La hipotermia empezaba a abandonarle y el calor regresaba gratamente a él.

– Por poco mueres congelado si no te encontraba. ¿Qué hacías a esa hora, corriendo en medio de la nada? – Preguntó el hombre con su tono seco y estricto.

Aunque su voz era fuerte, Alberich calculó que era lo bastante joven, alrededor de unos 20-25 años y algo robusto. Un poco alto y otro poco brusco.

– No me digas. Tu novia te dejó. Jum, Jum, Jum… – Dijo aquel extraño que de pronto se tomaba ciertas confiancitas para sacarle las cosas. Alberich sintió el estómago revolvérsele al recordar el episodio tan funesto.

Las 5 de la mañana de aquel terrorífico día. Alberich se había quedado en el Palacio de guardia junto con Siegfried que últimamente se portaba distante y poco cariñoso con él.
Por algún lugar, perdido, estaba Syd haciendo las caminatas del silencio, sólo como siempre. Casi nunca iba acompañado y no sabían la razón y Syd tampoco parecía tener un porqué.
Claro, “Syd sin Miedo” le apodó después de su hazaña del rescate. Y siempre se daba el lujo de andar solo… o en compañía de Siegfried, últimamente. O mejor dicho: Siegfried se daba el lujo de ir tras Syd apenas él se descuidaba.
Había veces en las que Siegfried no se aparecía. Otras noches llegaba, cenaba algo, platicaban un poco y cuando Alberich quería más intimidad, algo surgía de repente y su capitán tenía que dejarle a medio proceso.
No era un idiota, podía adivinarlo sin tener que ver más allá. Pensó en su orgullo, en la manera de hacer que Siegfried no se burlara de él. Lo pensó muchas veces y al final… vaya que resultó ser idiota y terminó por darle el beneficio de la duda.

A esta hora, a la media noche, sufría de un terrible ataque de pulmonía y de delirio al creer que hablaba con un tipo con cicatrices en las manos, vulgar, tosco, pero con la cara de Syd de Mizar. Definitivamente, se creía enfermo.
Cayó dormido de nuevo, mientras aquel hombre se levantaba y dejaba la cabaña con el enfermo adentro, quizás a dar un paseo nocturno bajo la increíble temperatura bajo cero de la noche.
¿A dónde iba este hombre?
A la mansión Mizar.
Pareciera que el viento no era para nada cruel con él. Ante su mirada ¿Qué era más gélido a esta hora?
Con solo ver el caballo blanco de Dubhe en la puerta, podía olérselas. Seguía intentando como las noches anteriores, que Syd le dejara subir a su habitación.
Syd parecía tener que sacarse trucos bajo la manga, distrayéndolo hasta que su horario le permitiera y huyera de forma furtiva de sus brazos, tan solo para enfrentar los celos de Bud.
Alcor se escabulló entre los árboles hasta llegar a la ventana de la habitación de Syd y entrar como era su costumbre. Syd siempre le dejaba una ventana abierta.
Pero hoy, la ventana estaba cerrada.
Forcejeó creyendo que quizás estaba atorada, e incluso la pateó, pero no logró abrirla. Si rompía el vidrio, todos se darían cuenta de que había alguien rondando la casa.
No le quedó más remedio que bajar y buscar otra entrada, cuando Igor lo vio.

- ¡Amo Syd! ¿Qué hace fuera de la casa a estas horas de la noche y con visitas esperándole? – Preguntó el anciano jorobado, tuerto con cara de asesino.

Bud miró para ambos lados y buscó algo elocuente para justificarse.

- Tan solo quería verificar la temperatura por si a mis visitas le interesara salir a tomar un café a la puerta. – Dijo, imitando el galanteo de la voz de su hermano.
- ¿Un café? ¿Afuera? ¿Con este frío del Infierno? Amo Syd ¿se siente bien? –
- ¡Si!... ¡Si! Ábreme la puerta que me quedé afuera. – Terminó diciendo y el anciano asintió con una sonrisa.
- Ya lo decía yo. El amo Syd no podía estar tan loco de remate… Ja! Un café, aquí, con este frío.. jajajaja – Bud lo siguió mientras el anciano se encaminaba hacia la entrada por la cocina.

Fue una fortuna que no quisiera abrirle la puerta de enfrente. Posiblemente se hubiera topado de frente a Syd y a Siegfried y sería una sorpresa y una revelación algo desagradable para todos.
Una vez dentro, se infiltró, huyendo de los ojos de Igor para buscar a Syd y su acompañante. Los había dejado solos, demasiado tiempo.
Acechó la sala y no los encontró. Pudo haber gritado de ira en ese momento y subió a su habitación para verificar si Siegfried le había convencido de “yacer juntos”.
Para su sorpresa, encontró la habitación vacía. Y la contigua también… y las demás.
Bud se sentía desesperado en ese momento. A punto de destruir la mansión con tal de sacarlos de su escondite, pero de pronto, oyó una risa conocida bajo las escaleras.
Corrió hacia el barandal y se resguardó lo suficiente para no hacerse notar.
Ambos salían del estudio, riendo como un par de adolescentes que acababan de cometer alguna travesura.
Las garras de Bud se aferraron a la madera del barandal dejando una marca astillada de su enojo, al ver que Dubhe jalaba a Syd del brazo para querer besarlo y éste ladeaba la cara para que no lo hiciera, pero simulando ser un juego.
Así evitaba la mayoría de las veces sus besos y en vez de alejarlo, parecía engancharlo más.
A Siegfried le gustaba que se resistieran y Bud lo acababa de comprobar.
De nuevo las risas. A Syd le parecía divertido ahora hacer ese jueguito de “Me resisto, me resisto y tu me compensas”. Bud se arqueaba hacia delante por la tensión que esto le provocaba.
Más sintió la sangre hervirle realmente cuando vio a Dubhe jalar a Syd de la cintura y sostenerle de la nuca para forzarlo a besarle. La reacción de Syd fue forcejear, pero poco pudo hacer para evitarlo.

- ¡No!... Ya te dije que no. – Ladeó su cara mientras empujaba a Siegfried.
- ¿Por qué? ¿No me amas? – Preguntó mientras besaba su cuello y subía sus manos para aferrarlo de la espalda y pegarlo a su cuerpo.
- ¡Basta! ¡No entiendes! –
- No necesito entender… sólo saber que me vuelves loco cuando me rechazas… y eso es todo el tiempo. –

Selló sus labios nuevamente en los de Syd sin darle tiempo a decir algo y Bud arañó la pared esta vez mientras apretaba los dientes y miraba a Dubhe con verdadero odio.
Esto no iba a quedarse así.
Bajó casi corriendo metiéndose a la cocina y ordenándole a Igor que preparara el café.

- Necesito que me ahuyentes a un pretendiente, Igor… ¿Confío en ti? -
- ¡Por supuesto, señor! ¿No recuerda quien tiraba sus emparedados de hígado al basurero? – Bud apretó los brazos de Igor con estima y una gran sonrisa.

Igor se sintió extraño de ver a su amo tan emocionado y se dispuso a preparar el café caliente para el pretendiente molesto.
Bud se escondió de nuevo, esta vez en un lugar donde las sombras le protegieran y pudiera ver mejor.
Dubhe, prácticamente estaba arrastrando a Syd hacia las escaleras para subir, mientras el otro intentaba ponerle pretextos.
Syd sabía que Bud los observaba, por lo que oponía una resistencia visible a su hermano, pero también algo que no hiciera sospechar de Siegfried de que había alguien más en su vida.
Justo en ese momento, el anciano apareció con el café y fue directo contra Dubhe, quemándole la espalda con el líquido caliente y haciéndolo saltar y dar el grito.

- ¡Anciano decrépito! ¡Más cuidado! – Gritó Siegfried mientras soltaba a Syd que se alejaba una buena distancia de él.

Se llevó una mano al pecho y agradeció a Odín que Igor apareciera con el café y se lo arrojara encima. Dubhe estaba enojadísimo, pegando de gritos, insultando al pobre sirviente mientras Syd miraba hacia donde estaba Bud. Siempre adivinaba donde se resguardaba.
Sonrió casi imperceptible y volteó de nuevo su atención a Dubhe.

- Es tarde ya. Nos veremos mañana en el Palacio, ahora, debo descansar… nuestra reunión hoy, fue muy extenuante por lo sucedido con Alberich hoy. – Dijo.

Bud levantó la cabeza y clavó sus ojos en Syd al oír que mencionaba al pelirrojo.
¿Qué había sucedido? Eso se lo había perdido.
Syd miraba a Dubhe, pero notó como tragaba saliva, nervioso por haber dicho algo que quizás no debió decir en voz alta.
Siegfried pasó las manos por el pelo, algo alterado, y terminó por caminar hacia la puerta pasando junto a Syd y dándole un beso fugaz de despedida al que Syd no contestó.
No salió a despedirlo e Igor notó que su amo se ponía más nervioso ahora que Siegfried se había ido.
Agradeció a su sirviente por la ayuda, mientras el anciano se preguntaba a qué hora se había cambiado de atuendo su amo.
Subió las escaleras lentamente y entró a su habitación dejando la puerta entreabierta, esperando a que Bud entrara tras él.
Caminó hacia la cama y empezó a despojarse de su ropa, pues sabía que Bud acudiría a él buscando su calor.
No tardó en oír la puerta cerrarse. Syd se mantuvo quieto, parado junto a la cama, dándole la espalda a Bud mientras su nerviosismo crecía. Bud sabía que Syd estaba asustado, por la forma de cómo respiraba, el aroma que desprendía y como sus dedos se enredaban en sus largos mechones que caían por sus hombros.

- Estás tenso… - susurró Bud sin acercarse. Syd dio un ligero salto a oír su voz y cerró los ojos mientras volvía a tragar saliva. – Hueles a miedo, Syd… ¿Qué has hecho? -
- No… no entiendo de qué me hablas… - respiró más agitado.
- ¿Sabes a quien recogí hoy en medio de la tormenta? – Se acercó sujetando sus hombros para darle un masaje. - … A tu rival… - Susurró en su oído para después empujarlo a la cama y dejarlo recostado boca abajo.
- ¿Alberich? –
- Bien que lo sabes… - contestó Bud mientras colocaba una pierna sobre la cama y se desajustaba el cinturón para poder abrir su pantalón.
- ¿Cómo…? ¡Ugh…! – Syd apretó sus manos en las sábanas apretando sus párpados y mordiéndose los labios al sentir que Bud le penetraba.

No le respondió por el momento. Se limitó a besar su espalda, a ser cariñoso, dejando la ira de momentos atrás, fuera. Esta vez le hizo el amor suavemente. Dulcemente.
Syd suspiró como nunca antes le había oído respirar. Incluso sus gemidos fueron como caricias y sus manos le demostraban que era a él a quien adoraba.
Lo hizo voltear para tenerlo de frente y lo besó mientras tomaba su sexo con la mano y lo acariciaba, rozándolo con sus garras algo lastimadas por haberlas usado contra la madera y la pared.
Syd no podía dejar de mirarlo, estaba perdido en sus ojos, como si no existiera nada más en el mundo que mirar que a él.
Lo abrazó con fuerza y gimió su nombre, con deseo en su voz mientras sentía que el orgasmo le llegaba de la manera más dulce que jamás hubiera experimentado.

- ¡Te amo…! Bud… - gimió con ojos cerrados antes de sentir sus labios de nuevo ahogándolo. Podía morir en sus brazos en ese momento y jamás se arrepentiría de lo que hacía con él.
- Más te vale… - le contestó Bud mientras besaba su cuello al abandonar sus labios y volver a penetrarlo para terminar dentro de él.

El amanecer llegó, con el cielo, ligeramente más claro que la noche. Las nubes eran tan densas cada mañana que ni el medio día les dejaba ver más allá de las sombras.
Y Syd vio más allá de ellas, encontrándose solo nuevamente.
Tomó la almohada y la arrojó contra la ventana semiabierta, por donde había salido Bud.
Se fue sin decirle nuevamente. Se fue sin contarle lo de Alberich, se fue sin responderle si le amaba también.
Bud por su parte, regresó a la cabaña, antes de que su invitado despertara.
Lo encontró dormido, con la helada completamente sudada y mucho más tranquilo que la noche anterior.
Una buena siesta en un lugar cálido era suficiente para reponerse.
Cuando Alberich, finalmente abrió los ojos, vio a su anfitrión de cabellos claros preparar el desayuno. O al menos eso pensaba.

- ¿Syd?... ¿Qué no tienes una gran mansión donde llegar a dormir? – Dijo mientras se tallaba los ojos suavemente. - ¿Syd? -
- Calla y come… - dijo con voz potente extendiéndole un traste con algo que parecía ser un estofado simplón.

Se sorprendió de oírlo hablar así y de sus maneras rudas de dirigirse a él. No parecía Syd, o quizás estaba tratándolo así, a causa de sus sentimientos por Siegfried.
Alberich olió la comida y luego probó el caldo. Estaba simple, pero no era malo.
Él mismo sabía que estaba débil y debía reponerse.

- No sé como tuviste el descaro de recogerme después de lo que hiciste. – Dijo finalmente, Alberich, después de acabarse el caldo.
- Refréscame la memoria. – Dijo Bud jalando una silla y sentándose junto a la cama. - ¿Qué se supone que hice hoy? –
- Cínico… ¡Le dijiste Siegfried que lo amabas frente a mí, sabiendo lo que ambos tenemos! ¡Y él te contestó efusivamente con un maldito beso! – Dijo con voz alta mirándolo a los ojos.

La reacción de Bud fue levantarse y lanzar la silla contra la chimenea. Alberich se sorprendió del acto tan violento y lo analizó con más detenimiento.

- ¡MALDITO DUBHE! ¡Maldito Syd!... ¡Traidor! ¡Mentiroso! ¡Hipócrita! – Maldijo a su hermano mientras volteaba la mesa haciendo un reguero y escándalo.
- ¿Quién eres? – Preguntó Alberich mirándolo completamente extrañado. Al parecer, no era Syd, su salvador, si no alguien que parecía conocerle muy bien. - ¡Contigo es con quien hablaba aquel día de la avalancha! ¿Cierto? –

Bud apretaba los puños y los dientes y podía notar claramente que su cuerpo era más ancho que el de Syd. Era por lo tanto, mucho más fuerte.
Alberich sonrió ampliamente sin ocultar el gusto que le daba haber descubierto el secreto que tan celosamente guardaba Syd. Ahora entendía porqué casi siempre andaba solo y casi nadie sabía nada de él.
A todos les había engañado hábilmente, haciéndoles creer que lo conocían a la perfección, pero la verdad era que nadie sabía nada de él y nadie sabía que tenía un hermano celoso, que por sus arranques de ira al mencionar a Dubhe, podía intuir que había mucho más tras la fachada.
Ahora, Alberich tenía en su poder, información que podría usar como un arma y quizás… si lo manejaba bien, tendría hasta a un aliado para destruir a Syd. Volver a su amante contra él en venganza.

Continuará


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Posted: Feb 18 2006, 11:13 AM


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Capítulo 4.- Swingers.

– Recapitulando… Eres hermano gemelo de Syd y también estás a cargo de su “celosa” protección como guerrero Zeta… Mmm. – Se frotaba los dedos contra la barbilla.
– Se supone que es un secreto. Nadie debe saber que existo. Sabes cómo es la gente y las supersticiones acerca de los gemelos. – Bud se rascaba la cabeza mientras suspiraba.
– Lo sé. Debe ser sumamente difícil estar escondido todo el tiempo. Pero no me terminaste de contar de tu relación entre tú y Syd. – Insistió Alberich mientras le sonreía para animarlo a que soltara todo.
– Somos gemelos, no hay más. –
– Si lo hay… lo veo en tu cara. ¡Hay algo más! Si no, no hubieras hecho todo ese espectáculo hace unas horas. – Le dijo mientras hacía un gesto de hartazgo. Estaba cansándose de que Bud no le dijera claras las cosas. – A mí no me engañas, Alcor. Tú y Syd son amantes. –

Bud se levantó de golpe tomando a Alberich del cuello y llevándolo contra la cama. Sus ojos estaban irritados pero tampoco ocultaba que la verdad le era incómoda. Era un secreto que estaba harto de guardar junto con su presencia. Pero las consecuencias de ser amantes, siendo ambos de la misma sangre, era un terrible pecado y más si sumamos la maldición de los gemelos. Era todo un complejo de intriga y pecado que a Alberich le parecía Oportuno.

– ¡Vaya que es verdad! – Dijo Alberich con una sonrisa triunfante. La ira de Bud sólo confirmaba sus sospechas.
– ¡Dices algo y te juro que haré que tu cabeza ruede desde la montaña más alta! –
– Cómo si creyeras que podrás cortármela. ¡Hum! –Rió mientras cerraba los ojos demostrando que no le daban miedo sus amenazas.
– No me subestimes, Megrez, no soy como Syd. –
– Que bueno que no lo eres. Lo subestimé y ahora mírame… –
– Si. Entiendo… – Contestó mirando hacia la chimenea perdiéndose entre las flamas. – Ojala y algún día, le haga sentir a Syd lo que yo estoy sintiendo en estos momentos. –

Alberich miró fijamente a Bud que se alejaba hacia el fuego para calentarse las manos. Lo último que había dicho, quedó rondándole en la cabeza. Ellos sentían celos. Aún cuando Alberich empezaba a entender el punto de vista de Mizar y Alcor, no podía evitar sentir celos de él.
Syd parecía tenerlo todo ahora. A Siegfried y a Bud en la palma de su mano.
Sonrió pensando en su venganza. Usar a Alcor para herir a Syd y hacer que por ello, Mizar se alejara de su amado… y de paso, romperle el corazón a ambos para que sintieran lo que él.

– Creo que… sé que debemos hacer. – Interrumpió el silencio incómodo en la cabaña. Incluso el fuego había enmudecido en ese momento.

Bud volteó, intrigado por la sonrisa enigmática de Alberich y levantó una ceja, tratando de adivinar que estaba dándole a entender.

A la mañana siguiente, Dubhe salía de su casa, apresurado, esperando poder ver a Alberich, saber como estaba después de lo sucedido.
Toda la noche se la pasó pensando en la cara, en la mirada y la expresión de Alberich. Toda la noche se lamentó, pues en ese momento se dio cuenta de que Megrez no jugaba con él. Había sentimientos fuertes en él y lo había arruinado.
Siegfried empezaba a dudar de sus sentimientos hacia Syd, pero cada vez que lo miraba, algo le pedía sujetarlo y besarlo.
Lo que era claro es que Dubhe sentía una fuerte atracción hacia Syd. El deseo era intenso y más cuando Mizar no daba su brazo a torcer.
Claro, Dubhe no era tan tonto. Sentía que el constante rechazo de Syd no era normal, a pesar de haber gritado a los cuatro vientos que lo amaba. Syd guardaba algo más.
En cambio, Alberich, a pesar de que le costó trabajo, logró hacerlo suyo y no negaba que en ese momento se sentía completo.
Se preguntaba si con Syd sentiría lo mismo el día que lo tomara… si es que lograba poseerlo.
Venía cavilando todo esto hasta que divisó la mansión Megrez.
El viaje fue en vano, pues Alberich no se apareció en toda la noche y los sirvientes se sentían preocupados por ello.

– Quizás… pasó la noche en el pueblo. En alguna posada, no ha sido la primera vez. A veces, cuando se enoja o cuando está aburrido va a dar sus vueltas al bosque o al pueblo y pasa la noche fuera. – Explicó el mayordomo. – Pero siempre avisa. –

Siegfried levantó la cabeza de inmediato. Era obvio que no avisó esta vez.
Con la mala fortuna y la preocupación acrecentándose más, regresó a su caballo para dirigirse al palacio.
Estaba dispuesto a formar una patrulla e ir con los soldados en su búsqueda. Esperaba que Syd le acompañara para que le ayudara, pero luego pensó en que era mejor no decirle.
Empezaba a pensar en cómo lo evitaría, pero para su sorpresa, la segunda de la mañana, Syd no se había aparecido en el palacio. Y eso que siempre llegaba primero que nadie.

– El comandante Mizar no ha llegado, Capitán. – Dio su informe un guardia en la entrada.
– ¿Avisó si venía? – Preguntó mientras se bajaba del caballo.
– No, señor. No hemos sabido nada de él desde ayer que nos enteram… – Guardó silencio de inmediato. Iba a hacer referencia a la confesión de Mizar en público.
– Me temo que no vendrá entonces… – Finalizó Dubhe con gesto severo. – Iré a buscarlo. Mientras tanto, aliste a sus hombres, saldremos a patrullar cuando regrese. –
– ¡Si, Capitán! – Saludó en la forma militar mientras se daba la media vuelta para reunir a los soldados.

Dubhe subió a su caballo y ahora se dirigió en dirección a la mansión Mizar.
Llegó, sin fijarse en los detalles tenebrosos del lugar. Parecía que el paisaje se ennegrecía cada vez que se aproximaba a la mansión de Syd. Parecía estar siempre asolada por el mal tiempo y la luz parecía ser escasa. Parecía un rincón olvidado por los dioses.
Cabalgaba a todo galope cuando a lo lejos vio una silueta conocida.

– ¡¡SOOOO!! – Jaló las riendas de su caballo haciendo que se detuviera antes de arrollar a quien había ido a buscar.

Bajó del percherón a toda prisa cuando vio las condiciones en la que su pareja se encontraba. Estaba vestido con la bata de dormir y parecía no llevar nada abajo. Parecía distante, preocupado, desesperado, nervioso.
Parecía buscar algo que se le hubiera perdido. Algo muy valioso.

– ¡¿Dónde está?! – Gimió al ver a Dubhe aproximarse. Siegfried no reconoció a su amigo en ese momento. – ¡Lo he perdido!... ¡Lo he perdido! –
– ¡Syd! ¿Qué sucede? – Lo abrazó fuertemente y lo sintió frío. Se quitó la capa y lo envolvió con ella para arrastrarlo al interior de la mansión.
– ¡Debo encontrarlo! ¡No debo perderlo! ¡No quiero perderlo! – Parecía hablar incoherencias y sólo por un breve momento, Dubhe pensó en que quizás Syd se refería a Alberich. Pero descartó la idea. Sabía la antipatía que Syd sentía por Alberich, le era difícil suponer que quizás lo amaba también.

Syd forcejeó débilmente contra los brazos de Dubhe que lo llevaban a su habitación para recostarlo mientras Igor corría detrás de ellos con una taza de té para tranquilizar a su amo.
Syd no deseaba renunciar a su búsqueda, había pasado toda la noche en vela, preocupado, sin dejar de caminar como tigre enjaulado por su habitación arrojando papeles al suelo, deshaciendo su cama, arrojando las almohadas por la ventana.
Syd sabía que Bud se había enterado de la estúpida confesión que hizo frente a todos. Frente a Megrez, a Siegfried y un puñado de cientos de soldados, incluyendo a Mime y a Hagen.
Pero tenía que explicarle, decirle que no tuvo opción. Estaba siendo presionado y tuvo que mentir o le descubrirían el romance prohibido que tanto guardaba.
Cuando a Mime se le metía el gusanito de saber quien es el amor de cada quien, tenía una manera de sacarlo que era casi imposible zafarse. No tuvo otra opción que mentir, diciendo que era un homosexual enamorado de su capitán para dejarlo callado y que dejara de entrometerse en su vida.
Todo el mundo quedó en shock al enterarse y en ese momento, nadie vio la expresión de Megrez y la del mismo Mizar, más que Siegfried.
Alberich dejó ver como su corazón se le partía en dos y Mizar ocultó la cara como si hubiera metido la pata en un grave aprieto.
Más Dubhe puso más atención a la expresión de Alberich que a la de aquel quien ahora es su pareja formal.
Syd ahora permanecía quieto en la cama, con el té entre sus manos, temblando ligeramente. Nervioso. Era obvio que temía algo, por lo pálido y ojeroso que estaba. Desaliñado y un poco sucio.
La bata le colgaba por un hombro, dejando ver que efectivamente, estaba desnudo bajo la seda azul oscura que lo cubría.
Cómo si hubiera esperado a un amante durante toda la noche.
– ¿Te sientes mejor ya? – Preguntó Siegfried intentando acechar su mirada perdida y quitándole la taza de té vacía.
– Si… – Contestó sin mirarlo, viendo al mismo punto que miraba desde hacía varios minutos atrás.
– Syd… ¿Qué sucede contigo? – Dejó la taza en la cómoda junto a la cama y llevó sus manos para sostener las de Syd.

Mizar no supo como responderle con palabras, pero apretó sus manos y cerró los ojos. En ese momento, Dubhe supo que estaba a punto de quebrarse en llanto, por lo que lo jaló hacia su pecho para abrazarlo.

– Calma… tranquilo. Todo estará bien. Dime qué te sucede. – Insistió mientras acariciaba su cabeza. Mizar se negaba a contestarle. – Dime… nos tenemos suficiente confianza, por favor, Syd… –

Siegfried empezó a ser insistente. Tanto que Syd ya no supo que otra cosa hacer para distraerlo. Algo tenía que hacer para no ser descubierto y revelar su más oscuro secreto, por lo que no tuvo más remedio que jalarlo y besarlo con pasión para que se olvidara del asunto.
Dubhe se sorprendió, pero tal como lo había pensado, sentía esa atracción por Syd, tan fuerte, que no podía negar lo mucho que lo deseaba.
Con eso, fue fácil distraerlo.
Siegfried sujetó la cintura de Syd con ambas manos, sintiendo la tela de seda arrugarse entre sus dedos. La fricción de la tela contra la piel de Syd le pareció muy estimulante y de nuevo vino a su mente la figura desnuda de su amigo de la infancia.
Siempre le había parecido un hombre muy atractivo. Y en estos momentos, aún así, desaliñado, no le era indiferente. Al contrario. Tenía un aspecto salvaje… excitante.
Lo pensó demasiado cuando sintió las garras de Syd arañar su espalda, como si se resistiera a algo.

– No… no… disculpa, pero no puedo… – Lo empujó separándose de él mientras la bata caía por completo de sus hombros, dejándole cubierta la cintura y una pierna.
– No, Syd. No me hagas esto. No ahora… – Dubhe sujetó su rostro para atraerlo, pero Syd retrocedió queriendo evitar el contacto.

Pero Siegfried se portaba de nuevo insistente y lo siguió hasta hacer que resbalara y cayera contra la cama.
Igor salió de puntillas cerrando las puertas al ver que la situación era comprometedora. Ni ellos se habían percatado de su presencia.

– Te deseo, Syd… no huyas de mí, cómo lo has estado haciendo desde hace semanas. – Gateó sobre él, inclinándose para besar su cuello mientras Syd intentaba rechazarlo sin tocarlo, como si tuviera miedo de tocarlo.

Suaves palabras surgieron de su boca, susurrándole al oído, tratando de tranquilizarlo mientras desataba el cinto de la bata de seda para descubrirlo. Mirarlo como lo había estado soñando en las últimas noches.
Syd se encontró en la encrucijada de su vida. A este punto, ya no tenía escapatoria y se encontró a sí mismo, pronunciando su nombre en voz baja. Queriendo negarse al deseo que empezaba a crecer en él.
Los labios de Siegfried se posaron en su pecho muy suavemente, tratando de relajarlo. No fue hasta que Syd hizo contacto visual con él, que Dubhe se incorporó, quedando de rodillas sobre la cama, para empezar a abrirse la camisa.
Notó como le miraba atento a cada movimiento. Notó el temblor de sus labios y su respiración que se agitaba, temeroso.
Siegfried pensaba que Syd apenas era primerizo. Nunca antes le había conocido novia o amante. Muchas pretendientes y algunos admiradores, pero nada serio.
Prosiguió con el cinturón, para poder abrir su pantalón, sin siquiera quitárselo.
De nuevo se inclinó, besando su vientre ahora, siendo más apasionado y aferrando sus manos a su cadera. Subiendo hacia su pecho y hundiendo sus labios entre sus pectorales.
Syd sintió que los ojos se le iban en blanco y le dolió tragar saliva dejando oír su garganta como si hubiera tragado algo grande.
Esto llamó la atención de Dubhe que subió a besar su cuello, morder la piel suavemente para luego buscar sus labios y arrebatarse con un beso desenfrenado.

– ¡Te deseo…! ¡Syd! – gimió contra su boca, sintiendo la lengua de Mizar contestarle con la misma devoción.

¿Por qué negarse? A Syd también le gustaba. No lo amaba, pero le causaba fascinación.
Sus garras se enredaron en su cabello y sus piernas abrazaron la cadera de Dubhe, apretándola contra la suya, sintiendo su sexo pegarse a la tela del pantalón de Siegfried, lastimándose un poco.
Pero así le había enseñado Bud, con un poco de dolor y mucho placer.

– ¡Siegfried! – gimió su nombre cuando lo hizo cambiar de posición, rodando sobre la cama, sintiendo que había cierta compenetración, cierto acuerdo.

Era muy diferente de Bud que lo dominaba por completo. Siegfried, le estaba dando ciertas libertades al ponerlo arriba.
Apretó sus piernas contra su cintura, sintiendo sus muslos desnudos rozar contra la tela del pantalón. Notando su erección y sintiendo el bulto dentro del pantalón de Dubhe que estaba a sólo unos milímetros de escapar de su prisión.
Era momento de probar esa cierta libertad que Dubhe le daba.
Se deslizó lentamente sobre él, bajando mientras su lengua dejaba un camino de saliva en su vientre, dejando que sus garras se adelantaran para abrir más su pantalón y dejar salir su sexo.
Lo jaló un poco más y sacó también sus testículos a los cuales les prestó atención antes que a su pene.
Siegfried no podía creer lo que estaba sucediendo. Parecía que Syd se había desatado como la fiera que es.
Tensó los dedos y se mordió la lengua al sentir la de Syd frotarse contra la piel sensible de sus testículos. Sintió ganas de patear algo, lo que fuera que no sea Syd. Sentía toda la corriente eléctrica recorrer sus piernas, llegar a la punta de sus pies y regresar de golpe contra su cadera y agudizarse en su columna.
Esta sensación se hizo más fuerte cuando sintió el calor de la boca de su, ahora sí, AMANTE, contra la punta de su pene. No pudo evitar sacudirse por el espasmo provocado por el simple toque de su lengua.
Era evidente que Syd estaba disfrutándolo, pues no parecía querer dejarlo. Dubhe empezó a pensar en que si acababa en estos momento, le tomaría tiempo reponerse para lo que realmente deseaba hacer. Penetrarlo, hacerlo suyo, poseerlo, ver que se retorciera bajo su cuerpo y sobre el suyo mientras lo reclamaba, pensando que era el primero en su vida.
Lo empujó lentamente obteniendo un gemido de reclamo, pero dejó que lo empujara hacia el otro lado de la cama.
Se detuvo de nuevo para mirarlo. Ver como inocente escondía su erección flexionando las piernas y recostándose de lado suavemente mientras su pelo se extendía revuelto sobre la sobrecama, cayendo por los bordes de esta.
Vio como su mano se posaba sobre sus labios y mordía sensualmente sus garras tratando de recuperar un poco el aliento, esperando a que Siegfried hiciera algo.
Sujetó sus rodillas con ambas manos para abrirle las piernas. Deslizó sus dedos por sus muslos, hasta sus ingles, viéndolo arquearse despacio, sensual, oyéndolo gemir y casi ronronear como gatito.
Apretó su sexo con ambas manos sin cerrarlas sobre su sexo, friccionándolas, haciendo que la piel se estirara de un lado y luego hacia el otro. Vio como cerraba los ojos y su boca se abría. Notaba sus ingles tensarse, dejando ver el tendón sobresalir y hacer lucir más atractivo su cuerpo. Echaba la cabeza hacia atrás, dejando salir igual, ambos tendones y la manzana que se movía al tragar saliva.
Masturbarlo así, viendo como se retorcía con el toque de sus manos le hizo recuperar el deseo que por unos momentos, Syd había saciado con su boca.
Apretó una mano en su sexo para masturbarlo con más precisión y su otra mano no pudo evitar la tentación de apretar con sus dedos el tendón de su ingle, logrando arrancarle un gemido fuerte y un movimiento brusco que lo tradujo como una descarga de placer que golpeaba su cuerpo sin clemencia.
Disfrutó verlo así. Como nunca antes había visto a nadie desenvolverse en la cama. Ni el mismo Alberich… y sin embargo, no era lo mismo.
Syd sentía que hacía falta el elemento cruel para que fuera como Bud.
Por más placer que sintieran ambos en estos momentos, no era lo mismo y no llegarían al punto absoluto como con sus respectivos amores.

En esto pensaban mientras en la cabaña de Bud, Alberich había tomado la ventaja de la vulnerabilidad de Alcor para hacerlo caer en su trampa. Así se vengaría de Syd, convirtiendo a su hermano en su amante.
No le dio tiempo siquiera de reclamar. Lo jaló hacia la cama y abrió su camisa arrancándosela para besar su pecho. Bud no supo como reaccionar, pues estaba algo confundido por todo lo que había oído y presenciado.
Pero le hacían falta esos mimos y desquitarse para poder relajarse. No tardó en seguirle el juego a Alberich, levantándolo de la cintura y tirándolo contra la cama.
Él era el dominante y no iba a dejar que lo doblegaran fácilmente.
Alberich lo besó apasionado y Bud le devolvió el gesto siendo más salvaje, mordiéndolo mientras lo despojaba de la ropa que llevaba. Alberich luchaba contra el cinto de cuero que llevaba ceñido al pantalón hasta que logró soltarlo dejando a Bud desnudo antes que a él.
Bud era más directo en cuanto a lo que quería y tomaba las cosas cuando lo deseaba. El cuerpo de Alberich le pareció pequeño, pero ese era uno de sus tantos encantos. Era como hacerle el amor a un jovencito.
Su piel blanca, casi lechosa, suave. No era musculoso y no alcanzaba la firmeza del cuerpo de Syd. Alberich era más un pensador que un guerrero.
Alberich encontró el cuerpo de Bud, más interesante aún. Lleno de cicatrices, la piel casi apretándole los músculos cuando se tensaba. Era macizo, pero excitante. No exageraba con el tamaño de sus músculos y estaba muy bien proporcionado.
Alberich casi podía hacer un cálculo matemático que le diera un perfecto absoluto con su cuerpo. No era tan largo como Dubhe.
Sin embargo, su rudeza le sacaba de sus casillas y a Bud le empezaba a desesperar la resistencia de Alberich por ir más despacio.

– ¿Vas a dejarte o no? –
– ¿Puedes deja que me excite y luego continuamos? – Le contestó con ironía, Alberich.

Bud murmuró algo de mala gana y se sentó al borde de la cama sencilla. Con una notable erección que empezaba a molestarle. Se notaba en la manera de cómo su labio superior se arqueaba.
Alberich optó por enseñarle como debía proseguir.
Tomó las manos de Bud y las colocó en su pecho haciendo que sus dedos rodearan sus tetillas. Hizo lo mismo para darle un ejemplo.
El resultado fue muy bueno. Ambos empezaban a seducirse y Bud entendió el chiste de la seducción.
Hacer el amor no era solo venir como cavernícola y prácticamente violar a su pareja, como lo había estado haciendo con Syd. Si no que debía de darle un poco de placer, hacerle sentir deseado.
Ahora lo entendía todo.
Esta vez fue suave y con un beso hizo que Alberich cayera recostado sobre la cama. Jugó con sus labios, abriéndolos con su lengua mientras sus manos ahora se paseaban por sus piernas, levantándolas para acomodarse entre ellas.
No podía esperar. Tenía que entrar ahora o no soportaría el dolor.
Alberich abrió los ojos al darse cuenta, pero ya no podía hacerlo retroceder.
Tan sólo pudo gemir, gritar mientras se arqueaba sobre la cama al ser penetrado por Bud.

Justo en ese momento. Syd yacía boca abajo y los dedos de Siegfried estaban embarrados de semen que Mizar había eyaculado momentos antes. Dubhe usaba la secreción para embarrar la entrada de Syd, metiendo sus dedos y moviéndolos despacio mientras lamía su espalda que se tensaba a cada momento.

– Voy a hacerte mío, Syd. – Habló contra su nuca mientras sacaba sus dedos y antes de que se cerrara de nuevo, colocó la punta de su pene en la entrada.

Sujetó su cadera con fuerza y lo jaló mientras empujaba su cadera hacia delante, penetrándolo.
La boca de Dubhe había atrapado el pelo de Syd y lo jalaba cada que Syd intentaba dejar caer su cabeza hacia delante.
Lo escuchaba gemir intenso, viendo como se agitaba a momentos y luego bajaba el ritmo de sus jadeos.
Así siguió el ritmo de su cadera, siendo lento, pero embistiéndolo fuerte o rápido y sin cuidado. Dejando que el desenfreno lo poseyera.

Así desenfrenado acabó Bud, sujetando a Alberich contra su voluntad e ignorando ya sus pasos de seducción. Bud quería poseerlo y nada más.
Alberich se quejaba y estaba algo asustado por la manera en como Bud se le salía de control. No era como Siegfried que podías decirle en ese momento que parara y lo hacía. A regañadientes, pero se detenía.
Bud no. Bud parecía ser una máquina de instintos que en ese momento pensaba con el pene y no con la cabeza.
Alberich estaba sorprendido de cómo se privaba. Ahora no estaba asustado, ahora estaba fascinado.
No le quedaba otro remedio que disfrutarlo.

Y Syd, vaya que lo estaba disfrutando. Estaba gimiendo como pocas veces lo hacía. No era que comparara a Bud con Siegfried, simplemente eran diferentes. Sin embargo, Dubhe tenía ese elemento seductor, que le hacía estremecer antes de explotar en un orgasmo.

Y Alberich se sorprendió al tener un orgasmo potente que ni el mismo Siegfried le había arrancado. El salvajismo de Bud, los arañazos, las mordidas, las marcas le habían parecido una experiencia nueva.
La manera en como lo controlaba, lo sometía le había parecido excitante. Nadie lo había doblegado así en toda su vida y esto era nuevo para él.

Syd se sorprendió cuando Siegfried le pidió que lo montara. Ir arriba iba a ser algo muy nuevo para él, pero al hacerlo, sintió que tenía el control a pesar de ser él quien debía ser el sumiso.

Y vaya que Bud sometió a Alberich quien ahora mordía la almohada ahogando sus gritos y apretando sus puños hasta dejar sus nudillos blancos y sus dedos rojos por la presión.
Podía sentir todo su cuerpo sacudirse con movimientos violentos, ocasionados por los embistes de Bud que no se preocupaba en lo más mínimo por el hilo de sangre que caía entre las piernas de Alberich.
Ya ni dolor sentía. Ya no le importaba porque esto estaba siendo, increíble. Completamente nuevo para Alberich de Megrez.

Siegfried sintió el orgasmo explotar dentro de Syd, el cual pareció elevarse de la cama a un punto más alto, empujado por la cadera de Siegfried y sintiendo unas gotas calientes caer sobre su vientre, notando como Mizar había eyaculado de nuevo al sentir el orgasmo al mismo tiempo.
Syd se dejó caer a un lado de la cama al igual que Bud junto a Alberich. Abriendo sus brazos y mirando al techo, agitados, sudorosos, absortos por la nueva experiencia, sus nuevos amantes.
Sin embargo, no podían dejar de pensar en el amor que sentían. Al igual que Alberich y Siegfried en ese momento. Aunque el sexo fue grandioso, excelente, ¡SUPREMO!... preferían el calor y lo acostumbrado de los brazos de sus amantes, de sus amores.

Ahora los cuatro pensaban… en que estaban enredados en un buen lío.


Continuará.


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Mizar
Posted: Feb 18 2006, 11:15 AM


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Capítulo 5.- Garra del Tigre. Colmillo de Lobo

Después de aquella experiencia reveladora, los 4 caballeros de la Orden de Odín, regresaron a sus labores cotidianas.
Extrañamente, Syd y Siegfried se habían distanciado bastante, pero los ojos vigilantes de Bud y Alberich no dejaban de seguirlos.
Las cosas se tornaron extrañas. Alberich huía de Siegfried cuando lo veía, Bud no se le aproximaba a Syd cuando estaba solo. Dubhe y Mizar ahora se concentraban en las misiones, en las tácticas y el entrenamiento. No más charlas personales, no más amistades de años.
Las cosas se habían enfriado a un grado que podríamos compararlos con un cero absoluto.
Vivos, conservados, pero fríos, muertos en vida.
Las cosas iban a quedarse así, si alguien no daba un paso adelante y tomaba una decisión absoluta.
Pero Syd no soportó tal castigo.

– Bud, háblame… Vuelve a hablarme de las montañas del Sur… – Rogaba en las noches cuando se acostaba, solo en su cama, esperando su llegada, pero no sucedía. – Cuéntame de los guerreros del Sur… ¿alguna vez peleaste contra ellos? – Insistía hablándole a la oscuridad mientras se volteaba y abrazaba su almohada.

Bud tan sólo lo miraba desde las sombras, oyéndole hablar, hacer preguntas de las cuales tenía respuesta, pero que no contestaría sólo por castigarlo.

– Por favor… por favor, Bud… – La voz de Syd se oyó suplicante bajo los cobertores de piel y sábanas de seda y satín negro. – Háblame, Bud… ahh… – Alcor se quedó mirando como las sábanas se movían extrañas. El cuerpo de Syd se removía, temblaba. Las telas parecían hacer un escándalo ante el silencio que reinaba. – Buuud… Nnhhhg… – Cerró los ojos ocultando su rostro con una mano, oyendo los gemidos de Syd que lo provocaban, que le hacían tragar profundo, sintiendo que iba a llevarse su manzana de Adán al estómago.

Un gemido más fuerte y Bud levantó la cara viendo como Syd se reincorporaba sobre la cama, hincado en ella, con la bata de dormir a medio caer mientras se masturbaba gimiendo su nombre. Apretó sus dedos contra la pared y clavó sus ojos en su figura que se movía insinuante, provocativo.

– Sal… Mmhh… Sal y ven por mí… Odín… hhh… – Pero el acuerdo con Alberich era dejarlos en abstinencia absoluta. Aunque murieran aguantando, los harían volverse locos por no poder tener lo que deseaban.

Se ocultó tras la columna, protegido por la sombra y apretó los puños, cerró los ojos con fuerza para no dejarse llevar. Syd llegó a un orgasmo en el cual gritó su nombre y gimió extasiado. El sonido de su respiración agitada inundó el lugar. Bud acechó tan sólo por curiosidad y encontró la escena más tortuosa que su mente alguna vez hubiera podido ver.
Syd llevaba sus dedos llenos de semen a la boca, de una manera vulgar, como las cortesanas solían mostrarse ante sus clientes.

Era en este preciso momento, cuando Bud se daba cuenta de que él no era el único que podía ser cruel. Syd podía serlo también si lo deseaba.
Bud terminó dejando que sus piernas se doblaran y cayera hincado al suelo, impactado de cuanta sensualidad desbordaba su hermano y comenzaba a preguntarse quién era el torturado en este juego.

Siegfried no sabía como llegar de nuevo a Alberich. Deseaba hablar con él, decirle que había sido un malentendido enorme, que estuvo equivocado y que estaba arrepentido de lo que hizo.
Pero cada que se lo topaba, lo encontraba acompañado y si lo hallaba solo, estaba demasiado ocupado para hablar.
Alberich encontraba la situación muy conveniente. Todo parecía regresar al inicio.

– Alberich… ¿Cuántas veces más tendré que rogarte? – Dubhe perseguía a Megrez por los pasillos mientras éste repasaba un montón de hojas con los dedos, ignorando a su capitán que le seguía casi arrastrándose a sus pies. Cada que otro soldado aparecía, siegfried se reincorporaba y levantaba la cabeza como si no pasara absolutamente nada. Alberich tan sólo reía y disfrutaba de hacerlo sufrir.

Por varias semanas estuvieron así. Siegfried ya no sabía cómo llamar la atención de Alberich y éste se reía cuando le decía las cosas de frente.
Dubhe comenzaba a creer que no tendría oportunidad de nuevo y la sola idea empezaba a comérselo vivo.
Ya no pedía consejo a Syd, se habían distanciado demasiado desde que tuvieron relaciones.
En cambio, Bud y Alberich, parecían estar más compenetrados en su plan.

– ¡No aguanto! ¡Syd es cada vez más tentador y yo no sé como descargar todo esto! Sabe que estoy evitándolo. Sabe que estoy ahí todas las noches y me provoca… – Decía Bud mientras caminaba de un lado para el otro, atravesando la habitación de la torre en el Palacio como bestia enjaulada.
– ¡Paciencia! Paciencia… debemos aguantar un poco más, hasta que ellos hagan algo que nos deje ver lo mucho que harían por nosotros. Si es posible, que intenten matarse. – Sonrió Alberich. Realmente él estaba dispuesto a que Siegfried recibiera castigo, pero Bud no podía soportar la idea de que Syd intentara herirse.
– Estás loco… – Gruñó Bud mientras se sentaba en el borde del ventanal y miraba la nublada sobre sus cabezas.
– Créeme… todo saldrá según lo planeado. – Habló con seguridad, Alberich mientras se llevaba la pipa a la boca y soltaba un pequeño aro de humo.
– Eso espero… – contestó Alcor que afilaba la mirada al puente y de pronto escuchaba los cuernos del vigía sonar.

Un viajero llegaba al palacio.
Bud olisqueó el aire y de pronto sintió el aroma de los vientos del Sur. Sintió un olor conocido y poco agradable.

– ¡Odín!... No me digas qué… – Abrió los ojos mientras veía a los caballos entrar y ser recibidos con reverencias y canciones.
– ¿Qué pasa? – Preguntó Alberich.
– Tenemos visitas… y me huelen a problemas… ¡NO!... Tenemos un SERIO problema. – Finalizó al darse cuenta de que entre la caravana sureña estaba un hombre al que creyó que jamás volvería a ver.

Alberich asomó por el ventanal y levantó ambas cejas mientras soltaba otro aro de humo. Estaba intrigado y Bud parecía saber más de lo que aparentaba acerca de esas inesperadas visitas.

– Cuéntamelo todo, sin perder detalle. – Pidió. Sólo esperaba que la presencia de aquellos viajeros, no interrumpiera sus planes.

Abajo. Doncellas y sirvientes recibían con gozo a los invitados. La misma Hilda de Polaris bajó al trono para recibirlos y les ofreció hospedaje y la cena en grande fiesta. Los invitados estaban más que agradecidos por la hospitalidad de su gente y entre esas sonrisas agradecidas, una sobresalía como los dientes de un lobo a punto de devorar su presa.
Hilda no pudo evitar mirarlo. Sus ojos verdes parecían devorarla ya con la mirada. Ella solo sonrió con nerviosismo… pero esa misma noche, Polaris dejó de ser la casta representante de Odín.

Al día siguiente, Alberich andaba por el palacio a pie rápido. Lo que Bud le había contado quizás pudiera afectar sus planes a un grado mayor de lo que pensaba. Debía estar preparado. No le daba buena espina la anécdota de Alcor. Aunque por ahora, los únicos en peligro serían Alcor y Mizar.
Si es que Mizar no se aparecía antes.

– Ahh... ¿Alberich? – Oyó la voz de Mizar de pronto. Volteó a mirarlo con los ojos muy abiertos. Algo tenía que hacer para sacar a Syd de ahí, antes de que le vieran. – ¿Podemos hablar un momento? Sé que no quieres hacerlo, pero creo que es necesaaaa… ¿Adonde me llevas? –

Alberich jaló a Syd del brazo para sacarlo del área visible, en medio del atrio. Por intereses de compañero y los suyos mismos, debía de cuidar las espaldas de Syd y esperaba y no, de Siegfried también.

– ¡Calla! O nos oirán… – hizo una señal de silencio para que bajara la voz.
– Esto es muy extraño, Alberich… mira, yo sólo quería pedirte perdón por todo y… – Y se daba cuenta de que Alberich no le prestaba atención, pues miraba de un lado para el otro, acechando entre las hojitas de los muros de plantas que formaban el largo pasillo hacia el laberinto del Jardín real.
– Es por tu bien, Syd. No entres al palacio, regresa casa y tómate un té. – Le dijo sin haber escuchado las disculpas anteriores. Ahora le preocupaba más la presencia del “Lobo” que Bud le había contado.
– Tengo pendientes que atender con Lady Hilda. No puedo evadir mis obligaciones. – Dijo mirándolo con el ceño fruncido. – Bueno, tan sólo quería decirte que siento mucho haber interferido entre tú y Siegfried y aclarar que lo que dije aquella tarde, no era cierto… sólo fue por quitarme a los preguntones de encima. – Dijo encogiéndose de hombros y soltándose de las manos de Alberich que lo sujetaban de ambos brazos.

Alberich levantó ambas cejas nuevamente y vio como Syd caminaba hacia el palacio.

¡Idiota! ¡¡Date la vuelta!! – Pensó Alberich mientras se comía las uñas. Si aquel sujeto lo veía, iba a armarse un lío espectacular.

Más tardó en pensarlo, que en desencadenarse aquel titán de problema que se le paraba por detrás a Megrez.

– Asgard del Norte… En éste sitio el sol dura menos, interesante… y también la vista. – La voz habló fuerte, vibrante, seductora. Sólo escucharla hizo que su piel se le erizara por completo y que los músculos de los hombros se le engarrotaran.
– Sin… duda. – Contestó dudando de voltear y al hacerlo, notó que los ojos verdes del Capitán del Sur estaban posados en la figura de Syd que se alejaba sin saber nada de lo que había pasado entre aquel sujeto y Bud y su completa ignorancia de que tuviera un hermano gemelo.
– Hacía mucho que no miraba este paisaje… – Dijo pasando de largo y dirigiéndose hacia dónde el gemelo de Alcor se encontraba, ya en su rutina, verificando el mantenimiento de las armas.

Alberich tragó saliva y lo único que pudo pensar fue en llamar su atención.

– ¡Si! Sin duda hoy hace un excelente día. ¿No le gustaría dar una vuelta y maravillarse con la belleza del Norte? Ammm… ¿Señor? – Dijo colocando su mejor sonrisa. Por un segundo creyó que aquel hombre lo ignoraría, pero más temor tuvo cuando volteó hacia él, sin antes dedicarle una última mirada a Syd que no se percataba de las intenciones del visitante.
– Loki… llámame Loki – Sonrió encantador y se acercó tanto que Alberich no pudo evitar en pensar que aquel hombre invadía su espacio personal.
– Bien… señor Loki –
– Loki a secas… –
– Umm… Loki, a secas… ¿Le gustaría conocer el pueblo? –
– Si me llevas a una buena taberna y me prometes buena compañía… supongo que sí –

Alberich sonrió con más nerviosismo y pestañeó un par de veces.
¿Qué tenía este sujeto que de pronto le hacía temblar? El tamaño o sus ojos… alguna de esas dos cosas dejaba a Alberich al borde de la histeria.
Syd apenas levantó la mirada viendo como Alberich salía con un hombre que le doblaba la estatura y que de espaldas parecía terriblemente atractivo.
Miró al suelo un momento, cuestionándose si habría hecho bien al pedirle disculpas por lo de Siegfried, pero quizás Alberich ya tenía a alguien más y quizás con eso ya no ayudaría a la situación de Siegfried. Aunque en su situación ¿quién le ayudaba?
Sin embargo, Syd no tenía idea de que ese sujeto formaba parte del terrible pasado de Bud, su entrenamiento lejos de él… y de su “relación”.
Sin contar con que Loki no tenía idea de que Bud tenía un gemelo y en su locura de odio hacia su hermano, le dijo al guerrero del Sur que se llamaba “Syd” y no Bud.
Continuará


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aldebaran_yaoi
Posted: Jul 26 2006, 04:35 AM


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I-chan no nos dejes con este suspenso... qué más va a pasar??
Subí más, prontito :ok: :heart: :inlove:

:ok: Me encantó.... :clap: :clap: :clap:

Espero que Syd y Sigfried sufran por lo que les hicieron a Albe y a Bud... pero espero que Loki al pelirrojo no le haga nada malo XDD ^.^


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Mizar
Posted: Jul 26 2006, 05:57 AM


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Jajaja espero poder acabar el siguiente capítulo XD que ya me ha llevado bastante. No encuentro como salir de cierto enredo, pero algo se me ocurrirá xD jajajaja.
Gracias y me alegro mucho de que te haya gustado el fic ^________^


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Mizar
Posted: May 1 2007, 01:13 AM


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Al fin! Otro capítulo más XD

Capítulo 6: ¿Confusión o Cambalache?

Syd prosiguió con sus actividades en el palacio. Las consortes de Hilda se paseaban de un lado para el otro, con el rostro escandalizado, pues rumores de que el Avatar de Odín se había denigrado al caer entre las manos de un hombre del otro extremo del país.
Sin embargo, Syd pensó que tan sólo eran eso: Rumores.
La noche anterior le había pedido a Bud que le contara de los guerreros del Sur. Sabía que llegarían esas visitas y era su deber como embajador servirles de guía y hablar de los tratados y las alianzas entre los extremos del país. Y para comenzar las actividades, debía de pedir permiso a la representante de Odín y prácticamente reina de Asgard del norte.

– … Entonces cuento con su permiso. – Dijo al final de la charla diplomática con Hilda.
– Tienes mi permiso y la bendición de Odín. Quizás será necesario que viajes con el general Garm y sus hombres al Sur para completar la alianza. Eso, si es necesario. – Hilda hablaba tratando de mantener el temple posible, pero cada que mencionaba a Loki de Garm, un ligero rubor aparecía en sus mejillas pálidas, dándole vida. Syd no pudo dejar de observarla cuando aquello sucedía.
– ¿Se siente bien, Señorita? – preguntó sin la intención de indagar en su vida.
– ¡No!... No… – la exaltación de Hilda fue obvia. Algo había pasado. – Bueno… Mmm… Mizar... ¿Puedo hablar contigo un momento? –
– Señorita. Soy su humilde sirviente y me postro ante usted. Disponga de mí como le plazca. – Contestó con la educación y elegancia que siempre lo hacía sobresalir de entre todos los Dioses Guerreros de Asgard.
– Como confidente… y amigo, Syd. – Mizar levantó la cabeza. La petición de Hilda le había sorprendido.
– Tu dirás, Hilda. – Se atrevió a confiar en ella y se levantó. Fue en ese momento, que Hilda se corrió un poco en su trono, dejando un espacio para Syd. Era tan delgada que ella y Flare cabían en el trono y aún así, les sobraba espacio. Syd encajó muy bien en ese trozo de trono. Aunque en realidad, la situación le parecía un tanto bizarra.
– Quiero confiarte esto, Syd, porque he escuchado de tu relación con Siegfried. – A Syd por poco se le sube e desayuno y lo vomitaba frente a Hilda. Por un momento palideció y después se sonrojó terriblemente, encogiéndose de hombros, bajando la cabeza, apenado por el rumor que ya le había dado la vuelta al Palacio.
– No sé que habrá escuchado, pero le aseguro que no tenemos nada más que una amistad duradera. – Dijo mientras se rascaba la cabeza por los nervios.
– No es lo que dicen por ahí… pero, vaya. No eres el único que ha tenido relaciones indebidas en estos días. – Por como lo dijo y por el rubor ardiente que figuraba en sus mejillas, Syd no necesitó escuchar más, para saber que Hilda y el General del Sur habían… No habían dormido la noche anterior.
– Los rumores también han corrido, su majestad. –
– Hilda… dime Hilda. –
– Hilda… pero, usted es una mujer, madura, conciente y también con necesidades. Ya suficiente ha hecho por Asgard y todo el mundo se lo agradece. No veo que mal pudiera traer el tener una noche apasionada. – Syd sonrió al ver la hermosa risa de Hilda aparecer y sonar tintineante rebotando por todo el salón. Pocos tenían la fortuna de verla sonreír así y cuando lo hacía, hacía feliz a cualquiera que estuviera cerca.
– Aún así, mi pueblo no lo aprobaría. Aparte de que he escuchado lo que dicen del General Garm y… aunque inspira desconfianza, no pude evitar ser seducida por su encanto. –
– Debe ser un sujeto con mucho carisma. – resolvió Syd. Comenzaba a intrigarle de verdad.
– El punto es… que me ha preguntado por ti en la mañana. Pensé que le conocías y te quería pedir consejo. –
– No, Hilda. No lo conozco. Ni siquiera sé quién es y no tengo idea de cómo sabe mi nombre o sus motivos para preguntar por mí. – Contestó un poco más rígido. No esperaba que Garm estuviera interesado en él.
– Oh… – El rostro de Hilda se entristeció. Pero la mano de Syd rodeó su hombro abrazándola para darle ánimo.
– Quizás Garm no sea de los que se establecen con una familia, pero el día que llegue el hombre indicado, no te preguntará por lo que hiciste o no la noche anterior. – Hilda lo abrazó efusivamente, pero eran sus propias palabras las que ahora le hacían dar vueltas a lo que sucedía entre él y Bud.

Desde las sombras, Bud de Alcor oía todo. Cuán preciso solía ser Syd para dar consejos a otros y animar corazones afligidos. Cualquiera pensaría que no rompe ni un plato pero Bud sabía que Syd se contenía demasiadas cosas, tal como él lo hacía en el pasado y que un hombre logró abrirlo como una caja de Pandora.
Y ese hombre estaba ahora con Alberich de Megrez, camino a una taberna.

– Las tierras del Sur son muy austeras…– comentó Loki de Garm que caminaba a paso lento mientras Megrez intentaba seguirle a paso rápido. La diferencia de estaturas era tal que Alberich empezaría a llamarlo Montaña en vez de Loki.
– Vivimos al día, con lo poco que logramos cultivar. – dijo para armar plática.
– Aún así… el Norte tiene mucha belleza caminando… – dijo sonriendo malicioso al ver a unas campesinas risueñas, de piel pálida y jóvenes. Alberich rodó los ojos, sería porque a él no le interesaban las chicas, y al querer agregar algo más a la platica, notó que Loki lo miraba fijamente.
– … La… Taberna… es ahí. – apuntó. Megrez se reclamó así mismo el ponerse nervioso. ¡NADIE LO PONÍA ASÍ! Ni siquiera Siegfried.
– No quisiera entrar solo y me gustaría que me acompañaras. –
– ¡NO!... Yo no bebo… – los cambios de temperamento se estaban haciendo demasiado obvios. Garm sonreía con gusto. Megrez estaba poniéndose trabas y a Loki eso le divertía.

Hasta ahora, no había nadie, NADIE que se le negara. Era simplemente: Irresistible.
Aún a la negativa de Alberich, Loki lo jaló de los hombros y lo metió a la taberna. La música, el vino, el aguamiel y lo que se pudiera tomar, minó sus cuerpos y a las pocas horas, Loki salía aún sobrio, y Alberich completamente EBRIO.
No se entendía nada de lo que decía. Hablaba de estrategias y fórmulas de matemáticas que a cualquiera le hubiera dado un dolor de cabeza irresistible. Pero a Loki le gustaba escuchar su voz pues quería grabársela antes de escuchar sus gritos de placer.
Y entre tanto traspiés y tanto bamboleo, Loki lo tomó como ventaja para encasillarlo contra una pared y comenzar el cortejo buscando sus labios y besarlo.
Alberich se reía por las cosquillas que la respiración de Loki le provocaba contra su cuello.

– ¡Ay, yaaaa! – Y se oyó una tremenda carcajada de parte de Alberich y Loki se alejó tan solo unos centímetros para disfrutar aquella risa.
– Te ríes. Te gusta. ¿Porqué habría de parar? – dijo, para volver a besarle el cuello y colocar sus manos en su cintura, apretándolo suave contra su cuerpo.
– Buena respuesta… – contestó Alberich que de pronto cerró los ojos mientras comenzaba a sentir un calorcito agradable.

Pero más tardó Loki en acomodarse para sostenerlo y continuar, que Alberich cayendo dormido y roncando contra la pared.
Garm lo miró por un instante con gesto frustrado y luego sonrió, suspirando. El pequeño era alguien curioso a pesar de que muchos le habían comentado que era peligroso por lo inteligente que era.
A Loki no le parecía nada que no haya enfrentado antes. Nada como aquel alumno que entrenó y finalmente huyó de sus garras, desapareciendo por completo sin dejar rastro… hasta el día de hoy, que lo vio caminar hacia el palacio.
Loki tomó a Alberich de la cintura y lo colocó sobre su hombro, llevándolo de regreso. Así no tenía mucho chiste seducirlo, si no estaba conciente.
Procuró hacerse la nota mental de que para la próxima, no dejar que tome tanto, o mejor aún, evitar los licores.
Pero ahora, se le antojaba enseñarle una última lección a su antiguo alumno. Pues su burla le costó parte de su prestigio y nadie ponía en duda sus capacidades.
Ahora sabía que se paseaba por el palacio y la distracción ahora se encontraba dormido.

– Excelente pretexto. – murmuró, encaminándose al castillo y esperando tener la oportunidad de encontrarlo todavía ahí.

Bud los seguía de cerca, cuidando de Alberich para que no cayera en los trucos bajos de Loki. Lo conocía tan bien, que temió incluso por el hombre al que todos consideraban peligroso en Asgard. No era por subestimarlo, pero Bud sabía la amenaza que representaba Loki y más ahora que por culpa suya involucraba a su hermano.
No pasaba un minuto sin maldecir el momento en el que Bud le hizo creer que realmente se llamaba Syd y ahora le oraba a Odín por que no le sucediera nada malo a su adorado hermano.
Más, después de haber escuchado la plática entre Hilda y Syd, no podía dejar que fuera víctima del capitán del Sur.

Se adelantó para llegar al palacio antes que ellos y buscó a Syd por los pasillos, metiéndose a uno, mientras Syd salía por el otro, abriendo puertas para entrar cuando Syd iba saliendo por otra, perdiéndose entre la multitud de nobles que entraban cantando alabanzas a Odín y de los que Bud siempre se quejaba porque le provocaban dolor de cabeza.
Syd solo se sumaba a los cánticos y pasaba de largo para seguir con su labor en el palacio.
Y salió, distraído con unos informes en las manos, chocando que estuvieran ordenados y bien redactados. Y es que el informe de Phenryl nunca tenía sentido y mucho menos orden. Así que decidió entrar a la oficina para redactarlo nuevamente, lo poco que entendiera y poder pasar el informe sin problemas.
La puerta de la oficina se cerró al momento que la de la oficina de al lado se abría, para dejar salir a Bud, algo alterado por no encontrar a su hermano pero sentirlo tan cerca, cuando…

– ¡Ah! ¡Miren a quién me acabo de encontrar! – Se oyó una voz gruesa a sus espaldas y Bud tensó los hombros mientras se hundía en ellos. Conocía esa voz muy bien. – Tanto tiempo, Syd. –
– Loki… – dijo tragando saliva y volteando lentamente hasta encararlo. Lentamente levantó la cabeza y lo miró del pecho hasta la cabeza mientras intentaba mostrar una de sus mejores sonrisas.
– Esta mañana estabas vestido diferente. Conociéndote, no eres de los que cambia de atuendo cada tres horas. – dijo estirando la mano hasta su pelo y jugando con uno de sus mechones largos.
– Y veo que traes un regalo para mí, ¿eh? – Dijo Bud señalando a Alberich sobre el hombro de Loki.
– ¡Ah!... Si. Tu compañero parece haber bebido demasiado y vine a traerlo antes de que le suceda algo. – Lentamente lo deslizó de su hombro y lo bajó hasta cargarlo como a una señorita en peligro.
– Y conociéndote, ¡Ja! Tuvo suerte de que no le pasara nada. –

Loki afiló la mirada contra Bud, al que él creía que era Syd y recordó su última treta antes de huir del Sur y de sus brazos.

– Por lo visto, desde aquella vez, ya no me tienes respeto. – Dijo con voz severa y peligrosa. Bud solo se tensó y tragó saliva. Le había perdido respeto pero no miedo. Loki no era un cualquiera de quien se pudiera burlar a la ligera. De hecho, nadie se burlaba de Loki sin pagar las consecuencias.
– Eso fue hace mucho tiempo. Pensé que ya lo habrías olvidado. – Dijo Bud, quitándole a Alberich de los brazos y colocándoselo ahora él en el hombro.
– Nunca voy a olvidar, Syd… y mucho menos viniendo de ti. – Loki se acercó y pasó su mano por su rostro dejándole sentir sus dedos fríos para deslizarlos por sus labios. – Nunca voy a olvidarme de alguien como tú… –

Y justo antes de poder pensar en robarle un beso, apareció Tholl con su reporte.

– ¡Syd! Ahí estas. – Dijo el grandulón, inclinándose para no golpearse la cabeza contra el techo bajo del pasillo. – vine a traerte mi reporte de la mañana. Espero todo esté en orden… Oh, ¿Interrumpo algo? – Preguntó preocupado al ver que en el hombro de “Syd” estaba Alberich, inconsciente por el alcohol.
– Ah… ¡No! En lo absoluto, Tholl. El buen capitán Loki de Garm trajo a Alberich sano y salvo al palacio. – Dijo Bud, tratando de sonreír como Syd lo hacía para el gigante que sabía le inspiraba total confianza y hasta ternura. Pero a Bud le resultaba difícil sentir algo así con un mastodonte como Tholl.

Loki tan solo los miraba a ambos, como si algo raro sucediera. Podía intuir cierto comportamiento de desconfianza de Syd para con sus compañeros, cuando por todo Asgard había escuchado de su valor y su integración con todos los caballeros de Hilda.
Algo estaba pasando aquí y Loki intentaba desenmarañar el motivo oculto de todo esto.

Bud despidió a Tholl, dándole a Alberich para que le llevara a una habitación del palacio para que descansara hasta recuperar la conciencia y Bud tomó el reporte de Tholl sin saber que hacer con él.

– Será mejor que vaya a revisarlo antes de que pase más tiempo. – Dijo para quitarse a Loki de encima y caminando hacia la oficina donde se encontraba Syd para meterse y n salir hasta que Loki se hubiera ido.

Justo abría la puerta y Syd levantaba la cabeza para reclamar que toquen antes de entrar, cuando la puerta se cerraba de nuevo, de golpe, empujada por Loki, sin dejar que Bud escapara de él.

Lo encasilló contra la puerta y sujetó su nuca para besarlo a la fuerza mientras Bud intentaba forcejear, sin buenos resultados. Syd se levantó para regañar a quien estuviera azotando puertas, pero al querer abrirla, la encontró atorada.
Del otro lado, Bud había dejado de forcejear y sucumbía al beso intenso de Loki que mordía sus labios y arañaba su cintura por encima de la tela.

Habían pasado años desde que los dos se separaron y no en buenos términos.
Loki había jurado que le daría caza y que no le dejaría en paz hasta volver a hacerle su esclavo.
Syd era su favorito, y siempre iba a serlo, aún lo haya ridiculizado en público al huir y al apostar la dignidad del capitán si lo lograba.

Bud en cambio, por más que lo detestara, no podía evitar el ser hipnotizado por sus labios y su pasión. Loki era de esos tipos al que podías odiar y amar al mismo tiempo, pero para la mala fortuna de Loki, Bud ya amaba a alguien más.
Y eso no significaba que Loki, le fuera indiferente.

Syd al final, al darse cuenta de que alguna escenita apasionada se desenvolvía detrás de la puerta, terminó por dejar en paz a los tórtolos y suspirar, deseando que Bud estuviera aquí para sacarle del trabajo un momento. Pero soñaba mucho. Bud al parecer no deseaba volver a verlo, por lo que por un momento y por algún presentimiento extraño, se sintió verdaderamente miserable.

Por otro lado, Siegfried caminaba rumbo a la prisión para verificar que todos estuvieran trabajando y no durmiendo en horas de vigilancia. Pero se topó con Tholl que salía de la habitación donde había dejado a Alberich para descansar y se preguntó que hacía en esa parte del palacio.

– ¡Tholl! – Lo llamó y el gigante se puso derecho al reconocer la voz de su capitán y saludarlo, pero se golpeó la cabeza contra el techo.

“¡TUCK!”

– ¡Capitán! – Dijo, tratando de ponerse lo más firme que podía, pero no pudo.
– Descansa, amigo. – Dijo acercándose y Tholl se relajó. – ¿Qué hacías en una de las habitaciones del palacio y no en tu puesto, Phecda? – Preguntó, cruzando sus brazos por detrás de su torso con gesto firme.
– El capitán del sur trajo a Alberich y se lo entregó a Syd, quien me pidió que le trajera a descansar. Al parecer, estaba… bebiendo en horas de trabajo. – explicó algo apenado por tener que decir la verdad contra Alberich. Aunque muy en el fondo, Tholl se decía que se lo merecía por escarmiento a sus presunciones.

Sin embargo, la noticia hizo que los ojos de Siegfried brillaran y no tardó en darle la orden de retirada a Tholl.
El gigante se fue de inmediato en busca de Mime para que le tocara una de sus piezas con el arpa. El trabajo, según Tholl, era muy estresante y Mime le relajaba con su música.
Apenas el gigante se perdió de vista al doblar por el pasillo, Siegfried se apuró a abrir la puerta y entrar sigilosamente a la habitación.
Alberich estaba recostado boca arriba, profundamente dormido y parecía que Tholl había tenido la curiosidad de acecharle el rostro bajo aquel copete que le tapaba media cara.
Parecía un angelito durmiendo. Siegfried le observó largo y tendido mientras se sentaba a un costado de la cama y se perdía en la belleza de su rostro.
Se reclamó una y otra vez el haber pensado por un momento que Syd era mejor que el pelirrojo. ¿Cómo pudo pesar tal cosa?

– Perdóname, Alberich… – dijo mientras se lamentaba, pues sabía que había perdido toda oportunidad de estar con él.

Sujetó su mano y la llevó a sus labios, besándola suavemente y agachándose para sentir su aroma y la suavidad de su piel contra sus mejillas. Muy tarde se había dado cuenta de qué tan enamorado estaba de él y por estúpido lo perdió.

Alberich se movió, acomodándose de lado y despertó levemente, aún afectado por el aguamiel. Quizás creyó que era un sueño encontrar a Siegfried junto a él, mirándole amorosamente.
Pensando esto, extendió sus brazos y rodeó el cuello de Siegfried para abrazarlo. El otro se sorprendió, pero no se negó al gesto. Se acomodó en la cama, recostándose a su lado y abrazando al pequeño mientras volvía a dormirse contra su pecho. Alberich podía ser dulce si lo deseaba y a Siegfried le gustaba eso.
Sólo por ese momento, Siegfried se dio el lujo de olvidar sus deberes de ese día. Aprovechar el momento para abrazar a su adorado, era más importante que ninguna otra cosa.

Por otro lado, Bud continuaba siendo atacado por los besos de Loki, que ahora se extendían por su cuello y su pecho, cuya camisa empezaba a ser abierta. A Bud no le quedó más remedio que empujarlo contada sus fuerzas y cerrar su camisa de inmediato, respirando agitado por el aliento que los besos del capitán del Sur le había arrebatado.
Interpuso su mano con el reporte de Tholl entre ellos y Loki solo gruñó, molesto.

– No en horas de trabajo. – Dijo en voz baja y luego abrió la puerta detrás de él, entrando de inmediato y cerrándosela en la cara a Loki.

Justo en ese momento, encontró a Syd, con los papeles agarrados, que pronto cayeron al suelo al encontrarse con la alegría y la repentina decepción al mismo tiempo.
Bud estaba todo desaliñado por el momento apasionado, sus labios sonrojados por las mordidas y la camisa desacomodada por un vano intento por desvestirlo en pleno pasillo, agitado y sonrojado aún.
Todas esas noches, Bud le había estado evitando y Syd creyó en ese momento que era porque ya había encontrado otro amante. Ahora todo era claro. Le había estado hablando a las sombras a media noche y por eso nunca contestaban su llamado.
Apretó la mandíbula y caminó hacia él, arrebatándole el reporte de Tholl, recogiendo lo que dejó caer y saliendo de ahí a paso rápido, enojado y triste, azotando la puerta, justo cuando Loki se hacía a un lado para irse, viendo salir a Syd con otra camisa, de color oscura, la de hoy en la mañana.
De nuevo Loki frunció el ceño y lo llamó con severidad. Nadie se burlaba de él dos veces.

– ¡SYD! – Lo nombró enérgico, pero Syd solo le contestó con un gesto de la mano, sin siquiera voltear y aumentó el paso, ahora más furioso. No quería que NADIE le dirigiera la palabra en ese momento.

Y Loki continuó preguntándose, que estaba sucediendo. Así que fue tras él, sin revisar la oficina de donde había salido a toda prisa.
Bud, por otro lado, se había quedado parado en medio de la oficina, con la mirada clavada en el piso. Sabiendo que si salía tras Syd, Loki descubriría el secreto que hasta ahora, sólo Alberich sabía. Revelarlo ante Loki, sería algo de lo que el capitán del Sur se aprovecharía sin desperdiciar oportunidad y por eso, se lamentaba el hecho de que fuera precisamente Syd el que le viera en esas condiciones y tendría que darle una buena explicación al respecto, pero algo le decía que no iba ser sencillo y que su hermano no iba a querer escucharle.
Y lo que menos deseaba Bud era que Syd, su amado hermano cayera en las fauces del Lobo blanco, sin saber que quizás eso estaba a punto de pasar.


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Mizar
Posted: May 4 2007, 03:05 AM


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Capítulo 7.- Una boda y los extraños.

Siegfried abrió los ojos después de un par de horas de dormirse junto a Alberich. Aún lo tenía abrazado y con fuerza, como si temiera el perderlo durante su sueño.
Algún presentimiento raro le hizo salir de esa paz que sentía ahora y se levantó, recostando a Alberich, a su lado mientras éste hacía ruidos extraños provenientes de su nariz.
Se detuvo un momento para verle de nuevo y se inclinó lentamente para besarlo mientras dormía, pero justo cuando pegaba sus labios a los suyos, Alberich rompió el encanto, haciendo un sonido más fuerte con la nariz y la garganta.
Siegfried se alejó de inmediato y seguido, comenzó a reír bajo. No importaba cuantos ruidos hiciera mientras dormía, eso no impidió que volviera a intentarlo hasta lograr un beso suave de sus labios.

– Te amo, enano… – dijo en un suave susurro y besó su frente, levantándose para salir de ahí y averiguar que era lo que hacía que su sexto sentido se alarmara tanto como para despertarlo.

Apenas salió de ahí, Alberich abrió los ojos y suspiró largo y tendido. Había estado consiente casi las dos horas en las que había estado con él y había escuchado sus palabras y sentido su beso como nunca. A poco se encontraba Megrez de derretirse en la cama, pero la traición que Siegfried había hecho que su corazón ya no se conmoviera con sus palabras como antes. Esa era una mala señal. De hecho, Alberich ahora sólo pensaba en vengarse y buscar una manera de desquitarse. Pero su venganza andaba más cerca de lo que pensaba. Pronto, Siegfried iba a sentir el rigor de ser el de abajo y el pisoteado. También tenía un fuerte presentimiento y a diferencia de los demás, su presentimiento tenía un origen algo infernal.

Loki perseguía a Syd por el pasillo y éste no daba señas de querer detenerse. Apenas podía seguirle el paso, pues al ser más liviano y de piernas largas, Syd podía ser mucho más veloz que el mismo Loki. Eso le trajo los recuerdos de sus piernas delgadas alrededor de su cintura y con más empeño continuó tras él, hasta que una sombra extraña se atravesó entre ellos dejando que Syd se adelantara y se perdiera entre los pasillos largos y aparentemente interminables del palacio.
Loki abrió los ojos y tragó saliva. La visión había hecho que se detuviera de inmediato y buscara el salón donde había visto la enorme pira de fuego divino.
La sombra era una señal, una llamada que debía atender de inmediato.
Siguió lo que parecía ser el pasillo central y llegó fácilmente a la sala común, donde una enorme hoguera de fuego azulado se levantaba en medio de la sala.
Caminó atravesando el salón, asegurando las puertas hasta que al fin se sintió tranquilo para recibir el llamado.
Se aproximó a la llama y al hacerlo, ésta se avivó, quemando el oxígeno dentro de la sala y haciendo el aire más denso y con un ligero olor a azufre.
Y entonces el fuego tomó la forma de un hombre de proporciones titánicas.

– Lord Hades ha pronosticado tu éxito, Loki de Garm. – fueron sus palabras que resonaron por toda la sala. – Está complacido pues pronto tu misión estará efectuándose tal como lo habíamos planeado. – La voz se agravó en un susurro espectral y una sonrisa maldita que contagió a Loki de Garm. – Asgard será completamente tuyo y de tu heredero. – La noticia hizo que Loki bajara la cabeza con sumisión y agradecimiento.

Hades deseaba Asgard como uno de los tantos puntos sobre la tierra donde su poder se infiltraría, pero de haber intentado hacer un pacto con Hilda de Polaris, ésta se hubiera negado de inmediato sin oír explicaciones. Pero Loki de Garm era un hombre con el que se podía negociar. Lo único que pedía Hades, es que sus espectros pudieran pasar por ahí, para poder expandirse por el mundo.

– Me complace saber que Hades está satisfecho conmigo. Asgard pronto será una embajada entre los dos planos y serán bien recibidos en lo que dentro de poco será mi Palacio. – Dijo con elegancia y la figura asintió.
– Pronto iremos a Asgard, cuando sea la anunciación de tu enlace con Hilda de Polaris. Tu noche de seducción ha dejado un buen resultado y la ley se cumplirá. – Loki sonrió. No es que quisiera formar una familia, pero esta era la única forma de asegurarse la unificación y el trono de Asgard para sí.
– Supongo que los planes se pondrán en marcha de inmediato ¿O me equivoco? – Preguntó, para empezar a armar una explicación de porqué la llegada de los lores del Inframundo a sus tierras. Pero el espectro mayor sonrió de nuevo y negó levemente con la cabeza.
– No. – Dijo de nuevo con esa voz profunda. – Iremos a vacacionar. – Contestó y Loki levantó una ceja, intrigado. ¿Desde cuando los Jueces tenían vacaciones?

No muy seguido, de eso estaba seguro.
El fuego pronto se consumió al grado de casi apagarse y luego avivarse tal como estaba antes.
Aún extrañado, Loki se levantó y abrió de nuevo las puertas, caminando hacia sus habitaciones para meditar. Aún pensaba en cómo explicar las presencias de los Jueces del Inframundo y sus esbirros en Asgard.
Los siguientes días pasaron como si nada. Syd, en su enojo con el mundo, no se apareció por el palacio, por lo que Hagen terminó haciendo su trabajo. Alberich seguía haciendo sufrir a Siegfried con sus constantes rechazos y Bud no buscaba la manera de explicarle a Syd el lío en el que lo había metido. Loki regresó por el momento a sus tierras y todo siguió como si nada en las siguientes semanas.
Hasta que…
Un grito inesperado surgió de las habitaciones reales. Una de las doncellas salió despavorida gritando de emoción la noticia y resultado de los malestares de su señora.
Pronto fue conocimiento de dominio público, que el doctor real de la Dama de hielo, había dicho que Hilda esperaba un hijo.
La misma Hilda estaba en shock pues no pensó en las consecuencias que su noche de pasión le dejaría.
Esto significaba una cosa e Hilda temió por ello, pues sabía quien era el padre y por ello, un heredero digno del trono.

- Manden un mensajero al Sur, háganle saber a Loki de Garm que… - Las palabras se le atoraron en la garganta a Hilda. Ella sabía que esto había sido una trampa, pero no podía hacer otra cosa que tomar la responsabilidad de sus actos. – Que espero un hijo suyo. –

Esto solo reafirmó la noticia. Asgard del norte se vería obligada a unificarse y a formar un solo reino bajo un rey y una reina. A algunos les agradó la idea, pero a otros no.
Pasaron los días y al regreso del mensajero, fue acompañado por todo un séquito de nobles que traían regalos y conservas para la boda real. La dote del Sur para la novia del Norte eran las riquezas de las tierras que eran casi tan abundantes como las del Norte. Pero era conocimiento de todos que el Sur lo que más ansiaba tener era el Palacio Valhalla. Ninguna riqueza equivaldría a ser poseedores del Palacio y por ello, el sur levantaba a Loki de Garm como un héroe y un conquistador.
Todos ya daban por hecho la boda e Hilda ya sabía que no podía ser de otra manera.
La noticia para los Caballeros de Odín, les cayó como un bote de agua fría en medio de una pista de hielo en plena desnudez. Siegfried, sobretodo, no podía creer lo que había sucedido. ¿Dónde había estado él para proteger a su señora de semejante violador?
Eso era algo que en su ensimismamiento con Alberich, había dejado pasar sin enterarse siquiera
Syd era el menos sorprendido, puesto que de alguna manera estaba esperándose aquello. No llegó a platicar tranquilamente con el tal Loki y creyó verle tan solo una vez, mientras que los que se comían las uñas eran Bud y Alberich, quienes ya sabían de quien se trataba en realidad y las intenciones de éste. Pudieron advertirlo, pero ya era demasiado tarde, el daño ya estaba hecho y no había otra manera.
Los rumores de que había cierta tensión entre la pareja de prometidos era tal que incluso empezaron a esparcirse rumores de una guerra en caso de que Hilda terminara por rechazar al padre, y eso la comprometía más a acceder.
Aunque la fuerza del Sur estaba concentrada en un solo hombre, no se sabía que sorpresa tenía preparada, pero lo que nadie esperaba es que en el séquito de nobles que habían llegado, estaban incluidos unos cuantos extranjeros.
Uno de ellos podía pasar como un hombre del norte, por su aspecto y su altura, los demás eran los que se ponían a duda de su origen. Sobretodo el moreno pequeño de cabellos lacios y negros, que parecía una esfinge egipcia. Sin cotar a un pelirrosa de aspecto latino y a uno alto moreno de ojos algo rasgados de apariencia nepalesa.
Los demás, a la vista de los asgardianos, les parecían completamente normales.
No hubo más atrasos. Hilda acabó por aceptar la dote y la petición de mano de Loki para desposarla y las bodas se celebraron casi de inmediato.
Los Caballeros Divinos no presenciaron la ceremonia, pues su deber era esperar a su nuevo señor en el Palacio.
Siegfried no podía creer que ahora tuviera que servirle a alguien más que no fueran las princesas y aunque estaba consternado por eso, no dudó en obedecer con lealtad.
Alberich era el único que no parecía nada conforme, y con mucha razón. Ahora más que nunca, su oportunidad de ser el amo y señor de Asgard se le esfumaba más pronto. Odiaba tener que ser ahora sirviente de dos señores. Y más odiaba el ser sirviente de alguien más vivo que él.
Antes de la llegada de la pareja real, Bud se infiltró en los salones para ir en busca de su hermano, al que encontró parado junto a una ventana en espera de ver la llegada de la “feliz pareja”.
Antes de que Syd pudiera tan siquiera percibir su presencia, fue jalado hacia las sombras y llevado al salón solitario, mas cercano del lugar. Más valía decirle la verdad ahora, antes de que todo se complicara más.

– ¡Bud! ¿Qué sucede contigo? – Syd estaba todavía molesto y no deseaba ver a Bud después de aquella escena vergonzosa en la oficina.
– ¡Tengo algo que decirte!... e… Ese día no fue lo que estabas pensando… es que… – Trató de explicar, pero tener a Syd cerca y enojado, de pronto le había puesto muy nervioso y más con todo lo que tenía que decirle.
– Sé lo que ví y estás en todo tu derecho. – dijo cruzándose de brazos. – Yo igual te fallé y entiendo tu venganza. – Dijo, queriendo admitir que se tenía la culpa con lo que había pasado tiempo atrás con Siegfried, pero ni así dejaba de aparentar estar muy enojado.
– ¡Deja que te explique! ¡Esto es serio y muy importante! – Terminó por callar a Syd que parecía no querer dejarle hablar. Y una vez logrado aquello, continuó. – Antes que nada, te pido que me perdones… y no solo por lo que sucedió aquel día… si no por todo… – Syd frunció el ceño extrañado queriendo saber por adelantado qué más había hecho Bud en el tiempo que estuvieron separados. – Esto viene desde… hace muchos años atrás, mucho antes de que nos entregaran las armaduras. – continuó Bud.

Un silencio incómodo se hizo entonces y Syd descruzó los brazos al ver la expresión de su hermano. En realidad parecía algo grave. Entonces, predisponiéndose a lo que fuera a decirle, caminó hasta las sillas cercanas a la ventana de aquel salón y se sentó.

– Tienes toda mi atención… Continúa. – Y tragó saliva. Esto empezaba a desagradarle.
– Bien. – Dijo acercándose y sentándose junto a él. Respiró hondo mientras buscaba la manera de continuar sin hacerse trabas así mismo. No le era fácil explicarse y mucho menos a quien agravió con el lío. – Loki pienso que tú eres yo… Cree que tu y yo somos uno solo. – Syd levantó ambas cejas. No le sorprendió eso al principio, pues era secreto que solo Syd e Hilda sabían con respecto a Bud.
- Eso no es noticia… – dijo tomándole la mano para calmarlo.
– No he terminado… verás… Yo conocí a Loki hace años… muchos años atrás. – Eso sí sorprendió a Syd y ahora puso más atención en él. – Fui su alumno y de no ser por él, yo no sería mejor que tú. Y pues… también… – Ahora empezaba lo difícil. Decirle a Syd lo que él y Loki eran en el pasado. – Éramos amantes… –
– ¿Qué…? – No hacía falta describir la reacción de Syd.
– Pero eso no es lo peor del caso… –
– ¡¿Hay algo peor todavía?! – Syd se levantó alterado, apretando los puños. Ahora seguro le saldría con que habían hecho un pacto o que se juraron amor eterno o no sabía que más podía ser peor.
– Le dije que me llamaba Syd. –
– ¡¡¡¿¿¿QUÉ???!!! – Syd sujetó a Bud de la capa por el cuello y lo jaló con fuerzas sacudiéndolo histérico por lo que acababa de escuchar. – ¿¡Le dijiste que eras yo!? ¡¿Qué maldito genio te hizo decirle tal cosa?! – Ahora sí estaba muy enojado.

Y mientras discutían en el salón privado, la comitiva llegó y empezaron a ocupar el salón principal para celebrar la fiesta de la boda. Siegfried y Mime se encargaban de ver en la cocina que todo esté listo y los demás caballeros recibían a los invitados, poniendo atención a los de aspecto extranjero.
Tholl sonreía mientras que los demás no parecían tan alegres.

– ¡Vamos! No se amarguen compañeros. ¡Es una boda! ¡Hay que festejar! – Dijo animado. A Tholl siempre le gustaban las fiestas aunque el motivo no fuera muy feliz que digamos, como en este caso. Los demás voltearon a ver a Tholl con rostros serios, a excepción de Phenryl que se veía distraído con los platillos de codornices que pasaban frente a él.

Tholl entendió que no estaban dispuestos a darse un rato de relajamiento y divertirse y terminó por suspirar y voltear hacia otro lado buscando sonrisas que le animaran de nuevo y a cambio de eso, encontró a un rubio cuyos ojos se encotraban ocultos tras un peculiar flequillo que le sonreía y le levantaba una copa para saludarle. A Tholl le pareció misterioso pero al mismo tiempo muy agradable y le sonrió ampliamente de vuelta, levantando su cuerno de aguamiel con ánimo, pensando que era una dama a la que saludaba y no un caballero.
El rubio sonrió con más amplitud y se abrió paso entre la gente para caminar directamente al grandulón, quien solo levantó las cejas sorprendido de llamarle la atención.
Mucho movimiento en el salón de fiestas y Siegfried cruzaba apresurado mientras Mime empezaba a dar instrucciones a los músicos. La pareja real brindaba y los invitados extranjeros parecían celebrarlo, a excepción de uno, cuyo rostro parecía estar hecho de piedra. Fastidiado por tantas risa y baile, salió de ahí buscando algún lugar solitario, en especial la biblioteca y con mucha suerte, una botella de whiskey.
Hagen era constantemente acosado por Flare que se le insinuaba para ver “cuando” ellos podrían hacer lo mismo. “¿Lo mismo de qué?” “¡Casarnos!”. Entonces Hagen decidió que ya era tiempo de huir de la fiesta cuando menos. Flare por fortuna se distrajo con Hilda que no paraba de sonrojarse por cada vez que su esposo le hablaba al oído y ésta se lo hacía ver a cada momento. Loki andaba incomodando a Hilda con pasar una segunda Luna de Miel y la otra ya no pensaba que fuera tan buena idea como antes. Pero de tan solo acordarse, su rostro pasaba del delicado pálido lunar al intenso rojo.
La fiesta parecía ir muy bien, pero no para los gemelos que continuaban peleando sin que nadie notara sus ausencias.

– ¿Cómo es posible que hayas hecho tal cosa, Bud? – Seguía reclamando Syd, y Bud no decía nada hasta que su hermano parara de gritar como loco. – ¡E Hilda se ha casado con él! ¿Y si después me busca para algo más que una plática? Seguro lo hará… ¡Te lo hizo a ti el otro día! ¡ODIN! ¿¡POR QUÉ!? – Syd hacía su drama sobreexagerado con las manos levantadas al techo y luego queriéndose arrancar las greñas con las garras y Bud solo se rascaba la frente mientras intentaba buscar una solución que no les complicara tanto la existencia.

Definitivamente, quedaba descartado el hablar con Loki. Iba a ser inútil quitárselo de encima, a menos que viniera el mismísimo Odín a ordenarle que les deje en paz. Pero si Odín se enteraba de que el gemelo de Syd seguía vivo, entonces las cosas se complicarían más. Hilda tampoco podía meterse ahora. No convenía hacerla preocupar con riesgo a que afectara su embarazo. Todo parecía estar en contra.

– ¡Odín!... ¿Qué haremos? – dijo finalmente Syd, calmándose y quedándose quieto, dándole la espalda a Bud un momento.

Alcor entendió que su hermano estaba desmoralizado, aturdido, triste. Podía sentir todo eso concentrándose en él, y por su culpa.
Se levantó lentamente y caminó hacia él, sujetándole de los hombros y volteándolo para mirar sus ojos enrojecidos por las lágrimas que querían salir. Fue demasiado para él.

– Perdóname. No creí que una mentira fuera a agrandarse tanto al paso de los años. Pero la verdad es que estoy arrepentido de querer agraviarte, pues nunca pensé que pudiera llegar a amarte tanto como lo hago ahora. Te amo, Syd, y no voy a dejar que ni Loki, ni los dioses me aparten de ti. –

Syd apenas levantó la mirada y Bud se acercó para besarlo, abrazándole con fuerza. Syd correspondió de inmediato y todo fue perdonado.
Poco a poco el beso se fue profundizando y cuando se dieron cuenta, estaban enredados en besos desesperados, buscando como acceder a la piel bajo las ropas y agitados, necesitados, deseando hacer el amor nuevamente. Bud empujó a Syd, llevándole contra la puerta, para poder tenerlo quieto mientras se deshacía de su ropa, cuando la puerta se abrió y ambos cayeron al suelo, a los pies de un extraño que les miró con una ceja levantada. Extrañamente, la que parecía ser la única ceja que coronaba sus dos ojos de pupilas amarillentas.

Syd y Bud se quedaron perplejos, siendo que los habían descubierto en el acto incestuoso y el secreto que ambos habían estado ocultando durante mucho tiempo.

– Sin duda, Asgard está lleno de sorpresas y… Ahora veo donde has estado todo este tiempo, Bud de Alcor. – Habló el extraño con una voz poderosa, pero en tono bajo. Bud se quedó petrificado al oírle mencionar su nombre con tanta familiaridad. Pero no cabía de entender a qué se refería con lo demás que había dicho. – Y yo que tenía preparado un juicio justo y un lugar para que pasaras el resto de la eternidad en el Infierno. –

Y con una sonrisa maldita, adornó su expresión dura, a lo que Bud y Syd retrocedieron hasta pegarse contra la pared, siendo seguidos por Radamanthys de Wyvern, quien cerró la puerta tras él, dejando el pasillo de afuera en completo silencio, como si nunca nada hubiera pasado por ahí.


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Posted: May 4 2007, 03:06 AM


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Capítulo 8.- Hechizados.

La celebración de la boda continuó hasta la media noche, cuando todos los invitados ya se encontraban sentados en sus respectivos asientos, esperando el último brindis de la noche que correspondía a los Caballeros de Hilda y a los que estaban bajo el mando de Loki.
A Hilda le empezaba a preocupar el no ver a Siegfried y a Syd en ningún momento y por un momento pensó que quizás habían aprovechado el momento para escaparse y poder estar a solas un rato. Hilda estaba atrasada en los chismes sin saber que entre ellos dos no quedaba más que una indiferencia amable. Aún así, se le hacía una falta de consideración el no tenerles presentes en ese momento de suma importancia para ella. Alberich por su parte, se mantenía lejos de la multitud, apoyado contra un muro donde la luz de las antorchas casi no iluminaba. Se le hacía extraño que su compinche, Bud de Alcor no se apareciera y le hablara desde las sombras como otras veces y que le acompañara a criticar la boda que de tan mal gusto se le hacía, sin darse cuenta de que un extraño le veía desde hacía un buen par de horas.
Nadie se preguntaba a dónde había ido a parar Tholl y a Alberich menos le importaba.
Entonces una mano tomó el hombro del pelirrojo y éste resopló con hastío.

– De lo que te estás perdiendo, compañero. – Dijo Alberich a la sombra de aquel quien sujetaba su brazo. – Deberías ver la cara de Hilda. No parece darse cuenta que… –
– La estoy viendo. – Dijo la voz que no era de Bud de Alcor, si no del extranjero que llevaba horas mirando al pelirrojo.

Alberich se tenso y volteó de inmediato para encarar al nepalés a quien le ofreció un gesto enojado.

– ¡Es de mala educación estar sorprendiendo así a la gente por detrás! – Dijo Alberich, al darse cuenta de que había metido la pata.
– Es de mala educación hablar de la gente a sus espaldas. Así que supongo, estamos parejos. – y el extraño le sonrió encantadoramente lo que a Alberich le hizo enfuruñarse más.

Así le pasaba al principio con Siegfried a quien en ese entonces detestaba como a nadie.

– ¿Vino a fastidiar solamente? – Se cruzó de brazos.
– Vine a conocerte. –
– ¡Jum! – Volteó hacia otro lado Alberich.

Descaradamente el nepalés pasó su mano por su cabello, logrando hacer que Alberich se volteara para reclamar, cuando le hizo para atrás todo el pelo, descubriendo su rostro por completo.
Lo que Alberich iba a reclamar, se quedó atorado en su garganta al ver que el moreno sonreía dulcemente mientras le miraba. Y Alberich solamente pensaba: “¿Qué le pasa a éste sujeto?”

– Tienes el rostro de un angelito. – Dijo susurrante el nepalés y Alberich reaccionó dándole un manotazo en la mano.
– ¿Qué se ha creído? – Dijo más enojado y huyendo de ahí sin mirar atrás, o el otro pensaría que le estaba dando importancia.
El otro solo rió bajito mientras le miraba alejarse. Y en su mente ya lo había decidido. Aiacos de Garuda ya había escogido el regalo, que Loki de Garm le había prometido a cada uno de los tres Jueces del Averno.

Hagen había salido casi corriendo de ahí, perdiéndose entre la multitud hasta salir a un balcón cercano. Pero antes de salir, el sonido de un arpa llamó su atención. Sonrió pensando que quizás Mime también había huido de la fiesta y le pareció curioso que tuviera una canción nueva en su repertorio. Se escuchaba algo tenebroso el tema, pero no por eso dejaba de ser muy bello.

Salió dispuesto a acompañarle un rato, cuando se dio cuenta de que el arpista era el joven de cabello lacio, de piel morena que parecía un príncipe egipcio. Era él quien tocaba el arpa y a pesar de sus ropas ligeras, parecía que el frío no le afectaba.

– Hace frío acá afuera. – Dijo Hagen interrumpiéndole. – Perdona, la interrupción. –

Pharaoh detuvo su música y miró al rubio de tez morena fijamente, con ojos inexpresivos. Mime en cambio tenía una mirada triste todo el tiempo.

– Te esperaba, de hecho. – Contestó el egipcio y volvió a tocar su arpa, dando un paso hacia la izquierda para invitarle a pararse junto a él. – Acompáñame mientras compongo este tema nuevo… – dijo suavemente y tanto su voz como su arpa le resultaron a Hagen muy atractivos y por así decirlo, hechizantes.

Dentro, la fiesta estaba por tocar a su fin. Los invitados estaban ya cantando y alegres por la dulzura del aguamiel y el único que aún se mantenía sobrio era Siegfried. Él no celebraba, no sentía ánimos para hacerlo, pero sabía que al final de la fiesta, él como capitán del Norte tenía que hacer un último brindis para desear felicidad y prosperidad al nuevo señor de Asgard.
Y la hora llegó cuando los cuernos tocaron el punto de las 3 de la mañana. La hora de los Lobos. A lo lejos, los aullidos de los lobos, sonaron como si anunciaran la catástrofe y para contrarrestarlo, Siegfried levantó su copa, alzando la voz para llamar la atención de todos.

– Cómo capitán de los ejércitos del Norte me levanto ante todos ustedes, nobles invitados. – Movió el brazo de izquierda a derecha con la copa levantada hasta centrarla entre la pareja de casados. – Para desearle a los nuevos señores de Asgard una vida plena, larga y llena de prosperidad. Como sirviente de Hilda de Polaris, dispongo mis servicios y mi espada al nuevo señor. Y que los días gloriosos vengan bajo su mando. – - Dijo bajando la cabeza, y serio. No estaba de acuerdo con lo que decía, pero no podía negarse a servir o sería tratado de traidor.

Loki a cambio, lo miraba fijamente. No había tenido oportunidad de conocerle antes y ahora que lo hacía, la idea de la boda ya no se le hacía tan buena.
De pronto deseaba a Siegfried en su cama esta misma noche.
Hilda sonreía dulcemente a su capitán y Siegfried lo hizo con algo de tristeza. Ella se levantó y caminó hacia él, posando sus finas manos a cada lado de su rostro para atraerlo y besarle ambas mejillas. Estaba realmente contenta de tenerle ahí y que hablara con tanta sabiduría.

– Las bendiciones de Odín, caerán con gracia sobre ti, Siegfried de Dubhe. – dijo suavemente mientras él sujetaba sus manos y las besaba con reverencia.

Fue entonces cuando Loki se aproximó hacia ellos y con un leve toque en el hombro a Hilda, la separó lentamente de él. La abrazó, pasando una mano sobre sus hombros pero sonriéndole con toda su carisma a Dubhe.

– Hermosas palabras, capitán. Me aseguraré de que se mantenga en el puesto, pues pienso tomarte la palabra. Tus servicios me vendrán muy bien. – En ese momento, las palabras de Loki tenían tanto para Siegfried como para Hilda un sentido, pero Loki hablaba en doble sentido.

Ahora que Siegfried se declaraba públicamente su sirviente, no tendría problemas para empujarle a obedecer sus deseos más carnales.
Quizás no hoy, ni mañana… pero pronto, muy pronto.
Loki en ese momento se olvidó por completo de su principal interés: “Syd”. Ahora, toda su atención la tenía el hermoso capitán del Norte, cuyos ojos azules eran tan profundos, que pronto se sintió esclavizado a ellos. Y en se momento lo decidió. El trato con el Juez del Caina quien era el que comandaba a los espectros, cambiaría. Le propondría tomar al capitán para sí y esperaba que aceptara cambiárselo por “Syd”. Tendría que usar toda su labia y su carisma para convencerlo, pero tenía que tener a Siegfried para sí solo.
Alberich pronto se dio cuenta de cómo miraban a Siegfried y por un momento sintió celos terribles. Consideraba aún a Siegfried, suyo y de nadie más. Aunque más lo sentía por orgullo que por amor. Por egoísmo, más que nada.
Justo en ese momento, Siegfried volteaba hacia el pelirrojo y al darse cuenta de que le miraban, Alberich se volteó, centrando su atención en el extraño que no paraba de registrarle de arriba para abajo. Pensaba darle celos a Siegfried y lo logró cuando Alberich sonrió alegre al espectro.

– Tomaré eso como un Sí. – -susurró el espectro a Alberich a quien se le acercaba cada vez más.
– ¿Sí?... ¿Sí a qué? – preguntó algo extrañado y antes de que pudiera suponerlo, Aiacos lo besó, encerrándolo contra la columna. Alberich se asustó y estuvo a punto de empujarlo, pero se acordó de siegfried que le miraba y en vez de empujarle, lo rodeó con los brazos por el cuello.

Siegfried lo vio y abrió los ojos casi al límite, sintiendo que toda la sangre le hervía. El maldito enano estaba sacándole de sus casillas. Le había arruinado por completo la noche. Ya de por sí era una noche nefasta, pero ahora era la peor noche de su vida.

– Disculpen… – se excusó frente a Loki y a Hilda y salió de ahí, queriendo ir a casa, pero se detuvo en el solitario salón a al entrada del castillo. Se paró contra la puerta, queriendo abrirla, pero de pronto sus manos temblaron, quitándole fuerza para siquiera girar jalar la gran puerta.

Apretó los dientes y azotó con fuerza la mano. No podía creer que Alberich se olvidara fácilmente de él.
Los invitados empezaban a retirarse a sus habitaciones, guiados por los diferentes sirvientes. Todos serían huéspedes del Palacio Valhalla y a la mañana siguiente saldrían de regreso a sus hogares. Excepto por aquellos que quisiera seguir siendo huéspedes del rey de Asgard. Y los Espectros de seguro se quedarían más de una noche.
Loki sujetó las manos de su esposa y las besó con dulzura fingida. Igual besó sus labios que con timidez le respondieron, insegura y temerosa de pasar de nuevo la noche con él. Como la primera vez.

– Nuestra noche de bodas tendrá que esperar… – Dijo e Hilda levantó el rostro algo sorprendida. – No quiero arriesgarte, a acceder a mis deseos, por nuestro hijo. –

Hilda no sabía si realmente había riesgo o no, pero le pareció considerado de su parte y por un momento incluso creyó que de verdad podía llegar a quererla. Por ello sonrió con suma dulzura y conmovió a Loki que esta vez fue más sincero con el gesto.
Estar casado con Hilda al menos no era tan malo como pensó justo en el momento que conoció a Siegfried. A ningún hombre le viene mal una esposa, sumisa y entregada y mucho menos con toda aquella luz que llenaba a Hilda.
Luz que sabía le daría mucho placer corromper, después de que de a luz.

– Pasaré la noche en otra habitación, así podrás descansar, sin preocupaciones. Yo esperaré a que estés lista de nuevo. – Y al decir que la esperaría, se refería más bien a que ya encontraría manera de entretenerse mientras tanto.
– Gracias, esposo mío. Es bueno saber que tienes consideración. – dijo sonriente y las doncellas llegaron para acompañarla a sus habitaciones donde pasaría la noche a solas, como las demás.

Loki esperó a que se perdiera tras las puertas y entonces se dispuso a buscar al capitán del Norte para “conocerle mejor”
Quizás esta sí era la noche indicada.

Por otro lado, a Alberich ya no le parecía tan mal el caer entre los brazos de Aiacos. Aquel moreno tenía cierta experiencia que logró hacer que olvidara las principales intenciones de encelar a Siegfried. Aquellos labios lo devoraban con más apetito que los de Siegfried, que siempre estaba tratando de ser suave con él. Éste otro obedecía a lo que deseaba y Alberich recibía gustoso aquellas dedicaciones.
Podía decir que era tan intenso como Bud, pero más cuidadoso y sabía donde tocar, donde besar. No es que tachara al otro de inexperto, pero habían maneras y la manera de este extraño le estaba gustando demasiado.

– No… mhh… me dijiste tu nombre… ¡Nh! – dijo casi sin aliento mientras el otro mordía su labio con algo de saña.
– Aiacos… – contestó el otro antes de volverle a besar y levantarlo del suelo para apoyarlo contra la pared de aquel pasillo vacío a donde habían salido.

Las cosas estaban yendo muy rápido para Alberich, pero para Aiacos estaban tal como las quería.
Pronto tuvo las piernas de Alberich rodeando su cintura y sus manos bajo su camisa, tratando de meterse en su pantalón para apretarle ese par de nalgas que estaba deseando abrir y acceder entre ellas.
Alberich abrió los ojos y lo empujó levemente.

– No… no puedo… –
– Si puedes y lo deseas tanto como yo. –

Aiacos volvió a besarlo y la resistencia de Alberich volvió a derribarse. Enredó sus manos en su cabello negro, jalándolo levemente hasta que Aiacos lo bajó al suelo y lo volteó, pegándolo más contra la pared. Le bajó el pantalón y Alberich no tuvo tiempo para volver a resistir cuando sintió que el dolor le hacía presa en la parte baja de la cadera. Gimió fuerte y se sorprendió al sentirse completamente excitado con las caricias y movimientos de Aiacos.
El Espectro sonreía satisfecho de su logro. Más pronto de lo que había pensado pero eso no quitaba que lo estuviera disfrutando.
Salió de su cuerpo y le dio media vuelta de nuevo para agacharse y buscar el sexo del pelirrojo a tientas con la boca y meterlo a su boca, jugueteando con sus testículos mientras pasaba la otra mano entre sus nalgas y le penetraba con los dedos.
Alberich sintió el bajón de intensidad y no estuvo de acuerdo, pero pronto fue levantado del suelo y vuelto a penetrar, ahora por el frente con sus piernas sobre los hombros de Aiacos.
Fuera, en el balcón, el egipcio estaba siendo atacado, pero por Hagen, quien tomó la iniciativa por un hechizo lanzado por el arpa.
De pronto, Hagen tuvo unos deseos irrefrenables por besarlo y cuando se dio cuenta, estaba desvistiendo al moreno de figura estilizada para hacerlo suyo.
El egipcio tenía una voz melodiosa, incluso cuando gemía. Tenía una forma de hacerlo que a Hagen lo volvía loco, queriendo aumentar el ritmo para sacarle aquellos sonidos más pronto y más fuertes.
Pharaoh estaba apoyado contra el barandal tallado en la roca mientras Hagen lo penetraba por detrás, mordiéndole la nuca, paseando sus manos entre sus piernas y vientre mientras se movía contra sus glúteos.
Flare nunca se dejaba, por ser aún una virgen, ¿Pero quién pensaba ahora en Flare? Con este hermoso egipcio que ya le tenía en la palma de la mano, ya no le interesaba el romance, si no la pasión.
Más arriba, y desde unas horas antes, la cama de una de las habitaciones más cercanas a la torre no dejaba de chillar.
Minos no paraba de moverse sobre Tholl a quien no tuvo problemas de conquistarlo.
El gigante al principio pensó que era una dama un poco más alta de lo normal, pero después de oír su voz y de que le revelara su nombre, se di cuenta de que no lo era. Era otro hombre, pero con un rostro fino y manos delicadas.
Le pareció incorrecto cuando aquel hombre intentó seducirlo y Tholl lo rechazó por ser muy hombre, pero cuando el otro empezó a meterle mano y a tocarlo, el gigante, que ya tenía unas copas de más, de pronto no lo sintió tan mal y lo llevó pisos arriba, desapareciendo misteriosamente de la fiesta. Desde entonces estuvieron revolcándose y Minos no paraba de pedir más y más. Aquel hombre gustaba de la masculinidad de Tholl y más de su grandeza. No se había equivocado en cuanto a su potencia, pues con el gigante estaba alcanzando niveles que ningún otro espectro le había hecho llegar.
Estaba satisfecho con su elección y no iba a cambiar de idea.
En la cocina, Phenryl se había quedado dormido después de devorarse parte de los bocadillos que quedaron y Jynx dormía en sus piernas, con un invitado entre ellos. Un rubio de ojos dulces que igualmente había comido hasta hartarse. De rostro angelical y baja estatura. Había seguido a Phenryl y a su lobo, precisamente porque le había gustado su mascota y terminaron por pelearse la comida hasta que finalmente decidieron repartirla justamente.
El lobo al principio no estaba nada complacido con el rubio pero luego de que éste le tirara unas codornices, lo aceptó gustosamente.
Se durmieron como los angelitos que eran pero el rubio permanecía abrazado a la cintura de Phenryl de quien ya se había encariñado. Entre sueños se dijo que este sería su elección, ya que en ningún momento pensó en sexo como todos los demás espectros que a cada rato lo metían a sus orgías desenfrenadas. Él solo quería cuando se le antojaba, y eso no era muy seguido. Pero supo que con Phenryl quería, por ser igual de lindo que él.
Otros que andaban de melosos, eran Mime y Valentine. El asgardiano se había hecho a la idea de que nunca encontraría a alguien para él y se la pasaba sumido en su música y depresión, hasta que apareció la Arpía, parada en un candelabro que colgaba en la pared como pájaro y Mime estuvo a punto de atacarlo. Pero entonces la Arpía habló con amabilidad y le pidió que le deleitara con su hermosa música que le conmovía el frío corazón y con esas palabras, Mime se abstuvo de atacarle.
No era enemigo si no presentaba una amenaza y a Mime no le gustaba pelear.
Valentine se fue acercando hasta que estuvo sentado junto a él, disfrutando de su música con ojos cerrados.
Nadie se había interesado tanto en su música como los animalitos del bosque que se sentaban pacíficos a su alrededor. Los demás parecían tan sumidos en sus propios problemas que no le daban paz a sus almas y disfrutaban un poco de la vida alrededor de ellos. Pero Valentine parecía ser diferente y pronto tomaron confianza.
Mime tocaba el arpa mientras Valentine lo abrazaba y besaba suavemente sus mejillas y su cabello, siendo cariñoso, amoroso. Mime pronto sintió la necesidad de besarle y lo hizo.
Suavemente, la Arpía lo sedujo, induciéndole al hechizo como los demás, logrando hacer que se entregara y le dejara entrar en él. Mime era quizás el más bello de todos los Divinos y fue él el primero en escoger a quien quería para cobrarse parte del trato.
Sylphide fue el que chasqueó los dientes y Aiacos hizo una mueca. Los dos lo querían, pero finalmente quedaron satisfechos con sus elecciones.
Radamanthys, en cambio, estaba disfrutando de torturar a los gemelos con su presencia. Bud en su desesperación de mantener el secreto seguro, intentó atacarlo para matarle, pero Radamanthys fácilmente pudo derribarlo con una mano. Sujetándole del rostro y llevándole contra el suelo. Syd se lanzó para defenderlo, arañando el pecho del Juez del Caina, quien soltó a Bud y logró lanzar a Syd, dándole un manotazo en la nuca para azotarlo contra una pared.
Durante horas estuvieron ambos, atacándole, sin querer desistir y aún estando cansados, querían continuar. Pero el otro parecía no cansarse y cada vez su sonrisa se había más y más grande. Los gemelos se sentían humillados por estar siendo vencidos tan fácilmente por un extranjero. Si así era con ese sujeto, no querían saber si habían más como él afuera. Y los habían.
De no ser porque los gemelos se le hacían interesantes, no sintió que la noche estuviera perdida. Su objetivo principal, era el capitán del Norte, pero su distracción, le pareció aprovechable.
Los gemelos le gustaban y mucho. Syd era el que sabía que Loki deseaba, pero no sabía que tenía un gemelo y eso ya era ganancia. Pensó por un momento en guardarse el secreto y ser él quien los frecuentara y pensó en proponerle a Loki el cambiar el trato. Pero había escuchado a Loki y su determinación al decir: “Syd es mío, ténganlo en cuenta”, que pensó que sería algo difícil convencerle de ceder. Pero era el Wyvern quien al final tenía la última palabra, pues estaba sobre todos ellos en poder y en posición. Si Loki le decía que no, entonces lo obligaría a decir que sí.
Cansados, los gemelos, se dejaron caer uno junto al otro en el suelo. Jadeando y tosiendo por la falta de aire que sus pulmones exigían por estar tan enfurecidos y asustados, se quedaron quietos, derrotados.
Radamanthys se acercó a pasos lentos y sus botas se detuvieron entre los rostros de ambos.
Syd levantó apenas la cabeza y lo miró, derrotado mientras intentaba adelantar las manos para sujetar su bota.

– ¿Quién eres?... *cof*… ¡Dinos quien eres…! – Apretó los dientes y pegó la frente contra el suelo, cuando el dolor de su estómago se agudizó por los golpes recibidos.
– Radamanthys… apréndanse bien mi nombre.
– ¡Mil veces maldito! – Se quejó Bud antes de intentar levantarse y atacar de nuevo a Radamanthys, pero una patada contra el estómago le hizo caer hincado y perder la conciencia a sus pies.
– ¡Bud! ¡ARGH! – Quiso socorrer a su hermano, pero el Wyvern lo sujetó del pelo, por la nuca y lo levantó llevándole hasta la mesa y recostándole contra ella.

Syd abrió los ojos y recuperó parte de sus energías al ver que Radamanthys empezaba a desajustarse el cinturón y el pantalón para luego ir sobre él y empezar a besar su cuello mientras jaloneaba sus ropas arrancándolas y desnudando su pecho.
Syd se resistió hasta que las manos de Radamanthys recorrieron su cuerpo, dejándole sentir la electricidad recorrer su cuerpo y erizarle, estremeciéndole.
Syd no entendía porqué, pero le estaba gustando y mucho. Solo el pensamiento de su hermano, inconciente le hacía resistir aún.

– Bud… anhh… ¡BUD! – Exclamó Syd y Radamanthys lo calló, besándole fuerte hasta hacerle gemir.
– ¿Quieres a tu hermanito? Bien… justo lo que pensaba. – Lo jaló, levantándole de la mesa y terminó por arrancarle la ropa, hasta dejarle por completo desnudo, arrojándole sobre Bud que yacía boca arriba.
Syd cayó sobre él y se apoyó con las manos en el suelo para no aplastarle al quedar sobre él.
Pero el peso de Radamanthys le hizo recostarse sobre su hermano y jadear, y gemir mientras el otro continuaba su labor de excitarle, lográndolo con satisfacción.
Syd pegaba su frente contra la barbilla de Bud que permanecía inconciente al sentir las manos de Radamanthys tocarle y masturbarle. Apenas podía sostenerse ya que lo único que se mantenía arriba era su cadera donde las manos de Radamanthys se paseaban deliciosamente, tocándole, estrujando, haciéndole gemir y extrañamente desear que hiciera más que solo acariciarle.
No entendía, pero el deseo se apoderó de él al grado de sentir la necesidad de besar a su hermano. Lo hizo apasionado, inspirado por las manos de Radamanthys quien ahora gustoso miraba como Syd fácilmente era inducido por su dominio.
Bud poco a poco fue recuperando la conciencia ante los intensos besos de su hermano. Reconocía sus labios y sus manos pronto se levantaron a sujetar su cintura, cuando sintió otras manos atrapárselas y afianzarlo con fuerza.
Entonces recordó que no estaban solos y abrió los ojos de golpe, descubriendo a su hermano, desnudo sobre él y a Radamanthys encima, poseyéndole con fuerza. Syd gemía y no parecía que fuera de disgusto. Al contrario, por el sonrojo, por los ojos entrecerrados y por la humedad que salía de sus labios, supo que Syd lo estaba disfrutando y Bud se enojó. Ahora resultaba que su hermano era una puta que con cualquiera se dejaba. Pero entonces las manos de Radamanthys recorrieron los brazos de Bud, logrando llamar su atención y cuando Alcor fijó los ojos en los de Radamanthys que mordía el hombro de Syd, no pudo despegar la mirada de la suya. Lo tenía hipnotizado, pues en la oscuridad de la habitación, eran los ojos de Radamanthys los que brillaban como los de un demonio que les seducía.
Abstraído por aquellos ojos, no se fijó en qué momento, Syd comenzó a desvestirlo mientras lo besaba. En poco tiempo, Bud también estuvo desnudo y esta vez convencido de acceder a los deseos del Wyvern.
Pero jaló a Syd , haciendo que Radamanthys se desprendiera de él y comenzó a besarlo con intensidad mientras era Bud el que ahora deseaba estar dentro de su hermano.
Radamanthys se dio tiempo para quitarse el resto de la ropa y acomodarse en el sillón mirando al par de gemelos que ahora daban rienda suelta gracias a su inducción.
Era un espectáculo maravilloso y ahora más que nunca pensó en quedarse con ellos.
Se masturbó mientras veía a Bud penetrar a Syd, oírles gemir como animales entregados al placer y cuando ambos terminaron, jadeando y sudando, los llamó. Poseídos por el poder y por el momento intenso, obedecieron gateando como gatitos sumisos antes u amo y subieron arañando las gruesas piernas del Wyvern, portándose cariñosos e incluso parecían ronronear entre gemidos entrecortados.
Las lenguas gemelas se deslizaron a los largo de su sexo hasta la punta donde compartieron un beso intenso y luego se separaron, uno tomando la punta con su boca y el otro bajando un poco más para atender la base. Radamanthys tragó saliva. Era demasiado, más de lo que hubiera podido desear. Afianzó ambas manos al cabello de los gemelos y se dio tiempo para pasearlas también por sus cuerpos, consintiéndoles por el buen trabajo que hacían. Apretó la nalga de Bud y éste respondió con una mordida suave y un gemido. Le falta probar la delicia del interior del gemelo mayor.
Se levantó interrumpiendo a ambos, quienes se arrastraron por el suelo como si no quisieran dejar de probar aquel manjar que era el sexo de Radamanthys.
De nuevo tomó a Syd por el brazo y lo hizo recostarse boca arriba en la mesa y luego a bud sobre él. De nuevo comenzaron a seducirse y no tardaron en volver a excitarse, siendo de nuevo Bud quien le penetrara, pero esta vez Radamanthys se paró detrás de Alcor y le abrió ambas nalgas para frotarse contra él.
Bud gimió fuerte al sentirle moverse y Syd estaba ya gimiendo nuevamente por el orgasmo que le quería arrastrar pronto.
Entonces Radamanthys se empujó contra Bud y el gemelo se arqueó, aferrándose con fuerza Syd, para no soltarle, y no salir de él.
Se detuvieron momentáneamente hasta que Radamanthys empezó a moverse contra Bud, empujando fuerte para no ser expulsado por el interior que aún se resistía a dejarle entrar por completo y Bud esperó hasta tenerlo completamente dentro, buscando como coordinarse con él para volver a moverse contra Syd.
La manos de Radamanthys jaló a Syd de la nuca para acercarlo a Bud y levantarlo más acercándolos a su rostro, mientras Bud ladeaba la cabeza para darle espacio a Radamanthys y que se uniera al beso que estaban compartiendo los gemelos.
La lengua de Radamanthys se deslizó entre las bocas abiertas de ambos y Bud gimió cuando sintió la fuerte nalgada contra su glúteo derecho.
Durante largos minutos, Radamanthys hizo que ambos resistieran hasta quedar satisfecho y finalmente salió de Bud para hacerles hincarse en el suelo y que abrieran las bocas para recibir la simiente que pronto embarró sus rostros con expresión de trance.
Ambos lamieron el sexo de Radamanthys, rozando de vez en cuando sus propias lenguas, buscando más restos de aquel simiente y terminaron por lamerse las caras y los hombros que tenían aún pequeñas pringas blancas.
Finalmente, ambos gemelos se desplomaron en el suelo, sobre la alfombra y se quedaron dormidos, más por el cansancio de la pelea y luego la intensa sesión de sexo con Radamanthys.
El gran Espectro se quedó sentado viéndole fijamente con una sonrisa complacida en el rostro.
Definitivamente, Loki no iba a poder acceder a ellos. Se quería que Asgard se mantuviera unido bajo su mando, entonces iba a aceptar los nuevos términos del trato. Asgard para Loki y al capitán del Norte si le interesaba, y los gemelos… o más bien “Syd” para él.
Solo hacía falta Loki que intentaba acercarse a buscar a Siegfried que para su mala fortuna se había ido a casa y no le dejó oportunidad de tan siquiera intercambiar algunas palabras que le inspiraran confianza.
Ya sería para la próxima y Loki no podía esperar más.


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